Línea Caliente

El hambre, la otra pandemia

¡Yo no hablo inglés!
A reserva de que el Peje nos diga que el trae otros datos, Veracruz vive, en el marco de la pandemia de Coronavirus, una crisis de mayores proporciones, la hambruna.

El confinamiento social agudizó el problema de abasto alimentario al trasladarse la crisis originada por el Coronavirus, a amplios sectores de la clase media básica, sustantivamente la que vive al día a día, la del comercio informal, la que carece de empleo formal y no forma parte del aparato burocrático.

Basta recorrer las amplias zonas rurales de Veracruz para percibir la angustia, la miseria y desesperación entre la población.

Letreros y mantas colocados en las carreteras y al pie de las ruinosas viviendas, dan cuenta del angustioso llamado por alimentos, la urgencia de agua y leche para los niños, así como granos para la siembra ahora que está empezando la temporada de lluvias.

Acudir al gobierno del estado que encabeza el peor gobernador de la república, Cuitláhuac García Jiménez, es como pedir peras al olmo sobre todo luego de constatar el jineteo de las despensas del DIF entregadas a las huestes morenas, particularmente a los diputados y políticos que pretenden jugar las presidencias municipales el año próximo.

Insultante que escondan las despensas del DIF cuando la gente desesperada clama ayuda e inconcebible que sin programa alguno de distribución salvo el interés por el distrito electoral, dichas despensas se repartan sin ton ni son.

El gobierno de la esperanza ignora que la diferencia entre la pobreza y la pobreza extrema estriba en que mientras la primera se presenta por la carencia social al no tener un ingreso para satisfacer sus necesidades, la extrema se registra al no contar además de ningún ingreso para adquirir la canasta alimentaria, con ningún tipo de servicio social.

Ominoso silencio ha guardado el gobierno de Cuitláhuac ante la acción electorera desdeñando al mismo tiempo el creciente problema de hambruna por el que atraviesan millones de veracruzanos.
Para el INEGI, Veracruz está colocada entre las tres entidades de la república con serios problemas de hambruna.

De acuerdo a las estadísticas de la pobreza INEGI-Coneval, 1.4 millones de veracruzanos no disponen de suficientes alimentos, carecen de acceso al sistema educativo y de salud, no disponen de seguridad social o servicio alimentario algún y mucho menos cuentan con una vivienda digna con servicios básicos de agua, drenaje o luz. Esa es la pobreza extrema.

Habría que precisar que si bien hasta antes del arranque de la pandemia 1.4 millones de veracruzanos estaban y están en situación de hambruna, eso no quiere decir que ello representa el total de pobres en el estado.
Al corte del 2019, los responsables de la medición de la pobreza en Veracruz, dan cuenta que el total de pobres en la entidad asciende a 5 millones 088, 563 veracruzanos.

La población total es de 8 millones 300 mil habitantes diseminados en 212 municipios, así que hagamos cuentas.

Los datos, que pueden ser corroborados en la página del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, precisan paradójicamente que del 2016 al 2018, la situación de pobreza se fue superando gracias a los programas de salud, el Seguro Popular, que al arranque de la actual administración fueron desaparecidos.

Reveladoras pues las cifras mismas que auguran que en el tope de la pandemia y el “¡Quédate en casa!” flota en el aire la pregunta:
¿Qué vamos a comer hasta que se levante la pandemia?
El problema habrá de recrudecerse y eventualmente podría traducirse en medidas extremas de parte de los paterfamilias que ante la desesperación por una inminente muerte de familiar alguno por hambre, salgan a conseguir alimentos a como dé lugar.

Ya observamos días atrás lo sucedido en Colombia, en Venezuela y prácticamente todo Centroamérica donde hordas violentas de gente con hambre irrumpía los centros de abasto y tiendas de conveniencia.
“Esto es por hambre” fue el grito que se escuchó entre venezolanos arrasando un centro comercial de Caracas en donde no hay agua, ni gasolina.

En Ecuador arrojan los cadáveres a las calles, mientras en Colombia bandas juveniles aprovechan las restricciones del Covid 19, para el asalto a casas habitación y centros de conveniencia.

Y para no ir más lejos en el estado de México ya desde día anteriores se registran dos fenómenos: el trueque de juguetes y chácharas en los semáforos de las esquinas por dinero y el intercambio de artesanía por alimentos.

Hay hambre.
Habrá que guardar la calma, tranquilizarse y hacer caso a las autoridades, pero indiscutible que la bomba de tiempo en las zonas de alta marginación podría estallar en cualquier momento.
Tiempo al tiempo.

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