El baldón

México un país de ciegos y sordos

Quien visita México, quien lee la prensa o mira noticieros en redes o en televisión, podría pensar que México está habitado por ciudadanos conscientes de lo que sucede en su país, dedicados a mejorar lo bueno y a combatir lo malo, en su diario vivir. Sin embargo, México es un país de instituciones endebles, dónde el mal permea en todos los estratos de la sociedad, sin que las grandes o pequeñas instituciones luchen en su contra, salvo honrosas pero muy escasas excepciones. Lamentablemente el mirar hacia otro lado, el considerarse tan pequeño que es imposible que uno ayude a la solución, la apatía e incluso la complicidad de muchos mexicanos han convertido al país en un enorme infierno para cientos de miles de personas, sin la mínima posibilidad de heredar un mejor futuro a las siguientes generaciones.
Si estás pensando que esta colaboración es un ¨yo acuso¨, tienes toda la razón. Acusaré a quienes actúan como criminales pero también a quienes permiten que actúen como criminales.
Para estar informados, basta sentarse una hora ante una computadora y escuchar a Lydia Cacho, a Anabel Hernández, a Edgardo Buscaglia, a Carmen Aristegui, Marcela Turati, Rafael Barajas, Diego Osorno entre muchos más y sólo nombro a los más famosos, porque hay más mexicanos luchando todos los días, luchando solos, sin eco en la sociedad ni en las instituciones que presuntamente rigen la vida y la moral de los mexicanos.
México es un país donde el crimen es el rey. Actúan con total impunidad los criminales en el país, sabemos que no es nuevo, también sabemos que es permanente, que sucedía ayer y que sucede hoy, incluso, si no hacemos nada, también sucederá mañana. La complicidad entre el poder público destinado en teoría a combatir al crimen, miembros distinguidos de la sociedad mexicana que debería repudiarlo, comunidades enteras que se dedican a delinquir o a proteger delincuentes y la propia delincuencia organizada o no, es algo evidente, algo que sucede ante nuestros ojos, y sin embargo, casi todos estamos callados.
Los mexicanos sabemos que hay crímenes a los que ya nos hemos acostumbrado, como el huachicol, los asesinatos pagados, los robos, los asaltos, los secuestros, el tráfico y venta de drogas ilícitas. También sabemos que hay dinero del crimen organizado apoyando campañas políticas, sabemos que hay empresas y empresarios que ofrecen millones de dólares a los candidatos a cambio de beneficios, facilidades y contratos una vez que logren el poder. En México es bien sabido que existe una enorme corrupción en el sector público, que los contratos se otorgan con sobreprecios a amigos o miembros del clan, y que llegar a una secretaría de estado implica llegar a hacerse rico, no se diga a una gubernatura, la presidencia de la república o una humilde alcaldía municipal, y lo que es peor, lo vemos como algo normal.
Ya de por sí considerar a la corrupción y al crimen como algo que forma parte de nuestra sociedad, de nuestra vida cotidiana, habla mucho y muy mal de los mexicanos. Pero cuando se adentra uno un poco en otro tipo de conductas criminales, más allá del lavado de dinero o de delitos de cuello blanco, llegamos a cuestionarnos sobre la clase de sociedad en que vivimos.
Por mencionar algunos ejemplos, en México existe el tráfico de personas, en sus distintas modalidades, la importación y el consumo también de niños y niñas para tráfico sexual. La trata de blancas, es decir la venta de mujeres y últimamente de jóvenes varones utilizados como esclavos sexuales. La compra y venta de niños, jóvenes y adultos para trabajo esclavo. La compra y la leva de jóvenes para trabajar como sicarios y asesinos bajo las órdenes de quien los adquiere.
Resulta aberrante una sociedad que no se horroriza de que en su seno se realicen este tipo de crímenes, redes nacionales e internacionales los comercializan, corrompen y logran la complicidad de autoridades locales, estatales y federales, y promueven el consumo de ¨sus productos¨ con funcionarios públicos de alto nivel y altos capitanes de la industria y el comercio, además, generan turismo sexual internacional, convirtiendo a México en un paraíso para las mentes más enfermas del mundo, superando hoy en día a Tailandia. Generando ingresos para las distintas mafias mundiales, como la rusa, la italiana, la japonesa, la americana y obviamente, convirtiendo en reyes de un negocio multifacético a los criminales nacionales.
¿Es ese el futuro que le heredas a las siguientes generaciones? ¿El riesgo de que algún familiar tuyo sea asesinado, secuestrado, torturado, vendido como esclavo ya sea sexual o de otra índole, obligado a matar o a cometer cualquier tipo de crímenes, no te basta para pegar el grito en el cielo y exigir un cambio en la actitud permisiva de autoridades y sociedad en general? ¿No te incomoda que Tlaxcala sea conocido a nivel mundial por su cultura de trata y tráfico de personas?
Todas son preguntas válidas ante la permisividad con que la sociedad trata estos temas. Ante la hipocresía de voltear a otro lado y fingir que nada sucede, salvo cuando las buenas conciencias deciden actuar y protestar ante la posibilidad de legalizar el aborto. Y es ahí cuando uno se pregunta ¿Es lo único que les interesa cuando hay tanto por hacer? O los líderes religiosos solo se interesan en eso porque les genera dividendos y es suficiente para mantener a su grey pensando que cumplen la obra que Dios les encomendó. Total el resto de cosas terribles que suceden en el país no es necesario enfrentarlas, porque las realizan criminales. Luchar contra el aborto es mucho más fácil que luchar contra el resto de crímenes que el mismo Dios aborrece. Respeto la lucha ideológica de cada quien, solo cuestiono si es suficiente luchar contra una pequeña parte de lo que se considera ¨hacer el mal¨, sin luchar contra el resto, con la justificación de que el enemigo que aborta es pequeño y el enemigo que realiza el resto de los crímenes es muy fuerte y puede dañarme.
Solo es una reflexión.
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