¿QUIÉN VIVIRÁ?

Es la primera ocasión que me ocurre. Terminaba de leer su biografía cuando mi hija Mariana, observando la portada del libro, comentó: “ese escritor ya se murió”, y yo, corrigiéndola, “no creo, me acuerdo que Elena Poniatowska lo entrevistó hace no mucho. Hasta dijo que le sorprendió lo chaparrito que era”. E insistí: “Es uno de los grandes escritores de la actualidad”. —O era—, Mariana volvió a corregirme al mostrar la pantalla de su Iphone. En efecto, dos horas atrás –ese 28 de diciembre– había fallecido Amós Oz en Tel Aviv.

Entonces experimenté una sensación extraña; como si el propio Oz me hubiera estado dictando su autobiografía al oído, porque en Historia de amor y oscuridad, Oz —nacido Amós Klausner— hace el recuento de su infancia y juventud, que coincide con el surgimiento de Israel como Estado y su consolidación en la encrucijada del Medio Oriente.

Oz tiene estatura de un Nobel (que no le fue concedido) y posee una gracia narrativa como pocos en el medio literario de hoy. Hijo único, Amós emprende en ese libro el recuento de esa terrible relación triangular (Fania, la madre abnegada, Arie, el padre obsesivo) con ese hijo soñador que jugaba debajo de la mesa. La existencia de Amós transcurrió en circunstancias de esperanza y guerra permanentes, cuando los colonos de la Palestina arrebatada al imperio otomano (1919) era administrada por el imperio británico hasta su independencia, en 1948 –el niño Klausner tenía ocho años de edad– y la primera guerra contra los árabes estallaba a las pocas horas del reconocimiento hecho por la ONU.

Amós, autor de una veintena de novelas, narra en su autobiografía el modo en que decidió su oficio y logró hallar una voz propia. “Comprendí de pronto que el mundo escrito no depende de París ni de Londres, sino que gira alrededor de la mano que escribe en el lugar en el que escribe: donde tú estás, está el centro del universo”.

La figura de Oz en Israel, y no creo exagerar, es equiparable a la de León Tolstoi en Rusia, Juan Rulfo en México, o Alberto Moravia en Italia. Resulta muy emotivo cuando Amós cuenta cómo vivió acomplejado como escritor en ciernes, al pretenderse erigir como un autor cosmopolita (a lo Hemingway o lo Malraux) viajando y escribiendo las vidas heroicas de personajes que lo habían experimentado todo (la cacería de un leopardo, la guerra civil española) cuando que él no había salido, apenas, de su barrio jerosolimitano de Kerem Abraham, aquel piso de 40 metros cuadrados donde habitó con sus padres en una suerte de promiscuidad cómplice.

En las novelas de Oz… Mi querido MijailNo digas noche,Conocer a una mujerTocar el aguaLa caja negraUn descanso verdaderoEl mismo mar, habitan personajes reflexivos, apasionados, observadores de la Palestina que engendró a la nación judía emergiendo –heroica y sublime– tras el holocausto del nazismo que pretendió exterminar a los hijos de Sión en la Europa Central.

Como es bien sabido, Amós participó en la Guerra de los Seis días (en 1967) tanto como en la Guerra de Yom Kipur (1973), por no mencionar que su casa, en aquel 1948 de la creación del estado israelí, operó como un refugio militar en los combates de entonces. No obstante ello, Oz participó en el movimiento “Paz ahora”, por lo que fue acusado de traidor. Y se defendía señalando: “No digo que los palestinos son muy buenos y los israelíes muy malos. Los palestinos luchan dos guerras al mismo tiempo. Una para lograr su libertad es justa. La otra no lo es, porque es para que los israelíes no estemos aquí, y si es necesario lucharía con el fusil para evitarlo”.

A los 14 años, tras el suicidio de su madre, Amós decidió mudarse al kibutz de Hulda, donde vivió el resto de su vida, buscando que el trabajo físico lo redimiera. Se cambió el nombre (Oz significa “Coraje”), comenzó a publicar sus primeros relatos, y luego apuntaría: “Para escribir una novela debo tomar algo así como 200 mil decisiones… la trama, quién vivirá y quién morirá, quién amará y quién traicionará”. Ahora, sin él, Amós Oz vive con nosotros a través de sus libros.

Pollos Rostizados
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