David Martín del Campo

Pidiendo escaleras

Todos somos, de alguna manera, cofrades marchando por la vida. Ahí vamos con nuestro capirote morado, encapuchados y el cirio en la mano, atendiendo a la saetera que desde el balcón lanza su dolorida copla “…y ahí va ella, doliéndose, ay, ay, ay, aguantando el llaaanto…” En Sevilla, sí, pero también en Taxco y San Luis Potosí.

         Penitencia pública, y no tanto, porque cada cual carga su cruz personal (es un decir) toda vez que la vida, nadie ha dicho lo contrario, no es sencilla. Pecado y penitencia, pecado y penitencia, así nos la pasamos tratando de enmendar las tonterías que cometemos. Y por cierto que no requerimos de una procesión del silencio, en toda forma, sino un par de tequilas y el amigo en la mesa para escucharnos.

         Días de guardar, los que hemos transitado en estos días, pero ya no aquellos con santos enlutados en la iglesia (y que nos despertaban quién sabe qué terror primitivo) sino los de guardarnos dentro del auto, durante diez horas, rodando a vuelta de rueda la tarde insufrible del Domingo de Ramos por la carretera de Acapulco. “¿Ya vamos a llegar?”.

         Todo tiende a volverse lo opuesto. El fervor que se guardaba (ojo con el verbo) hace medio siglo durante la Semana Santa, poco a poco fue derivando en una práctica de impiedad en la que remotamente repara el vacacionista, cuajado de coppertone y coco-fizz en la primera sombrilla libre que ha encontrado en la playa. La fe desinfla, el misticismo queda para la cruda del día siguiente, las plegarias se han esfumado con el abuso de los restauranteros. Es el verdadero viacrucis, ¿con iva o sin iva?, pregunta el Cristo de los gitanos.

Muchos estudiosos han señalado esa triste coincidencia. El martirio, al que somos tan proclives, nos viene por partida doble. Llega a nuestro mestizaje desde los tiempos de la pirámide de Huitzilopochtli, alimentado con la sangre de los corazones ahí cercenados, y de la sangre también que en la última cena habría anunciado el Mesías, “tomad y bebed todos de él, porque ésta es mi sangre…”,  y de la inmolación en el Calvario, que en la cruz dio estampa a nuestra civilización.

         Lo contrario, decíamos, es lo que ha ocurrido con esos “días de guardar” en los que más bien nos disponemos a perderlo todo, incluida la vergüenza. La Semana Mayor de antaño eran días de guardar en el sentido de vigilar, observar, mantener la compostura, el duelo, el silencio que acompaña todo ritual luctuoso.

Pero no. Los días previos a la Pascua se han convertido en el detonador turístico de la economía nacional, que de algún modo estimula el ambiente aletargado que languidece tras la temporada navideña (y la consabida “cuesta de enero”). Así que ¿guardar?, ¡nada!. A gastar se ha dicho, y llevar a la playa a la familia entera, con todo y el perico.

         Nuestra cultura está cimentada en la culpa, y no porque lo recuerde el doctor Sigmund Freud. Culpa de haber transgredido el pacto con Dios, las Tablas de la Ley, el memorándum que no atendieron Adán y Eva en los jardines del Edén. Siete son los pecados capitales, y siete veces siete nos encargamos de transgredirlos al menor descuido. Y como somos seres en permanente infracción, permanentemente debemos cargar con la mala conciencia del penitente.

Culpa, ya lo decíamos, arrepentimiento (¿sí?), el constante ruego para obtener el perdón. Así nos reunimos en la cofradía, para vestir el manto y cubrir el rostro, y cargando la cruz vamos suplicando el perdón que no merecemos. Paga tus impuestos, respeta el límite de velocidad, no consumas drogas.

         La verdad es que coincido con el poeta cuando le canta al pueblo andaluz, que anda pidiendo escaleras para desenclavar al Cristo en la cruz. Porque dijo Antonio Machado que ese Jesús ensangrentado no merece su canto, “sino el que anduvo en la mar”. Será cosa de esperar el estado de cuenta, el mes próximo, de la tarjeta de crédito.

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