David Martín del Campo

LA ROSA DE TOBI

Existían como dos entidades excluyentes: “el club de Tobi”, desde luego, y “el club de Lulú”. Uno para aventuras duras, trepar en los árboles, cazar renacuajos, robar galletas; el otro era para cuestiones más sutiles (queríamos suponer), labores de costura, chismorreos, jugueteos con el gato de casa. Era la imagen que acompañó a nuestra generación, y cuando escapábamos a las noches de dominó en la cantina, eso murmuraban ellas aferradas al teléfono “…ya sabes, el Club de Tobi”.

            La movilización feminista de las últimas semanas pareciera buscar la extinción de un cromosoma del mexicano, llamémosle el cromosoma “macho omega” que tanto asombra (asombraba) a los visitantes extranjeros apenas descender del avión y ser ungidos con el enorme sombrero de charro que les confería una explícita mexicanidad; lo mismo John F. Kennedy que S.S. Juan Pablo II.

            Las marchas del domingo 8 y el paro del lunes 9 “en que ninguna se mueve”, han sacudido al país en términos más que mediáticos. De hecho el paro de ausencia operó como una suerte de “puente” añadido a los consabidos fines extendidos de fin de semana, y no es difícil que la gesta se adicione como una efeméride obligada del calendario cívico mexicano.

            Así que ¿qué queda de la tradición aquella del furor masculino ofreciendo requiebros a las hermosas que asomaban por el camino? De Jorge Negrete a José Alfredo Jiménez; de Pedro Armendáriz a Mauricio Garcés; de Pedro Infante a Vicente Fernández, fueron los hitos del territorio de ese país viril hoy en extinción. ¿Habrá alguien que cante, con la enjundia de entonces, la estrofa acosante aquella de “me he de comer esa tuna, me he de comer esa tuna …aunque me espine la mano”?. Que quede como pregunta.

             Los del club de Tobi, que no era sino cosas de niños, encubrían aquel gen del charro negro bullente de testosterona, que ya anunciaba la novia robada a todo galope porque el don Juan mestizo “burla” damas a la menor provocación, es hormona pura y en los partidos del seleccionado nacional no puede reprimir aquel grito retador que ultraja a visitante a la voz de “¡puuu…!”.

            Ah, qué bien les venían la espuelas, el sombrero negro, el caballo sudado (perdón, la camioneta Lobo), y el destino jugándose a un lado de la botella de tequila, porque todo, todo en la cinematografía mexicana durante decenios fue y ha sido hombría echadora, avasallante, de masculinidad a toda prueba, Jalisco nunca pierde, y el que se raja ya perdió para siempre.

            Pero todo eso ha quedado como extinto. En un lapso breve, casi instantáneo, pareciera que el edificio del machismo ha colapsado. Ya no saltan los chispeantes piropos de antaño, ya no asoman las cortesías caballerosas, ya somos iguales, todos parejos, comunes y corrientes camaradas cortados con el mismo rasero. Harvey Wenstein vivirá pelando pepitas en prisión y el arrepentido Plácido Domingo no volverá a pisar los escenarios de New York ni Milán. Fue una confabulación, desde luego que justiciera, la que cimbró los usos denigrantes detrás de los camerinos: “me too” y YouTube. Que alguien les componga un haikú.

            A veces, cuando visito a mi florista, tiemblo por las consecuencias que podría tener mi crimen. ¿Llevarle un ramo de rosas? Qué osadía. Ese ramillete me podría conducir a chirona. ¿Al paredón? Por lo menos al despeñadero ignominioso de las redes sociales denunciando mi hostilidad de género. ¡Pues qué pretendías…! Instagram, whatsapp, facebook, los tres inquisidores supremos señalándonos con su dedo flamígero (perdón, megabytico) arrastrando esas doce rosas cuyo perfume es una prueba incriminatoria, una más, de nuestros afanes intimidatorios.

            Ay, Mauricio Garcés; ay, José Alfredo en el rincón de tu cantina, ¿qué hacer con estos últimos diez gramos de testosterona que aún laten dentro de este conmovido pecho? Y lo peor, ¿con qué cara llegaré a mi club del dominó de los jueves? Gran jefe Tobi, ¿ahora dónde escondo esta rosa que no será, no podrá ser, ya de nadie?

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