La mano tendida

Estaba destinado a ser uno de los mejores presidentes de México… dicharachero, buen orador, de origen humilde, feo como la mayoría, buen amigo “y excelente enemigo” (como se jactaba), Gustavo Díaz Ordaz pasaría a la historia como un sátrapa más comparable con los peores del hemisferio, Francisco Franco, Anastasio Somoza, Fulgencio Batista.

         Hoy hace precisamente cincuenta años inició su calvario. Fue cuando esa palabreja se nos quedó como la impronta de un movimiento social cuyos efectos estamos viviendo hoy día. Fue el “zafarrancho” iniciado por los estudiantes de la Vocacional 9 del IPN al agredir a los estudiantes de la preparatoria “Isaac Ochoterena”, incorporada a la UNAM. Llegó un contingente del cuerpo de granaderos, hubo heridos, otra manifestación en protesta, otra represión de la gendarmería y tres semanas después ya se contabilizaban algunos muertos a resultas de los enfrentamientos en las calles de la ciudad.

         Díaz Ordaz respondía con la bitácora en la mano. Era el decálogo heredado por sus antecesores, de Miguel Alemán a López Mateos… mano dura a los sediciosos, apapachos a los leales. Muy pronto el movimiento estudiantil paralizó la actividad de capitalina, protagonizando las primeras planas de la prensa, hasta que la represión de aquel 2 de octubre degolló prácticamente al movimiento.

         Tengo presentes varias escenas de entonces. Una mañana el director de mi prepa se apersonó en el salón de clases para anunciar que en ese mismo momento debíamos abandonar las instalaciones del plantel y que las actividades quedarían suspendidas, “por los motivos que todos conocemos”, hasta nuevo aviso. Era como una declaración de guerra. También recuerdo a mi padre, que laboraba como ingeniero en la SCOP, cuando al volver a casa comentó que unos muchachos se habían subido al camión donde viajaba para pedir distribuir unas octavillas de propaganda. “Lo que no me gustó”, comentó mi padre, “es que algunos llevaban pistolas al cinto”. La guerra, una vez más, o la guerrilla urbana, era lo que imaginé a mis quince años.

         Fue una manera de hacernos cosmopolitas. Los estudiantes checoslovacos se habían enfrentado a los tanques soviéticos que llegaron a reprimir la apertura liberal iniciada por el presidente Alexander Dubcek, lo mismo que ocurría en París con los estudiantes de la Sorbona (y no pocos obreros) enfrentándose a la gendarmería en escaramuzas que recordaban las barricadas de la Revolución de 1789. Después retornó la paz –de los sepulcros, si se quiere– y las cosas recuperaron la armonía precedente. En los XIX Juegos Olímpicos, celebrados pulcramente, México obtuvo nueve medallas. Una de ellas, la de oro en los 200 metros de nado de pecho, fue ganada por Felipe Muñoz, un muchacho de 19 años que cursaba el bachillerato en la preparatoria Isaac Ochoterena, por cierto.

         Varios de los dirigentes estudiantiles de entonces han pasado a mejor vida, y los otros son abuelos ya. La distancia que existe hoy a 1968 es la misma que había entonces a la Convención de Aguascalientes, donde fue aprobada la Constitución hoy vigente. Quiérase que no, los efectos de aquel movimiento cívico derivaría en la conformación de diversos movimientos y partidos de izquierda, desde las guerrillas (serranas y urbanas) hasta la legalización del Partido Comunista y la fundación y fusión con el PMT – PSUM – PRD – Morena…

         Por ello es que muchos interpretan hoy el triunfo electoral de Andrés López Obrador como la postrera conquista de aquel movimiento que, en 1988, fue despojado de la victoria electoral cuando el fraude de los comicios federales le impidieron la presidencia a Cuauhtémoc Cárdenas.

         No es infrecuente que los paladines de antes deriven en los opresores de ogaño. Mírense, si no, los gobiernos que fueron del sandinismo en Nicaragua y del chavismo en Venezuela. La miseria democrática que se percibe en sus calles muestran lo fácil que es sumergirse en la corrupción y la autocomplacencia. Todavía en agosto de 1968 el presidente Díaz Ordaz lanzaba aquella frase en la que ofrecía “la mano tendida” para restablecer la paz y la tranquilidad de las conciencias. Pero la maquinaria represora ya había sido puesto en marcha. Sólo faltaba el momento. La historia del Régimen iniciaba la cuenta regresiva. Hoy es un sepulcro en abandono.  

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