David Martín del Campo

La Caperucita al paredón

La pureza absoluta habrá de salvarnos. A la hoguera los excesos, las desviaciones, el gusto literario. No más devaneos con la estética, degüellen a las musas, capen a los poetas que se permitan la rima de la testosterona. Ah, un mundo feliz ausente de eufemismos e incorrecciones. Una rosa es una rosa y la Constitución, la Constitución.

         Semanas atrás las autoridades de la educación pública en Cataluña decidieron “descatalogar” de las bibliotecas escolares a La Caperucita Roja, o La Bella Durmiente, por considerarlas como “obras tóxicas” para los lectores infantiles. Eso está ocurriendo en centros escolares como el Táber y el Monteseny de Barcelona, donde la asociación Espacio y Ocio decidió censurar esos y otros 200 libros, que han sido retirados de los anaqueles porque “fomentan valores sexistas discriminatorios”. Lo que falta es el mandato que exija la disculpa pública de los autores… Charles Perrault, los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen (o sus sucesores), so pena de ser llevados al paredón.

         Liquidado el pensamiento marxista, aquel que proponía como fundamental la lucha de clases hasta lograr el asalto del proletariado al poder, ahora los desvaríos ideológicos apuntan hacia otras metas más inclusivas. La democracia participativa, los nacionalismos populares (cualquier cosa que pueda significar), el igualitarismo a ultranza. El tono de la sociedad es uno: la exacerbación… ¡y ay de ti, donde no pienses igual que yo!

         Me parece muy bien. “Estamos muy lejos de una biblioteca igualitaria donde los personajes masculinos y femeninos aparezcan mitad y mitad… Las mujeres siempre están muy encasilladas en roles estereotipados y tristes”, ha asegurado la feliz Anna Tutzó, una de las responsables de la medida, luego de analizar una serie de parámetros como el rol que juegan las mujeres y los hombres en cada historia, así como el grado de violencia que transmite cada personaje. De acuerdo… que se lleven a la Caperucita al paredón, al flautista de Hammelin, a Ricitos de Oro y que el Lobo del cuento dirija al pelotón de fusilamiento, donde el soldadito de plomo tendrá de lucirse con el trabuco.

         Marchamos hacia una depuración de nuevo orden. En la Francia recién liberada las fuerzas Fifís de allá (Fuerzas Francesas del Interior) se encargarían de iniciar la “necesaria depuración” de todo lo que sonara a colaboracionismo con el ejército nazi de ocupación. Se encargarían de aprehender lo mismo a la modista Cocó Chanel que al extravagante escritor Louis-Ferdinand Céline, por sus devaneos antisemitas. Así hoy, en la búsqueda de una “nueva pureza” descontaminada, se pretende arrasar toda la escoria cultural que implique resabios tóxicos, machistas, desiguales. Y que se cuiden, porque detrás de Perrault y Christian Andersen, siguen Ernest Hemingway, Shakespeare, Alberto Moravia y, en un descuido, Rulfo y Manuel Payno.

         Entonces, liquidada la musa nacida al calor de las hormonas, qué quedará. La Musa Correcta, la Musa Justa, la Musa Participativa. “En un lugar de La Mancha –y de El Mancho–, de cuyo nombre no quiero acordarme –pero no por alguna incapacidad limitativa–, no ha mucho vivía un hidalgo –que igualmente pudo ser una hidalga– de los de lanza en astillero–…”

         Antes lo hicieron los nazis (ya que hablábamos de ellos) cuando sus juventudes radicalizadas se encargaban de organizar piras nocturnas para quemar los libros escritos por judíos, homosexuales, decadentes y comunistas. Arrasar, era el verbo que ahora asoma en esos lances excesivos contra todo lo que suene a “ancien régime”. Aires de intolerancia que anuncian el advenimiento del nuevo Evangelio según la Corrección Política. Blanca Nieves –en la nueva versión de los depuradores– no ha sido acogida por siete enanos mineros enfermos de platonismo, sino que levantará un acta para denunciar a la licenciada Maléfica que envidia su belleza (moderada), y la Comisión de los Derechos Humanos saldrá triunfante cuando la susodicha bruja deba acudir al careo en los tribunales y el cuento concluya con el triunfo del Derecho Civil y el artículo 4º de la Constitución. “Y entonces sí, todos fueron felices”.

 

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