David Martín del Campo

¿Cuándo nos vamos?

Está en las escrituras. El problema reside en que la Tierra Prometida no es otra que la gobernada por Mr. Donaldo, así que el éxodo seguirá siendo la marca de nuestros tiempos. Oaxaqueños al valle de San Quintín, Hondureños a las garitas de Tijuana, venezolanos a Miami y, por si fuera poco, sirios por millones a donde se pueda. Por eso tenemos largas las piernas, para andar haciendo caminos, ya lo sugería el poeta, y de andar andando llega el momento en que alguien exige el documento migratorio. O la visa.

         En días pasados la corresponsal en México del diario El País, Elena Reina, publicaba un reportaje sobre la migración forzada al interior del país. La nota sugiere que en el lapso de ocho años (desde 2011) más de 3 millones de familias se han visto impelidas a abandonar su lugar de origen huyendo básicamente de la violencia criminal. Se dice fácil, pero esos nueve millones (o más) de connacionales representan la población sumada de Guadalajara y Monterrey.

         ¿La razón de ese desplazamiento? El “estado de indefensión” en que sobrevivían en sus comunidades de origen, señala un informe de la Comisión Mexicana de Derechos Humanos, con la crisis que ello supone en cuanto a vivienda, abandono de estudios y empleo, rupturas de hogar y la consecuente ruina de las economías familiares.

         Mi caso personal –sin ir más lejos– pertenece a esa genealogía. Mi abuelo Leopoldo vivía apaciblemente en Cuquío, Jalisco, cuando una gavilla de facinerosos, disfrazados de “columna revolucionaria” (estamos hablando de 1916) irrumpió en el pueblo para desvalijar a todo mundo y cumplir con su vocación de rapiña. El abuelo Polo administraba una buena tienda de abarrotes, quizá la más notable del poblado, y un chivatazo le permitió huir a medianoche –con lo que pudo cargar en dos mulas– antes de que fuera arrestado, acusado de traición y sentenciado a fusilamiento… a fin de cuentas que de eso se trataba: arrebatarle sus bienes con cualquier pretexto. De Cuquío a Guadalajara, esa noche aciaga de febrero de 1916, y un año después a la ciudad de México, a sobrevivir de lo que fuera y sin poder contratar el servicio de energía eléctrica –se quejaba mi padre–, “porque era muy cara”.

         Y aquí me tienen. Todo a partir de esa voz que lo decide todo cuando los facinerosos se apoderan de la comunidad: “¿Cuándo nos vamos?”. Revísense los testimonios de los migrantes centroamericanos atravesando el mes pasado la geografía nacional. No es la miseria lo que los expulsa (aunque tiene su parte de ser), sino la violencia de las bandas criminales, los crímenes, secuestros y extorsiones con los que se han apoderado de esa comarca sin ley. “Llegan las pandillas y contra ellas nada hay por hacer”, se quejan, porque la Mara Salvatrucha (MS13) y Barrio 18, han hecho de ese triángulo (Honduras, El Salvador y Nicaragua) territorios prácticamente sin estado de derecho. No muy distinto, por cierto, al ambiente que reina en ciertas comunidades de Guerrero, Michoacán y Guanajuato.

         Cada día, en promedio, mueren en México a causa de la violencia 90 personas. La mayoría de ellas por ejecuciones (rencillas y vendettas) entre las bandas del crimen organizado en la disputa de territorios y clientelas. Se ha dicho que un porcentaje menor de esas muertes –un 18 por ciento– ocurre a resultas del enfrentamiento de las policías y los militares contra los mafiosos. De manera que, a estas alturas, desde que inició usted la lectura de estas líneas han sido asesinadas una o dos personas en algún punto del país.   

 La indefensión como norma civil. Mucho se habla en estos días de las bondades o las trampas que esconde el ente que será, tarde que temprano, la manida Guardia Nacional. Lo urgente (de ahí la vehemencia electoral del verano pasado) es que alguien ponga orden al estado de guerra de baja intensidad que se vive en medio país. La ciudadanía contra los criminales, o más bien la viceversa. Por ello discutir el color del guante que aprehenderá al asesino (verde, azul o blanco) a ratos pareciera un tanto inútil. Lo que la gente quiere, urge desde hace veinte años, es justicia y tranquilidad. La barda de míster Trump, al final, podría confirmar los peores augurios mientras nuestra indefensión aumenta. ¿Cuándo nos vamos?

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