David Martín del Campo

Al Elíseo en furgoneta

Es legendaria la orquesta que tocó sus últimos acordes mientras el S.S. Titánic se iba a pique. Los pasajeros amenizados por aquellos acordes en lo que lograban, o no, hacerse de un sitio en los botes de salvamento. ¿Qué habrán tocado esos impávidos violinistas en la cubierta lamida ya por el océano? ¿Algún concierto de Vivaldi, de Scarlatti, de Mozart? Nunca lo sabremos.

Algo similar ha ocurrido con la partida del poeta Arturo Trejo Villafuerte, el viernes pasado, cuando su robusta existencia dejó este mundo precisamente en mitad de la peste. No hubo las exequias institucionales requeridas, no tocó un mariachi ante su ataúd, nadie destapó una cerveza para celebrarlo… porque además han sido proscritas.

Fue, hasta los veinte años, un chamaco rocanrolero, flaco, greñudo y descaminado. Cursaba la carrera de Comunicación en la UNAM con el par de mosqueteros apellidados como él (Raúl Trejo Delabre, Ignacio Trejo), cada cual que hallaría su propia espada. Arturo fue uno de los discípulos de Gustavo Sáinz, a la sazón director de la carrera en la FCPyS, y lo acompañó durante algún tiempo en sus correrías poéticas. Y cuando menciono eso, me refiero a la pléyade de escritores que se hicieron a la sombra de Sáinz en aquella facultad: Ángeles Mastretta, Rafael Vargas, José Buil, Ignacio Trejo, Emiliano Pérez Cruz, Víctor Navarro, el de la pluma y varios más.

Arturo vivía en el barrio de Bondojito, a mucha honra. Echador de perros a la menor provocación, es difícil recordarlo si no es con una cuba en la mano, o por lo menos una humilde chela. Ya iniciado en sus primeros afanes editoriales (fue encargado de la infausta publicación La Semana de Bellas Artes), se hizo de una Estaffete de segunda mano, que fue durante aquellos años (1973, 74, 75) su Elíseo personal. En la furgoneta cargaba permanentemente una hielera, una colchoneta, un tocacintas Kenwood, de modo que aquella combi era como el nirvana, transitando por media ciudad, donde el gozo, la lírica y algunos efluvios canabisianos redundaban en el Woodstock que ningún mexicano disfrutó.

Arturo, “el gordo Trejo”, se ganó la amistad de tirios y troyanos. Afable, socarrón, dadivoso, era presencia ineludible en cualquier coctel de lanzamiento editorial. Celebraba las novedades, contagiaba su entusiasmo, añoraba los amores imposibles contoneándose por el recinto. En ese sentido era un catecúmeno acabado de don Renato Leduc, de Alí Chumacero, de Efraín Huerta. La poesía importaba, ¡claro que importaba!, pero después de una buena parranda con los amigos… y lo que de ello resultara.

Sus varios libros de poesía hablan de él mismo: “Mester de hotelería”, “A quien pueda interesar”, “Lámpara sin luz”, “Donde la piel canta”, “Malas compañías”, “Mi vida con las mujeres”; en fin. Nacido en Ixmiquilpan, Hidalgo, migró al DF a tiempo para sumergirse en los ambientes populares del barrio. Su poesía, por lo mismo, está de algún modo imbuida por la lírica de Álvaro Carrillo (“Hay ausencias que triunfan, y la nuestra triunfó”), y de Chava Flores, el cronista lírico del DF en tiempos de Uruchurtu, (“Desde las doce se llenó la pulquería, los albañiles acabaron de rayar”), así que buscaba publicar cada año un librito de poemas buscando alcanzar a los mil lectores del género que registra el INEGI.

Cualquiera hubiera imaginado que “el Gordo” se fue con el virus que llegó de Wuhan. Que sería una más de las víctimas del bicho, pero no. Se fue por la tristeza intrínseca del gremio bohemio que hoy añora el retorno al sosiego incomparable de una cantina a las dos de la tarde. Vinculado a la Universidad Autónoma de Chapingo, donde fungió como promotor cultural, y luego a la UACM, Arturo se ganaba el sustento sin abandonar el ambiente literario. Cinco meses atrás había enviudado, de modo que se ha ido apuñalado por la tristeza, abuelo al fin, acompañado por la rima de su adalid errante, “y cuando yo muera ni luz ni llanto; ni luto ni dada más”, porque lo nuestro son los cubrebocas y el jabón escurriendo de las manos, esperando a que el buen Arturo llegue en la furgoneta aquella, y la hielera batiéndose como promesa del Elíseo.

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