Crónica

En guerra contra un virus

Concepción Badillo

Estados Unidos ha cambiado de la noche a la mañana. Washington, Nueva York, Los Ángeles y casi todas las grandes ciudades, hasta hace poco llenas de vida, hoy parecen pueblos fantasmas. Miles de trabajadores han quedado sin empleo, sus prestigiadas universidades han cerrado, 53 millones de niños no asisten a la escuela, las iglesias no abren sus puertas, el miedo y la ansiedad están en todos lados. Tampoco hay entretenimiento. No hay cine, no hay teatros, ni restaurantes y los eventos deportivos están cancelados o pospuestos. Esa es la nueva realidad de este país.

Una realidad que incluye tiendas con escasos productos básicos, algo nunca visto por generaciones aquí. Los “malls” o grandes complejos comerciales, que tanto atraían compradores de todo el mundo, cerrados hasta nuevo aviso y despidiendo empleados. Trabajando desde sus casas los preparados para funcionar a la distancia con tecnología, estimándose que antes de que termine abril podría llegar a 40 millones los que no tengan sueldo.   

Todo esto debido al coronavirus, un microbio invisible desconocido hasta ahora, tan diminuto que dicen los científicos, millones de ellos podrían caber en la cabeza de un alfiler. Nunca antes había infectado al ser humano, pero ahora se sabe que cuando  lo infecta, va en la saliva, de manera que el si el infectado tose, estornuda, o aún al hablar, puede contagiar a los que tiene cerca  y dejar el virus en todo lo que toca. En el plástico y metal permanece hasta tres días y en cartón aproximadamente 24 horas. De ahí la importancia, insisten, de lavarse las manos.

Una vez que el virus gana acceso al cuerpo humano se aloja en la garganta y las fosas nasales, ese es el inicio de la enfermedad conocida científicamente como Covid-19, que en casos graves ataca las células de los pulmones, dificulta la respiración y los llena de líquido, que deriva en infecciones secundarias como la neumonía. En ese punto el paciente necesita de ventiladores mecánicos para seguir respirando.

El coronavirus se ha convertido en el enemigo número uno del mundo y los ventiladores en el más preciado tesoro no sólo para los médicos de todos los países del planeta, sino en una arma política, al menos en Estados Unidos, donde esos aparatos o más bien la falta de ellos, son el Talón de Aquiles del presidente Donald Trump, quien tanto se negó en un principio aceptar la gravedad del mal.

Aquí el ataque y respuesta al coronavirus ha estado rodeado de política desde un principio, cuando Trump, sus aliados en el Congreso y los medios de comunicación conservadores,  insistían en que no era nada grave. El comentarista de Fox News, Sean Hannity, amigo personal del mandatario, decía que era una simple influenza. El influyente locutor Rush Limbaugh se refería al coronavirus como “un resfriado común” asegurando que era parte de un plan de los demócratas para frenar la campaña de reelección del presidente.

Todo esto mientras el director del Instituto Nacional para Enfermedades Infecciosas, Dr. Anthony Fauci advertía, enojando a Trump, que si no se ordenaba guardar distancia social entre los estadunidenses, el país enfrentaría una crisis nunca vista. De 79 años de edad y después de haber trabajado al lado de seis presidentes, se temía, o se teme, que perdería su empleo por contradecir a Trump frente a las cámaras. Hoy está convertido en un héroe nacional.

Agobiado por el número creciente de contagiados y de muertos y acosado por los gobernadores estatales que demandan ayuda federal, Trump ha cambiado de parecer y con él desde luego, la prensa ultraderechista. Aún así para algunos analistas el presidente y Fox News podrían terminar con sangre en sus manos, por  haber urgido a la gente a seguir con sus vidas como si no pasara nada.

Pero, ¿cuánto tiempo podrá este país capitalista continuar con la población adentro de sus casas, sin escuelas y con todo comercio no esencial cerrado?  Trump ya se había apresurado a decir que para abril 12, Domingo de Pascua, quería ver a todos disfrutando y de fiesta. El presidente y sus seguidores habían decidido que un millón o más de muertos, no importaban si se conseguía reactivar la economía a niveles que le ayudaran a quedarse cuatro años más en el puesto.

Afortunadamente, como un milagro, Trump entendió y cambió de parecer. La vida en Estados Unidos seguirá por tiempo indefinido paralizada. Se trata de ganar una guerra como no habían tenido una jamás.

cbcronica@aol.com

Twitter@Conce54

Intensificará Profeco visitas a comercios para frenar voracidad

ANTERIOR

“Post festum pestum”

SIGUIENTE