Acertijos

NOTIVER (44 AÑOS DE VIDA)

*Si hubiera habido censura de prensa en Roma no tendríamos hoy ni a Horacio ni a Juvenal, ni los escritos filosóficos de Cicerón. Voltaire. Camelot.

Escribo estas líneas en los días Guadalupanos, cuando la Guadalupana bajó al Tepeyac. En el aniversario del diario consentido de los veracruzanos, NOTIVER. 44 años, que se dicen fáciles de estar día a día, mañana tras mañana, no importa si hubiera lluvias o nortes, informando a los veracruzanos de los aconteceres y de los líos en las praderas de las políticas. La historia de los diarios es el acontecer de cada uno en la vida cotidiana, lo que ellos cuentan, son los sucesos que nacieron y de repente murieron, muy rápido, porque hoy las noticias contagian muy rápido. En la historia de Veracruz, NOTIVER ha contado infinidad de cosas, muchísimas, quién sabe cuál habrá sido la noticia que más impactó a los lectores fieles, si la aprehensión del gobernador veracurzano, que cayó en el exilio y en la cárcel está, o aquella que supe que cuando mataron a Luis Donaldo Colosio, NOTIVER tuvo el record de vender más ejemplares que nunca en su vida. Ha servido el diario de sostén de mucha gente, de la pobre, de la necesitada que día a día vive por su salario, los que no se rinden por llevar a casa la comisión que se les da por vender el periódico. Muchas carreras se lograron a base de esa venta de periódicos, hijos e hijas que fueron y son profesionistas, de allí vinieron, por eso el dueño y director hace una pachanga con y para ellos, para obsequiarles a toda esa gente de la calle y las rotativas, sus artículos electrónicos, y sus colchones y camas, lo que es útil para sus hogares, para que vean que la casa periodística tiene agradecimiento y reciprocidad con ellos. No se hace la fiesta con y para los encumbrados, se hace para ellos, los de abajo, los que a diario llevan el periódico a las calles o a las casas, para que los lectores se enteren. Felicidades a Alfonso Salces Fernández, a su esposa, Charo Ramírez de Salces, a sus hijos y nietos y toda la familia y al personal que, seguro, celebran con la gente del periódico, entre hermanos. Que haya muchos años más. Y recordemos que, como lo dijo Arthur Miller: “Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma”.

DEL ROBO A LA GIOCONDA

La primera vez que fui al afamado Museo del Louvre, el de París, pagué mi novatada. Quería comerme a puños todas las salas y, a la entrada, está una donde Napoleón se hizo y se agandalló, como trofeo de guerra, obras de los egipcios. Le dieron vuelo a la hilacha, como años después, en tiempo del vaquero Bush, los yankees saquearon las joyas ancestrales del museo de Bagdad, en Irak, el día que fueron por el tal Hussein. La Haya, en una convención mundial de 1954, signó a todos los países que, cuando estuvieran en guerra, cuidaran sus patrimonios históricos. A estos les valió. Las bombas llegaban adónde pudieran y los daños fueron cuantiosos. En el Louvre, cuando quise ver La Gioconda, esa obra maestra de Leonardo Da Vinci, pintada entre 1503 y 1506, mi cuerpecito llegaba cansado. Fui, la vi y me salí, como aquel ‘comes y te vas’ foxista. Salí para nunca más volver. Cuando se llega a ella, a La Gioconda, el poli de seguridad te pide la veas rápido. ¿Cómo?, exclamas, si tengo una hora viendo otras rarezas. La fila es interminable. Ocurre algo similar como cuando llegas a la tumba de Juan Pablo Segundo en El Vaticano. Los guardias papales apenas te dan tiempo de santiguarte y persignarte. En el Louvre se apilan japoneses como racimos de coyol. Ya ven ustedes que los japoneses nunca andan solos. Van de la manita juntos. “No pictures”, reza un letrero sangrón. Y uno piensa, entonces cómo presumiré ante mis paisanos que aquí estuve. Tiene un cristal antibalas que no permite ni el paso de una mosca. La cuidan como a la niña de sus ojos, porque una gorda lonjuda rusa, en 2009, le arrojó una taza de café. Gacha. Es el Museo con mayor seguridad, ahora. Una fortaleza blindada. Otra vez, con mi cuate Rico, el que no es rico en lana, en el Palacio del Rey de Madrid tirábamos y posábamos para fotos como cuenqueños despistados. Llegó un poli medio enojado y dijo, con su acento singular: ‘joder, que eso no se puede hacer. El flash maltrata las pinturas y a las estatuas’, creo que dijo ‘estuatas’ (sic), pero no recuerdo bien. Ni hablar, manito, pero las que ya tomé me las llevo. Pensé a mis adentros. Toco el tema porque esa obra de Da Vinci, La Monalisa, cumple años (1911) de que un exempleado la sacó sin permiso de nadie, como las del Museo de Orizaba, y con su corazón italiano dijo que la regresaría a su patria, Italia, pues de ahí era, ya que Napoleón en una de sus visitas guerreras se la había apañado. La robó de la manera más sencilla. Se disfrazó de celador, aguardó a que cerraran. Allí durmió. No tuvo pesadillas ni se le apareció nadie, como la película ‘Una noche en el museo’, donde Ben Stiller echa relajo nocturno con personajes que allí habitan. Al otro día, que era día feriado, la sacó del marco y la escondió bajo su bata. La llevó a casa y la puso debajo el colchón, como se esconde el dinero. El Museo cerró tres días. No sabían ni cómo ni quién carajos la había robado. Como Messi, cuando se escabulle ante los defensas. Dos años y cien días después la recuperaron, cuando la intentó vender a un galerista y éste avisó a la poli. Sospecharon de todos. Hasta de Picasso, que había dicho que ‘todos los artistas de su generación estaban enamorados de la obra’. Por puro patriotismo, decía el ladrón que tenía perdón.  El juez le dio poco de cárcel. En Italia era un ídolo.

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