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LA SALIDA DE PORFIRIO MUÑOZ LEDO

*De que se iba se iba. Camelot.

Espurio, le gritaban al buen Porfirio, y él los mandaba al diccionario, porque espurio, decía, tiene varias interpretaciones, y era cierto. Entonces me fui al diccionario: Falso, ilegítimo, bastardo, adulterado, falsificado, imitado, fraudulento, entre otros. En el lenguaje jurídico queda definido como «hijo nacido de mujer soltera o viuda y de padre incierto o no conocido por haber tenido la madre encuentro con muchos. Al gran Porfirio solo le gritaban espurio, porque pretendía quedarse unos seis meses más, o por una eternidad, como acostumbra Morena ejercer la mayoría que le dieron los votos. Muñoz Ledo sabía que ahí pasaría, en el Congreso, pero en el Senado no brincaba esa posición, entonces, como buen estadista que ha sido, un político alabado hasta por los opositores, que dirigió dos partidos, PRI y PRD y que solo le faltó ser presidente de la nación, con sus 60 años de política y sus 86 años de vida, Porfirio reculó y les tiró sus trastes y les dijo, ahí se ven. Eso sí, se despidió con una frase churchiliana: “Se puede tener el poder y no pasar a la historia; se puede pasar a la historia sin tener el poder”. Y de ‘Perfidio’, regresó a Porfirio. Y asunto cerrado.

58 AÑOS DEL MURO Y 30 DE SU CAIDA

Hace algún tiempo, en ese lugar donde los bosques no se vistieron de espinas y un Muro les dividió la vida, anduve y andé en Berlín como romero buscando a Dios, o como cuenqueño despistado. Fernando “Tizón” Pavón, una gente de mi pueblo, dice que ahora viajo mucho porque de chiquito mis papás no me llevaban ni al parque, y eso que estaba a dos cuadras de dónde vivía. Pero a Berlín llegué un día de otoño de hace unos pocos años. Me hospedé en el afamado hotel Adlon, muy cerquita de Dios, cerquísima de La Puerta de Brandemburgo. Allí se ve la estatua de los cuatro caballos y la victoria alada. Su símbolo. El Adlon, un hotel perrón. De cinco estrellas.  Allí convivía en sociedad la realeza de Hitler y sus tribus alemanas. En frac y con bombín y bastón. El mismo Führer. Su staff: el arquitecto Speer, Borman, Hess, Goebbels, todos malosos. Allí, entre esas paredes aún reviven aquellas historias del III Reich, cuando se quería imponer una dictadura y forma de pensar que duraría mil años. Y apenas duró unos cuantos. Bombardeada la ciudad despiadadamente por los canijos aliados, el hotel lo reconstruyeron en su totalidad tal y cual era, igualitito. En la calle Unter der Linden, donde los grandiosos desfiles del nazismo eran de una belleza contagiosa, como demostró la cineasta Leni Riefenstahl, en un documental histórico. El hotel tiene 382 habitaciones, todas de lujo. Ignoro cuánto cuesta y ni quiero saberlo, porque esa vez iba representando a una organización empresarial, que fue quien pagó los gastos. Hotel, y comidas gratis, que eran ofrecidas por los anfitriones. Ya saben ustedes, esas famosas salchichas y fiestas alemanas tomando cerveza como cosacos. Como su ‘Oktober fest’, donde las meseras chulas y güeritas llegan con diez tarros de cerveza en las manos. Recuerdo al Muro. Aunque había sido derribado en mil novecientos ochenta y tantos, habían dejado para la posteridad una parte de esas paredes que se construyeron para separar comunistas y capitalistas. Los rusos tenían tanto miedo de que se les comenzara a escapar la gente, que levantaron paredes. Tengo unas fotos en ese pedazo de Muro que sobrevive para que las nuevas generaciones vean en vivo esa historia. Como buenos capitalistas, en las tiendas de souvenirs te venden pedacitos de piedra derribada envueltos en papel celofán, muy nice, del Muro, que servirá como recuerdo. Hace 58 años lo instalaron. Y tuvo que llegar un Papa bueno a derribarlo. Gorbachov, un día rindió la plaza y les dijo, ahí se ven. No tengo dinero, ni nada que dar, cantaba como Juan Gabriel.

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