Acertijos

LA PEQUEÑA ITALIA.

*De El Padrino: “Tus amigos siempre deben subestimar tus virtudes, y tus enemigos siempre deben sobrevalorar tus defectos”. Camelot.

 

Hace cosa de un par de años, comí en la llamada Pequeña Italia. La Little Italy neoyorkina es un barrio que los italianos formaron y donde fijaron su restaurantería, que les ha dado fama por sus pastas sensacionales y su entorno mafioso, sus restaurantes de cinco tenedores y meseros con filipina y corbata de pajarita, se ubica cerca del Barrio Chino, el Chinatown pequeño, nada comparado al de San Francisco, que es mágico y monstruoso y donde Jack Nicholson lo inmortalizó en cinta del mismo nombre. Tiene Nueva York y su isla de Manhattan una particularidad, se puede ir a restaurantes y hoteles de todo tipo y precios, de acuerdo a los bolsillos. En sus 800 kilómetros cuadrados y sus millones de habitantes, incluido yo, que andaba de turista. La ciudad se formó a golpe de mazo, en base a aquella cinta, Pandillas de Nueva York, de Martin Scorsese, a puro golpe de bandas, marcando territorios y dando picachielazos de muerte donde se pudiera. Desde adquirir la concesión de los bomberos, no tanto por apagar fuegos sino porque llegaban primero a delinquir y saquear y embolsarse lo no quemado. En la Pequeña Italia busco mi mesa. Todos te engañan. Cuando preguntas a un mesero donde comía Frank Sinatra, te responde de volada: “Allá adentro, mira, esa mesa del rincón era la de él”. Mienten, todos te dicen lo mismo. El viejo Frank solía comer en uno de pastas de Nueva York. Una mesera puertorriqueña me atiende. La mesa es pequeña, con mantel blanco, cubiertos envueltos en servilleta de tela, da a la calle, al pie de la banqueta viendo pasar el tráfico y a los vendedores de todo: de esperanzas y regalitos. Pido una pasta, un vino y me pongo a otear el panorama. Frente, una tienda de tabacos muy afamada. Muy reconocida. Aunque hay prohibición total de fumar en lugares públicos, todavía perviven algunos changarros. Este es de los buenos, vendía el famoso puro Cohiba de Santo Domingo a 65 dólares cada uno. Y algunas chácharas de muchos dólares.

EL PURO CUBANO COHIBA

El puro cubano dejó de olerse en América del Norte por la prohibición y el bloqueo. Es famosa aquella anécdota del presidente JFK, cuando le pide a su asistente particular, se haga de la mayor cantidad de cajas de puros Cohiba, porque venía la cuarentena que ha durado una cincuentena de años, en aquel tiempo que por poco llega la guerra por la crisis de los misiles, el día que Fidel Castro les apuntó a Miami, cerquita, a las 90 millas de La Habana. Los puros cubanos luego le sirvieron a Clinton para otras cosillas picaronas. Al lado de la tienda de cigarros hay una de souvenirs. Entré y vi la galería de la Mafia, de aquellos italianos sicilianos que, a base de sangre, sudor, lágrimas y metralletas, se apoderaron de parte de esa vida citadina. Allí mismo donde filmaron Godfellas (Buenos muchachos) y The Godfather  (El Padrino), hay retratos y posters de mafiosos feos, porque eran elegantes en el vestir, pero más feos que el pleito ahora de Cuitláhuac y el Fiscal Anticorrupción. Veo uno de Lucky Luciano, famoso porque su frase favorita era: “En toda negociación lo importante es no ser el muerto”. Lo compro. La historia de las familias neoyorkinas es historia de violencia y marcaje de territorio. Pensé por momentos ver caminar a Tony Soprano, pero no se me hizo, mi imaginación sólo volaba.  Allí estuve donde alguna vez cenaron o comieron Joe Bonano, Carlo Gambino, Tommy Luchesse, Joe Colombo, Vito Genovesse y el viejo Frank Sinatra, que llegaba a endulzarles la plática a estos mafiosos que resultaban ser sus amigos, a quienes cantaba gratis, porque el viejo Frank algo tenía de ellos, aparte de la sangre italiana. Son las historias de ellos, muy de ellos, que quizás vivan avergonzados de ese pasado de proceder turbio y negro, que quién sabe cuándo empezó, si desde Capone en Chicago con Elliot Ness detrás de él, o quizá simplemente te regale una rosa, como canta la canción. Muchos ahora están en prisión. Otros, abatidos por ellos mismos en sus purgas internas, platicarán con Nuestro Señor y abrirían las puertas a la gloria al decir: ‘Señor, yo te lo juro que yo no fui, son puros cuentos de por allí’.

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