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LA CANDELARIA

Desde hace más de un siglo, los habitantes de Tlacotalpan escoltan a su Patrona, la Virgen de la Candelaria, el último día de enero a las tres de la tarde, lideradas por una capitana, una teniente y una coronela y 600 jinetes, en una ceremonia fastuosa y bella. Al frente de la procesión suele ir el Obispo de Veracruz y una banda de la Marina toca los temas. Cayendo la noche, los toritos salen a relucir, los de los bailadores y los de tomar, para agarrar por su cuenta las parrandas. Es una fiesta veracruzana extraordinaria. Llega mucha gente de fuera, si uno tiene suerte oirás a los mejores conjuntos jarochos, como Mono Blanco, Los Vegas y Cojolitos. Hay zapateados en los tablados y la música jarocha ennoblece a ese pueblo Patrimonio de la Humanidad, nombrado por la UNESCO.

EN TLACOTALPAN

“En Tlacotalpan todo se cura, todo se olvida, se cura el alma que es incurable, cuando está herida”. Este fragmento es de la autoría de Julio Sesto, español, creador de aquella poesía cumbre, Las abandonadas: “Cómo me dan pena las abandonadas, que amaron creyendo ser también amadas, iban por la vida llorando un cariño, recordando un hombre y arrastrando un niño”. En esa zona donde el escritor Roberto Blanco Moheno magnificó la mejor novela costumbrista y pueblerina que se ha escrito: Un son que canta en el rio: “¡Bogando, con una Chingada! Llegábamos a la Trocha. El Julián, el Arturo, y el José María flojeaban con los remos, mientras el Enrique apenas si apretaba el canalete. Yo iba, acurrucado a proa, escogiendo los mejores pescados para la casa de gachupín. Y el tío Tamarindo, sentado en la popa, acababa de soltar la voz a través de la boca chimuela, amargada por años y años de chupar la fuma de tabaco traída de San Andrés: ¡Bogando, bogando, con una chingada¡”. Llegan cientos, miles de todas partes del país a maravillarse de ese pueblo, cuyas casas de tejas y pintadas con colores muy mexicanos, asemejan cuadros de Orozco o de Diego Rivera, de aquellos nuestros grandes pintores, donde en sus corredores los viejos de la tribu y las señoras de edad en las mecedoras de madera ven pasar la tarde y contar sus cuitas, escenas muy de esa ciudad.

EL COMPAYITO (GRANDES RECUERDOS)

Hace años fui de corresponsal de guerra, cuando las terribles inundaciones, el día que el agua llegó al pueblo y aquello parecía Venecia. Fui a su Fiesta. Visité la afamada Casa de Rafaela Murillo, como si fuera de Coco Chanel, se vende la mejor ropa bordada a mano. Mil y pico cada una, nada baratas, en casa antigua con tejados y mujeres de vestimenta típica. Reza un letrero que se hacen trajes de jarochas a la medida, que esos deben andar en los 8 mil pesos para arriba. Pero los valen. Ofertan tres mecedoras de madera, al pie. Recuerdo esa vez cuando comí con un par de amigos en la casa de Juan Carlos Molina Palacios, el famoso Compayito, muerto en condiciones terribles y a quien ni sus compañeros diputados ni la Fiscalía ni nadie, le han rendido justicia, encontrando a sus criminales. Juan Carlos Molina compró la casa en Tlacotalpan, con todo y mobiliario, cuadros y muebles, como dicen los pueblerinos: “compró potro en barriga de yegua”. Casa pegada al Rio Papaloapan, el de las Mariposas. Comimos muy rico en esa casa, unas veinte personas, y desde ahí vimos el Paseo a la Virgen. Molina era un extraordinario anfitrión. Hoy seguro esa casa está vacía, o a lo mejor ocupada por su familia, que seguro ella y sus amigos siguen esperando Justicia. Descansa en paz, Compayito.

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