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GABO. CARTAS Y RECUERDOS

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De Kipling: “El barco es más importante que la tripulación”. Camelot.

Hace algunos años. El mismo día de la toma del Aeropuerto Benito Juárez, por los maestros revoltosos de la CNTE, esa mañana tarde de un viernes del mes de agosto, presente lo tengo yo, obligado por las circunstancias a pernoctar en México en el hotel NH, que es de los españoles y se ubica en la Terminal 2, entre las tiendas de libros me hice de uno que esperaba hacia buen rato: “Gabo, Cartas y Recuerdos”, de Plinio Apuleyo Mendoza, escritor colombiano y paisano y amigo personal de Gabriel García Márquez, de los muy amigos, de los que caminaron de jóvenes reporteros las calles de París, en la pobreza, en las buhardillas donde vivieron y debían renta de casi un año, en esos sitios que el Nobel cuando no era Nobel sufría, con su amigo y compadre. De aquella magia del París de García Márquez, donde contó la única vez que vio a otro Nobel, Ernest Hemingway: “Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido cincuenta y nueve años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir. Por una fracción de segundo —como me ha ocurrido siempre— me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o solo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reserva. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante, sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adioooós, amigo». Fue la única vez que lo vi”. Libro de 251 páginas, de Ediciones B, deja para la posteridad, ahora que el Nobel envejece y enfermo vive su otoño del patriarca. Lo leo ahora, a velocidad supersónica, es de esos libros que se leen de corrido. Enriquece las páginas con cartas inéditas de su amigo, el siempre Gabo. De entrada, asombra el relato de García Márquez: “Conservo de Paris una imagen fugaz que compensa todas mis hambres viejas. Había sido una noche muy larga, pues no tuve donde dormir, y me la pasé cabeceando en los escaños, calentándome con el calor providencial de las parrillas del metro, eludiendo los policías que me cargaban a golpes porque me confundían con un argelino. De pronto, al amanecer, tuve la impresión de que todo rastro de vida había terminado, se acabó el olor de coliflores hervidas, el Sena se detuvo, y yo era el único ser viviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente de Saint Michel sentí los pasos de alguien que se acercaba en sentido contrario, sentí que era un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante en que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando”.

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