Acertijos

EN ROL POR VERACRUZ/BOCA DEL RIO.

*No es un Nuevo Año. Es tener un alma nueva. Camelot.

Es mañana de recalentado. Tomamos el auto y rolamos rumbo al boulevard de Boca del Río, frontera con Veracruz. La zona hotelera impresionante, pocos autos, comienza la gente a despertar. Uno que otro despistado hace ejercicio. Hay un turismo bueno, muchas placas de autos foráneos de estados vecinos. Mi llegada el 31 fue sin sobresaltos. La mugre y cara y mala y retardada autopista de Capufe, ahora no tuvo atascos. Para Ripley, esperemos el regreso sea igual. Día uno del año, fin de la década, comienza otra. Las palmeras quietas, poco aire sopla, no sale mucho el sol, temperatura de 24 grados, aceptable para este sitio que llega a los treinta y tantos. Comienzo a retratar lo que encuentro. La gente comienza a llegar para las playas. Tomo la zona hotelera y voy  rumbo al Acuario, ese orgulloso sitio veracruzano, sitio que unos marchantes nacos macuarros de la 4T veracruzana usaron como coto de caza para hacer un festejo privado, y la gente aguantando cómo si nada, y el gobierno igual, en otros países serian cesados de inmediato. Ese sitio que ojalá no echen a perder, porque cuando estuvo en manos de un Patronato, Baltazar Pazos entre ellos, estaba rechinando de limpio, impecable, con fondos económicos, los animales de mar bien cuidados y con recursos suficientes. Estos improvisados llegaron tirando todo. El mar quieto, ese mar que cada que lo veo recuerdo al poema de Rafael Alberti: “El mar. La mar. ¡Sólo la mar! ¿Por qué me trajiste, padre, a la ciudad? ¿Por qué me desenterraste del mar? Padre, ¿por qué me trajiste acá?”. Veo y tomo foto de la estatua en el malecón del presidente Adolfo Ruiz Cortines, el más honesto de todos, veracruzano chingón, la estatua está dando la espalda al mar, cuando la debieron haber puesto viendo al infinito de ese mar veracruzano. Cruzo otra de Fernando Gutiérrez Barrios, más atrás, un busto de cara con su paliacate que solía usar. Me gustan y llaman la atención unos pequeños locales habitacionales o comerciales que están fijo en tipo cuchillas, triángulos como uno muy legendario en Manhattan, el Flatiron, algún tiempo fueron refresquerías, son como buhardillas para excéntricos pintores, otras fueron habitables, pequeñas cuchillas aprovechadas, que gobierno del estado debía apoyar para su restauración y que no se pierdan esos pequeños enclaves urbanos.

LOS DETERIORADOS

Igual que la Casa Museo de Agustín Lara, que este gobierno estatal debía avergonzarse de cómo la tiene, con un par de albañiles que fueran a resanar y unos tres pintores quedaría lista, mas que está en una zona muy visible, frente al Lois, y todos los que pasan pensarán y dirán: ‘¿Mira cómo tienen a su músico excepcional? Ese que les cantó a Veracruz y al mundo como a nadie’. De pena, Frente la otra estatua, la del presidente Manuel Ávila Camacho, muy querido en Veracruz, tio abuelo del gran empresario cafetalero, Manolo Fernández, nieto de Maximino, una leyenda en la política. Falta quien haga el libro de Maximino, uno completo, habría que ir a Teziutlán, Puebla, adentrarse entre la gente vieja que algunos sobrevivirán y hacer lo que hizo el periodista Enrique Serna, al escribir el libro sobre Carlos Denegri, El vendedor del silencio, irse a investigar por un año allí y recoger los testimonios de ese hombre que mandaba como pocos, en un México que ya se fue. Veo la escuela náutica mercante Fernando Silíceo y la nueva Parroquia del bulevar, que ahora abrieron a la una de la tarde y las colas daban la vuelta a la calle, esa Parroquia de los Fernández, de ochocientos mil años, es todo un éxito, la gente va por sus tirados y sus bombas con mantequilla y las champolas de guanábana, que tango gustaban a mi amigo, Roque Flores Armida (QEPD) y que disfrutábamos en esas parroquias. Venir a Veracruz y no ir a una de ellas, es como ir al Vaticano y no darse una vuelta por la plaza de San Pedro. Buen recorrido en un día uno y dos del primer mes de enero del año 2020, presente lo tengo yo, un número cabalístico que jugará y servirá para que muchos apostadores ludópatas en los tapetes del Bingo, le den vuelo a la hilacha. Hasta aquí mi relato, Joaquín, mañana otra historia, si las hay.

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