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EMBAJADOR LANDAU

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*De Raúl del Pozo: “Twitter hace presidentes y los que manipulan los bots son más importantes que los ideólogos”. Camelot. 

Cuando hace poco más de un año, llegó a México el Embajador de Estados Unidos, Christopher Landau (13 de noviembre de 1963, edad 57 años), nacido en Madrid, España, por andar sus padres por allí en cuestiones diplomáticas, llegó y se hizo un tuitero de primera, cultivó amigos en México y le cayó bien a medio mundo, porque no era ni mamón ni apretado, vamos, parecía paisano de la Cuenca. Sorprendió su llegada cuando a una gente que conoció en tuiter le invitó a la Embajada y allí comieron. Habló bien de México y nos promocionó por todos lados, visitaba los mercados populares, compraba nuestras artesanías y comía en nuestras fondas y era un promotor incansable del país. Hace no mucho vino a Veracruz, atendiendo una invitación a un duelo de fotos, porque era y es buen fotógrafo, con el fotoreportero estrella de Notiver, Hugo Garrido, y llegó a esta playa veracruzana a ver una exposición del fotógrafo. Caía bien, pero muchos sospechábamos que su patrón Trump perdería la elección, y quizá Joe Biden tenga al Embajador nuevo todo listo, Landau ahora anda despidiéndose publicando textos y fotografías de él y su esposa y sus dos hijos, que también disfrutaron de la calidez de nuestro México. Buen viaje, Embajador, le agradecemos lo que habló bien de México, lástima que no seas demócrata y sí republicano. 

EL MANZANERO QUE SE FUE 

Armando Manzanero en su canto y en la vida, nos enseñó que la semana tiene más de siete días. Nos enseñó a volver a cantar los boleros, nos enseñó a querer esa música que, dicen nació en Cuba, pero México se volvió gigante y grande en autores y compositores, en cantantes grandes. Se escribieron muchas cosas de su muerte, se exhibieron en las redes sociales sus videos, y uno de ellos, que aseguraban era el último, en una ronda quizá de la fiesta de su cumpleaños, donde dice su hijo que se contaminó del maldito virus. Echa una paloma con un guitarrista, allí Manzanero canta aquella rola de Julio Jaramillo: Ódiame por piedad, yo te lo pido.  

Le escribieron grandes amigos, le despidieron grandes columnistas y articulistas, como el periodista yucateco, Eduardo R. Huchim, en Reforma. Todos sabían que Manzanero había tenido cinco matrimonios. Y narró una anécdota: 

“Acompañado de su esposa Teresa, una tarde Armando Manzanero fue a casa de su gran amigo e impulsor Luis Demetrio Traconis, compositor como él, yucateco como él. 

Ante las atenciones que Armando le prodigaba a su mujer –le acariciaba la mano, la acariciaba, le daba botana en la boca–, Julieta, esposa de Luis Demetrio, le reprochó. 

– ¿Viste Luis? Aprende de Manzanas, ve que cariñoso y detallista es con su mujer. ¡No como tú! 

Y mi compadre, hombre de un solo matrimonio –contaba Manzanero–, con toda naturalidad y con esa chispa única que tenía, le contestó 

–No chingues, Julieta… así cualquiera ¡Es la tercera del enano! (Manzanero en su último libro de remembranzas La última canción)”. 

Y así fue, ese día de su partida, el día de su muerte, se vio a la gente correr y él no estaba, partía al encuentro con el Señor, donde seguro allá está encontrando y cantando con Guty Cárdenas, Palmerín, Demetrio y Lara y los grandes de México. 

Descanse en paz, el gran Maestro.  

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