Acertijos

EL TREN BALA (JAPON)

Rememoro un viaje a Japón, en 2015, presente lo tengo yo.

El Tren Bala nos deja en la terminal de Tokyo, de regreso. Temprano por la mañana partimos. Tenía curiosidad por conocerles. Vengo de la cultura del riel, de los ferrocarriles, que antes eran nacionales de México y hoy son una piltrafa, en manos de voraces empresarios. Pensé, oh iluso de mí, que Peña Nieto nos pondría un tren rápido que volara de Veracruz-Córdoba-Orizaba-Puebla-DF. Pero na, capotea tragedias y muertes y reclamos de Ayotzinapa. Dejados y abandonados por los gobiernos, los ferrocarriles terminaron convirtiéndose en transporte de carga, olvidando el pasaje. Dos horas y pico a una alta velocidad, poco más de 200 kilómetros por hora, el tren japonés nos pone en el andén, sin la Penélope de Serrat. Por la mañana fuimos a Kyoto, bordeando el Pacifico, con estampa de mar abierto como cuando se va a Alvarado, que también es pueblo y aunque no tiene tren de alta velocidad, tiene una gastronomía de primera, entre ella los tamales de elote que se comen al paso en Salinas, pueblo pegado a la carretera. Nada del otro mundo este tren, uno que se ha trepado al AVE español, y que ha recorrido tramos tan bellos como el Madrid-Sevilla y el Madrid-Barcelona o el Madrid-Toledo, y algunos otros más, nada debe sorprendernos. El japonés no tiene, por ejemplo, el GPS de los españoles, que te van diciendo a qué velocidad va y, en momentos, te apanicas cuando te avisan que vuelan a más de 200 kilómetros. Te venden lo que pueden, los refrescos y sus comidas enlatadas y cacahuates y papitas, de las que no puedes comer solo una. Las vendedoras uniformadas, el Imperio del Sol Naciente tiene orden. Todos al trabajo. El guía nos atosiga, nos trae de templo en templo. Ya le pedimos time. Es el último templo que vemos, Kyo, o nos llevas a Museos o a algo más, o te cortamos la vuelta. Sonríe, con su tapabocas de siempre. Vimos más templos y un sitio de algún rico feudal, con lago y toda la cosa y río particular, parecería dirigente sindical petrolero, con tiendas de souvenir al pie para llevar las camisetas y los llaveros. La mercadotecnia en su esplendor. Debimos haber ido a Hiroshima, donde el Ceremonial de la Bomba, pero el tren nos ponía a 3 horas y media más las tres de regreso, era una eternidad. Otro día será.

EL TIEMPO Y LA ESTATUA DEL PERRO

De repente, al caminar entre el centro de Tokyo, lo que es su Times Square japonés, un sitio lleno de luces y pantallas como el neoyorkino, vimos a la gente arremolinarse en la estatua del perro fiel. Jamás en la historia se ha registrado un caso de perro más fiel. El de Hachiko, que al morir su patrón lo esperó en la estación del tren por 9 años, una historia que tomó Hollywood y que Richard Gere embelleció y entristeció al mundo, cuando se conoció esa odisea de amigo fiel. Un amigo me dice que la estatua con el profesor está en la Universidad de Tokyo. Pero esta del perro es retratada por miles. Cientos y cientos que forman fila para tomarse una foto al lado del can más famoso de Japón, y creo que del mundo. Nos habían dicho del tiempo, que sería frio, que digo frio, friísimo. Con temperaturas de 3 grados bajo cero. Qué va. Hay ocasiones que cargar el abrigo es una incomodidad. Sí, hace frio, pero nada del otro mundo. Ahora dicen que en Sendai nos preparemos. Qué va, resultará igual. Mas nevó por el volcán Pico de Orizaba, y más nieve apareció en la autopista de Puebla, para admirar la belleza, como aquella vez de aquel día que al coronel Aureliano Buendía su padre lo llevó a conocer el hielo, según relato de Gabriel García Márquez en Cien Años de Soledad.

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