EL TENIS DE AHORA

*De Rafa Nadal: “Nadie se acuerda de las victorias, sólo de las derrotas”. Camelot.

Este escribiente solía ver tenis, en los años en que John Mc Enroe y Jimmy Connors y Bjon Borg, Guillermo Vilas, Iván Lendl y Vitas Gerulaitas, entre otros, placeaban su talento y reinaban en las canchas de tenis del mundo, y en mujeres Chris Evert y Tracy Austin y la Navratilova. Anduve y andé en el Abierto de Estados Unidos, fui con mis padres, que aún vivían. Vi jugar al mexicano Raúl Ramírez, considerado con Brian Gotfried el mejor par de doblistas del mundo, en ese entonces. A Flushing  Meadows llegué como romero buscando a Dios. Hospedado en Manhattan, en la Avenida Américas, años 80s, tomé una tour automovilística de un argentino que nos llevó hasta ese estadio, cruzábamos Queens, a los alrededores los negros, desde temprano, junto al fuego de un bote callejero, se calentaban con un pomo en la mano, o una chela. Queens fue un tiempo un santuario de ricos, cuando comenzó a llegar la gente de color lo abandonaron, en ese año, como ahora, lucía sucio y desamparado, abandonado por las autoridades y por la gente. Al regreso, había que hacerlo en el Metro, que nos dejaba cerca de la zona de teatros. Nueva York tiene 179 teatros, allí las obras más afamadas del mundo se ven. El tenis tiene allí jugándose 138 años, desde 1881. Estoy platicando esto del tenis porque un amigo, Pepe Aranda, hoy por la mañana veíamos un poco del tenis del abierto de Roland Garros por la tele en su hotel orizabeño, Orbe, el parisino abierto que se juega desde 1891 y su nombre obedece no a ninguna estrella del tenis, sino a un piloto de la Guerra Mundial, como la cancha de Arthur Ashe, el negro que ganó el primer abierto de Estados Unidos en 1968.

AUN HAY MAS (TENIS)

Tiene mucho que dejé de ver el tenis. Cierta vez estaba en París, en el lobby del hotel un español, al oírnos hablar mexica, preguntó si íbamos a la final que se jugaba ese día con el gran Rafael Nadal, le dijimos que no, íbamos a la Torre Eiffel, qué bueno, respondió, porque creo que anda la reventa a 700 euros el boleto. Uffff, pensé a mis adentros, con eso como y trago un mes, o un año diría el Perro Uribe. El tenis tiene su encanto, he leído libros de tenis, he visto a los grandes de aquellos años. Ahora ya no, ahora me gusta más el Real Madrid, cuando Cristiano Ronaldo lo lideraba, pero en aquel tiempo del viaje a Nueva York en el avión iban todos los Lemaitre, incluida la gran señora, Virginia Sendel Lemaitre, antes de su tragedia familiar que la convirtió en un ángel para todos los niños quemados, a través de su Fundación Michou Mau, era prácticamente un vuelo chárter, todos íbamos al tenis, allí iban los comentaristas deportivos como Vicente Zarazúa. Aquellos amigos del Pelón Osuna, que para orgullo nuestro, a la entrada de ese estadio están los nombres de todos los campeones año con año, y Pelón Osuna parece como ganador del Abierto de Estados Unidos, en el año 1963, toda una hazaña nunca más repetida por un mexicano, y eso que en aquel tiempo había qué jugar contra Rod Laver y Roy Emerson y Fred Stolle y amigos que les acompañaban, el caminar del Pelón Osuna debió haber sido extraordinario, venció en la final en tres sets, un año después con su amigo, Antonio Palafox se coronaron en dobles, era cuando México vivía la gloria con estos tenistas, más tarde encontraría la muerte en aquel maldito vuelo del 4 de junio de 1969, a sus 31 años, donde un avión de Mexicana se estrelló contra el Cerro del Fraile, allí iba el político Carlos Alberto Madrazo, y siempre la sospecha fue, como Colosio, que había sido un crimen de estado volar ese avión. Pelón” Osuna además ganó dos veces los campeonatos de Wimbledon en la modalidad de dobles: en 1960 con Dennis Ralston y en 1963 con Antonio Palafox y es el único ganador de la única medalla de oro en tenis en Juegos Olímpicos, lo hizo en dobles, al lado de Vicente Zarazúa en México 68 y en singles.

EN WIMBLEDON (PASTO SAGRADO)

Hace un año que yo tuve una ilusión, diría la canción, estando en Londres nos fuimos a conocer el que le llaman Pasto Sagrado, Wimbledon. Eso ocurrió: “Los días son variados, los hay con calor y jalar la remera, como le llaman los argentinos a las playeras, otros donde desde la mañana el frio cala, y hay que jalar la chamarra. A la compra de los tiquetes, que varían entre 12 y 15 libras esterlinas, tarifas para niños, adultos y la tercera edad, llegamos a tomar la última tour de la tarde, después de la comida familiar, el recalentado que le llamamos en Veracruz. Un Uber nos llevó al estadio. El guía nos esperaba, todo en inglés, en una hora nos dio un paseo por las canchas aledañas donde practican los tenistas cuando llegan en julio a ese torneo, el más antiguo del mundo, desde 1877, el único de pasto que lucen orgullosos y lo cuidan como a su reina. Por cierto, la reina misma que al parecer no hace nada, pero tiene muchas actividades, se dio una vuelta al estadio, anticipo del torneo que viene. El guía presumía todo, las canchas, el estadio central de 15 mil espectadores, hacía calor, uno se imaginaba ver una final cuando el pasto, después de las dos semanas de combate cuerpo a cuerpo, el pasto ya se nota lastimado, como las porterías de los porteros cuando les llueve metralla. Cuando llegas a la entrada principal, el guía menciona que allí solo verás relojes Rolex, patrocinador oficial del torneo, en el All England Tenis Club. Ahí han visto a los mejores del mundo, y ahí vieron también ganar en 1960 al mejor tenista mexicano, Rafael ‘Pelón’ Osuna, se lo dijimos al guía cuando vimos la galería de los ganadores de dobles, y también a Antonio Palafox, que lo ganó con el pelón Osuna, y Raúl Ramírez que hizo dupla con el gringo, Brian Gottfried. Glorias mexicanas. Vimos también la galería del tenista cordobés, Santiago González, que ranqueado va a los dobles y que año con año aquí juega, que ya con eso es un orgullo, ganes o no. Cuando llegas a la cancha principal y ves ese esa cancha en silencio, uno rememora las grandes odiseas que ahí se han dado. En un momento, me salió el cuenqueño que todos llevamos dentro, pisé el pasto y el guía me gritó como carcelero, estaba prohibido, le vi como el góber a Winckler, con ganas de surtírmelo, pero mejor di un paso atrás. Al término, entramos a la tienda de souvenirs,  mínimo hay que llevarse una gorra para decir: aquí estuve, en el mítico estadio de tenis de Wimbledon”.

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