EL RECUENTO DE LOS DAÑOS (1968)  

*De Gregorio Marañon: La vida es más ancha que la historia. Camelot.

 Televisa es el Vaticano en asuntos de archivos guardados de su filmoteca, de todos esos años cuando se vivieron esperanzas y desalientos, asonadas y temblores, levantamientos y ajusticiamientos, caídas de gobernadores y apresamiento de algunos malosos, hasta llegar a los desfiles de cadáveres en tráileres. La filmoteca de Televisa debe valer millones y millones de pesos. Esa ni Obama la tiene. Los archivos de un México que se fue y no volverá más, allí deben estar resguardados, como se tienen los libros valiosos de primeras ediciones o de autores firmados originales, a temperaturas de 18 grados, para que la película y el papel, en caso de libros, no se deterioren. Cuento la historia porque hace unos días, la poderosa empresa de Medios en Foro TV, revivió un programa de hace 30 años, de los sucesos del 2 de Octubre que no se olvida. Allí vimos al papá de todos ellos, Jacobo Zabludovsky, hacedor de Joaquín López Dóriga, Ricardo Rocha, Lolita Ayala y el hijo, Abraham Zabludovsky. A 30 años de aquel tiempo funesto, solo alcancé a ver el primer programa, narrado por López Dóriga, las escenas son muy viejas, y la narrativa, pinchona. Nadie ha hecho la cinta del 68. Con todo y que tenemos a los grandes directores ganadores de Premios de la Academia, tradúzcase Oscar: González Iñarritu, Cuarón, Lubensky, llamado El chivo, Guillermo del Toro y otros brillantes. Ni de esa ni de Ayotzinapa, las grandes tragedias de este México surrealista, que hoy celebran aniversario, y Peña Nieto se la comió toda, sin beberla pero si derramarla.

 

EL PARTEAGUAS

 

El 68 fue un parteaguas del país. Todos sabemos, como cuando se dan los grandes sucesos, dónde se estaba en ese momento, y al otro día leíamos en los periódicos -porque la tele vivía y estaba amordazada-, lo que había ocurrido. En el gran Excélsior del gran Julio Scherer, donde soldados dispararon a estudiantes y murieron algunos, quizá no tantos como la inventiva marcó, pero murieron. Libros nacieron, se convirtieron en clásicos. La Noche de Tlatelolco, que la Poniatowska reconoció copió y se fusiló de los relatos de Gilberto Guevara Niebla, mismo que escribió ‘La libertad nunca se olvida’ y ‘Memorias del 68’. Además, ‘Los días y los años’, de Luis González de Alba. Libros narrativos, sin olvidar al gran Carlos Monsiváis, con el suyo, Parte de Guerra, escrito a cuatro manos, como los pianistas chingones, con el gran Julio Scherer, donde mi general Marcelino García Barragán habló de aquel infausto día. Se conoció que fue Barragán, un militar muy leal, la Embajada americana, como en los tiempos contra Francisco I Madero, el político que tiene más calles en este país, sobre todo las principales, tiempo de la Decena Trágica, cuando el hijo de Trump, golpista como él, Henry Lane Wilson le ofreció al chacal Victoriano Huerta la cabeza del presidente, y el Chacal la tomó. Los fusiló a mansalva, como un verdadero traidor a la patria. Contaron entre tantas cosas del 68, que una vez Marcelino pidió audiencia con Díaz Ordaz en Los Pinos, eran esos días turbulentos, el presidente, receloso de hasta su sombra, guardaba una pistola en su cajón derecho. “Hágalo pasar”, le dijo al ujier, al momento que abría el cajón y cortaba cartucho, por lo que pudiera ofrecerse. Nada se ofreció, Marcelino dio su parte y su comentario y se le cuadró al presidente, que era el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Los días nebulosos, y los largos y sinuosos caminos de la patria, cuando se hablaba de la caída del presidente.

 

AQUELLOS MUERTOS

 

Díaz Ordaz negaba tantos muertos “Y de lo que estoy orgulloso, muchachito”, le dijo al periodista de Proceso, “es de aquel año, cuando salvé a la patria. Si no, no estaría usted aquí haciendo sus preguntitas. Quienes le conocieron de cerca, decían que era una persona agradable, que sabia y hacia sonreír, pero con su cara fea y sus dientes de tarpala, daba mala imagen. Lo demostró casi al final de su sexenio. Tenía tanates (huevos). Cuando dio su último informe no rehuyó a la historia, que lo condenó. “Asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado”. Cuando lo entrevistó Ernesto Sodi Pallares, tío de la Thalia, en 1970, era otro Díaz Ordaz. La gente lo vio alegre, dicharachero, bromeó con su fealdad. Si en el sexenio hubiera tenido un entrevistador así, a modo, quizá la historia hubiera (ah los hubiera) sido diferente. Y quizá ningún grupo de muchachos rechazara aquella vez que, desde Jalisco, el presidente les envió el famoso mensaje de la mano tendida. Y los canijos estudiantes, le respondieron:

“A esa mano hay que hacerle la prueba de la parafina”.

La historia es así. A veces como los gatos, cae de pie, y otras no, cae todo chueco.

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