EL DISCURSO DE AYER Y HOY

*A pasearse por las plazas. A retomar oxigeno del populismo. Camelot.

 Andrés Manuel López Obrador inicia su periplo de triunfo y recorrido por el país, el ganador de la contienda presidencial, un hombre que en campaña fue ruso y ahora es solo amoroso, por su amor y paz, y perdonador, por aquello de perdón y no olvido. Retoma los parques y las plazas públicas, sonríe y estrecha manos de la gente humilde y no humilde que le dio 30 millones de votos, como ningún presidente ha sido votado en este México lindo y qué herido. En la quietud del triunfo, sembró acuerdos, tendió la mano al presidente y casi le juró que habría impunidad para todos ellos, acusados y señalados de cosas terribles. Foto histórica aquella de los dos gabinetes, el de los que se van y el de los que llegan. Se movía como pez en el agua en Palacio Nacional, donde gobernará como los grandes emperadores cuando llegaban de los triunfos, como Julio César, vencedor de cien campañas. Vio los murales de Diego Rivera y en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, por poco se hinca ante el gran retrato de Benito Juárez, su ídolo. Del discurso incendiario de campaña, se pasó a la benevolencia: del te pego pero no te toco. Le ha ido como en feria, hasta la revista Proceso, que se suponía una aliada, le recetó un cartón la semana pasada, donde López Obrador lee un periódico con dos textos. El del periódico: “A la cárcel ningún famoso: AMLO”, y el texto de la cabeza: “No te preocupes, Rosario”. Demoledor. Así lo ve la gente. Pero camina ya por las plazas y allí tiene que soltar metralla, so pena que sea abucheado. Ayer en Nayarit dijo que encuentra y recibe ‘Un país en bancarrota’, y ‘que así lleva 30 años desde que se aplicó la política neoliberal”. Pero que va a cumplir con los compromisos pactados en campaña. Mientras, Peña Nieto se aturde y olvida que, antes de depositar la bandera mexicana, hay que ondearla a la raza, situación que le hizo ver el jefe del protocolo, un militar que le asiste, Peña divaga entre que ya quiere que el calendario termine, para irse y nunca más volver. Y no detener el reloj que, como decía Roberto Cantoral, marca las horas y puede enloquecer. Con su tic tac, que seguro le recuerda todo lo malo de este sexenio. Enloquecieron los congresistas, que fijaron seis meses para que el presidente que gane entre a gobernar, al mes es más que suficiente.  

 

EL TREN PASA PRIMERO

 

Hace pocos días fui a Tierra Blanca, que un tiempo fue emporio ferrocarrilero y, como en todo el país, los trenes de pasajeros se abandonaron. Lo del tren se fue a menos, lo que antes era emporio ferrocarrilero terminó como el rey Tojo: to-jodido. Presumo. Cada que puedo, lo he hecho en Paris (La Gare), Berlín (Hauptbahnhof), Atocha de España, Portugal, Washington y Nueva York, cuando ando de viaje voy a sus terminales de tren. Reflejan la vida de sus ciudades. Los movimientos de sus habitantes. La de Berlín me impresionó porque solo la había visto en las películas de nazis, quedó remodelada igual muchos años después del bombardeo terrible a la que la sometieron los despiadados ingleses y Churchill, para que llegara al final el ruso Stalin, uno mas criminal que Hitler, a apoderarse de Berlín y saquear y violar a cuánta mujer pudieron (Ahora lo sé más porque estoy a la mitad del libro de Antony Beevor, Berlín, La caída) Pero hay dos que son señeras, únicas en el mundo, las dos tienen sus historias, las dos las conozco, a las dos me he trepado a sus trenes Amtrak, la de Washington y Nueva York. Estas dos últimas una vez las recorrí, cené en sus afamados restaurantes dentro y tomé el tren Amtrak que me llevó de Washington a Nueva York, pasando por Filadelfia, no pude bajar para saludar a los Padres Fundadores de la Patria, que allí formaron y forjaron una Nación libre y poderosa, fui luego cuando la Hillary mordió el polvo con Trump. Y volví a abordar en la afamada terminal de trenes, Unión Station. La otra, la Grand Central Station, así llamada, cumple 101 años. Usted puede asomarse al internet en: grandcentralterminal .com/centennial, y admirar esos festejos. Tiene su historia, cientos y miles de películas allí se han filmado, apenas antier vi una. Grand Central Terminal es una de las joyas arquitectónicas de la ciudad de los rascacielos, que ha conseguido sobrevivir durante un siglo conservando su estilo. En la década de los 50s la Grand Central Terminal estuvo a punto de ser demolida, el motivo fue el precio del metro cuadrado de terreno en Manhattan y el descenso en el uso del ferrocarril, debido al auge del automóvil, para salvar la estación se decidió vender el edificio construido en su parte trasera y crear zonas comerciales dentro del recinto, con la esperanza de atraer al público. De la venta del edificio de oficinas surgió el rascacielos Pan Am, actualmente Edificio MetLife, con 59 plantas. El éxito fue rotundo, es mayor el número de turistas que entran a comprar en sus tiendas, a comer en sus restaurantes o a sacar fotografías que los usuarios del tren, los cuales superan las 200.000 personas diarias.

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