EL CANELAZO

*Me gustaría saber, se dijo, qué pasa realmente en un libro cuando está cerrado. Naturalmente, dentro hay sólo letras impresas sobre el papel, pero, sin embargo. Algo debe de pasar, porque cuando lo abro aparece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía, y todas las aventuras, hazañas y peleas posibles. Y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos. Todo eso está en el libro de algún modo. Para vivirlo hay que leerlo, eso está claro. Pero está dentro ya antes. Me gustaría saber de qué modo. Michael Ende. La historia interminable. Camelot.

 Suena a Casetazo, como los de la mugre autopista de Capufe. Pero fue la pelea que más expectativas creó en Las Vegas, donde solo la casa gana. Tengo un amigo que rola por ahí, me pasaba los pormenores de la pelea. A Las Vegas, quien esto escribe hace como 15 años no va, fui cuando aquellas peleas del gran Julio César Chávez, y me acuerpé en mi pueblo. Seguí a Julio por todos lados, alguna vez fui al Alamodome en San Antonio, Texas, en una pelea como esta, que Julio perdió y los jueces se la hicieron tablas. Don King era un mago para cuidar a los taquilleros, si perdía, arrebataba, como la canción. Aquel septiembre de 1993, presente lo tengo yo, Julio perdió con el negro Pernell Whitaker, y perdía lo invicto,  lo vimos todos, lo sabíamos todos, pero Don King les hizo una oferta que no pudieron rechazar, y Julio ganó, aunque todos íbamos caminando al pie del rio San Antonio, desencantados y agüitados de que fue pelea robada. Julio llevaba más de 80 peleas sin perder, y el Alamodome se inauguraba con 58 mil asistentes, entre ellos dos orizabeños, quien esto escribe y mi hijo Juan Carlos, bueno, uno de la Cuenca. Vi a Julio en aquel estadio en Las Vegas, del hotel MGM, donde asombra que un hotel tenga dentro un estadio de capacidad de 20 mil personas, solo ellos lo pueden hacer. Y hoteles de 5 mil cuartos, donde trabajan 15 mil empleados por hotel, solo ellos lo pueden hacer. Mi cuate me dijo que intentó ir a ver a Luis Miguel, que se presentó esos días en un centro de espectáculos, y nanais, todo agotado. Desde que la serie de Netflix lo revivió, Luis Miguel es otro, las grandes taquillas lo persiguen, con decirles que en la primera fila en el de Las Vegas, el boleto llegó a costar 190 mil pesos y estaban todos agotados. Claro, los había desde 400 dólares. Viene a Veracruz y viene a Puebla. Pero iba a la pelea. Todos los mexicanos al grito de guerra, nos apoltronamos en los asientos para ver la pelea del Canelo con el ruso de nombre impronunciable. Los que la vimos en TV Azteca, influenciados por los cronistas y por el maleta que llevaba el papeleo de round por round, dijo siempre que El Canelo había perdido la pelea, pero cuando los que llevan el conteo oficial le dieron el triunfo, pocos nos lo creímos. Sonaba más a un empate. Son dos peleadores fajadores que hacen ahora taquilla, cuando en el boxeo mundial las taquillas grandes se esfuman. Había que cuidarla, porque lo que sucede en Las Vegas se queda en Las Vegas, y eso sucedió. Se dieron duro y se cortaron, no trae ninguno de los dos pegue para noquear, o los dos tienen mucho aguante. Un triunfo de Canelo con sabor a derrota, dicen algunos, otros más aseguran que sonaba a empate. El asunto es que vendrá la tercera revancha y entonces sí, cierren las puertas, porque: “Queremos más bax”.

 

CAMPO DE ALGODÓN

 

Uno no puede imaginar dónde se encuentra el algodón. Normalmente en las farmacias de Simi o en las otras. Las viejas películas de los campos de algodón, en el sur de Estados Unidos, por Missouri, nos hacían ver los grandes plantíos, donde los negros eran sojuzgados y obligados a pizcarlo. El grupo Creedence Clearweater Revival  y los Hermanos Carrión cantaron una rola llamada así: Campos de algodón. Libros hubo, uno de ellos, Matar un ruiseñor, de la afamada escritora, Harper Lee, que la llevó con esa historia, que se hizo película y ha vendido 40 millones de copias, a ganar el Premio Pulitzer y a inmortalizarse con ese libro que se convirtió en un clásico de la literatura americana. En 2006 los bibliotecarios británicos situaron la obra por delante de la Biblia en cuanto a «libros que todo adulto debería leer antes de morir». Fue adaptada al cine en 1962 con título homónimo, obteniendo 10 nominaciones a los premios Óscar y consiguiendo tres premios. Pero hablaba del algodón, y los campos donde nace. En Alabama y Misisipi, donde los negros lo pizcaban, hay cuadros señeros de esas escenas. En México en la comarca lagunera se da desde 1787. Voy a Wikipedia: El trabajo de la pizca, es un evento arduo, hay que trabajar agachado arrancando la fibra entre las brácteas abiertas y secas de los capullos, bajo el inclemente sol del final del verano. Los mejores pizcadores, colectarán en toda una mañana entre 70 y 90 kg. El kilo de algodón pizcado se paga esta temporada a dos pesos (2017). Cuento todo esto porque revisando mis álbumes fotográficos de por dónde ando cuando puedo, encontré el primer campo de algodón que vi en mi vida, hace un año. Raro, lo encontré en Mc Allen, donde ahora, me cuenta Silvia, la amiga conductora que me atraviesa la frontera (A mí me gusta mucho estar en la frontera), lo siembran por todos lados y los meses parece que de septiembre, es cuando llegan los pizcadores a levantarla. Vi el campo y me bajé y pizqué uno. Está ubicado frente al Mall del Outlet, en Mercedes, donde el shopping reverdece y el huamachito florece.

www.gilbertohaazdiez.com

 

 

 

 

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