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EL CAMINAR ORIZABEÑO

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*La más larga caminata comienza con un paso. Camelot

En estos días, de duro cierzo invernal, diría Agustín Lara, caminar por las calles orizabeñas llenas de frio y de una neblina londinense, donde solo faltaría Jack el Destripador para apanicarnos, es una delicia de frío a 13 grados, camino como Forrest Gump, por dónde se pueda. 4 kilómetros diarios. Atrás de Romanchu existe o existía un Ameyal, un manantial cuya palabra proviene del Náhuatl: Meya (manar) y Atl (agua). Le hice al Ampudia que todos llevamos dentro y no lo encontré, donde su supone que estaría está cerrado por una malla de fierro y lleno de yerba y maleza. Quien le daba mantenimiento era el ingeniero Luis Gutiérrez Príncipe, dolorosamente fallecido hace dos años, porque era un empresario y una gente que le gustaba conservar las cosas naturales y amaba a Orizaba, tanto que hasta le hizo un Toreo bello y moderno, orgullo del país. Caminé bajo esa parte del puente, del hotel Pluviosilla hasta la Poniente 7a, atrás de Romanchu, donde el ingeniero dejó casi listo un hotel para el turismo. Me sentí como cuando en Paris caminé bajo los puentes de París, hay aquí unos nichos a los lados donde la gente que no tiene techo allí duerme, como ocurrió en París cuando eran pobres, allá por los años 30’s y hasta una canción se les hizo, ‘Pobre gente de París’ (The Poor People of Paris), que inmortalizó la gran Edith Piaf y Ray Coniff la hizo famosa mundialmente. Cuando puedan caminen esos puentes al pie del río, es la historia de una ciudad donde aquí me tocó vivir. 

A CASA EN NAVIDAD 

“La primera Navidad pandémica se está gestionando como todo hasta ahora: con normas, con números y sin relato. Con la recomendación de quedarnos en casa lejos de los nuestros y sin ningún aliento para que podamos entender cómo demonios hacerlo. Muchos de quienes nos lo explican desde el televisor (y no hablo solo de políticos) no necesitan entenderlo porque van a reunirse con los suyos. Algunos hasta tienen PCR reservadas para sentirse seguros. Pero ¿qué pasará en el corazón de todos los que no puedan? Los que estén demasiado lejos o demasiado asustados o demasiado solos. Si vamos a hablar de volver o no a casa por Navidad, parece sensato preguntarnos qué es un regreso y qué es una casa. Qué es un cierre perimetral importa más bien poco. Sobre el regreso tendríamos que recordar que quienes vuelven nunca son los mismos que partieron. El regreso ha de ser pues transformador. En este sentido, este año el viaje más importante ya está hecho. Y por primera vez regresamos de un lugar que ha dejado de existir para siempre: nosotros mismos antes de la covid. Necesitamos volver a casa más que ningún año porque somos más otros que nunca antes. La buena noticia es que hemos llegado vivos hasta aquí. 

Pero ¿dónde es aquí? ¿Dónde queda ahora nuestra casa? La casa es desde la Odisea el espacio que hace posible el regreso y la memoria. No existe hogar si no hay alguien que espera. Entonces, ¿no será esperar una forma de encontrarnos con los nuestros? De hecho lo es. Por eso, para volver a casa esta Navidad basta con preguntarnos si alguien nos espera en algún sitio. Y cuánto tiempo podría esperar por nosotros. Si tiene prisa, entonces es mejor no ir a su encuentro. Si su espera es firme, es que ya está con nosotros. También podemos aprovechar para preguntarnos si somos nosotros capaces de esperar por alguien. Si la respuesta es sí, entonces hemos llegado a casa, incluso aunque esté vacía. Si es que no, no tendrá sentido ningún viaje. Recordemos pues que la espera forma parte del regreso y sintamos cuánta gente cabe en una casa vacía. Este año no habrá regreso sin poesía. Como tampoco debería haber política sin ella”. 

Nuria Labari. El País. 

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