DALLAS DIA TRES (ULTIMA)

*De Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Camelot.

 

Escrito desde el sitio donde mataron a fuego cruzado a JFK. Dallas, Texas. En el sitio de la muerte aparece un negro, la ciudad de Dallas, al menos en la parte del centro donde rolo, está llena de gente de color, hay más que en Cojinillo, un populoso barrio de Tierra Blanca. Unos se drogan, otros en la vagancia. Uno de ellos se nos acerca, está bien vestido. Se ofrece a mostrarnos el lugar. Lo dejamos y le contratamos. Da su versión, presume ser guía del lugar, quiere una propina y se lleva sus tres dólares, casi tan solo por cruzarnos la calle. Sabe algo de lo mucho que todos saben de ese sitio donde hay un par de equis al piso, donde pasó la caravana presidencial y asestaron los tiros al presidente. Hay turistas japoneses, esos andan siempre en montón, si usted ve un turista japonés solo, es que tiene alzhéimer, o anda perdido. Nunca andan solos. Este lugar, que es un camposanto y que ha sido ya catalogado como Monumento Nacional por lo que representó en la historia de las tragedias americanas, que ese día avergonzó a Dallas y a los texanos, aunque en realidad los que orquestaron su muerte fueron los capos de Washington.

LOS AMBULANTES

Ofertan todo a la calle. Un par de viejos venden videos del presidente y un folleto de las fotos de aquel día de noviembre. Compro uno. Me quedo una media hora viendo todo, el letrero que atajó un poco la filmación de Zapruder. Todo sigue igual, el sitio donde las balas le pegaban al presidente en la cabeza y el cuello. No hago una oración por él, porque por él han rezado millones y son muchísimos los americanos que aún le recuerdan con cariño. Era un estadista, sus discursos aún están vigentes. Dejo el sitio y atravieso la calle. Voy al sexto piso de lo que ahora es un Museo, allí donde Oswald fijó aquel rifle, quien sabe por encargo de quién, aunque la CIA, FBI, Pentágono, Militares, Mafia y capos de las empresas del petróleo y el acero se conjuraron para dar un Golpe de Estado, que pondría a un presidente dócil, LBJ, un vaquero como Fox, que llevó como pesada lápida haber sucedido en la tragedia a ese presidente bostoniano y amado como Lincoln. Una empleada me vende el tiquet de entrada. Tomo un audio video en español, esos aparatitos que te van llevando por todos los sitios donde las fotos están amuradas. No le hago mucho caso, he leído tanto de Kennedy que yo mismo podría ser guía. Las fotos con Jackeline, en aquel paseo de gloria en Nueva York en campaña. La famosísima, cuando se nombró un berlinés en Berlín, donde lloraban los alemanes al oírle hablar aquel día histórico. Las del día del crimen. Jackeline, cuando el impostor Johnson toma protesta en el Air Force One y ella, con ese rostro y en shock, llora en silencio con el vestido rosa aún manchado de sangre presidencial.

EN LA LIBRERÍA

No le doy muchas vueltas, las oteo de rapidito. En mi librería tengo muchísimas fotos. Solo me llama la atención una, donde está el teletipo original de la Associated Press, cuando a las 12:39 envió al mundo la noticia de que JFK había sido baleado, aquella nota que el mundo consternado siguió y que Walter Cronkite, el Jacobo Zabludovsky de los gringos, dio la noticia de que había fallecido su presidente, y luego, al aire, y ante todo el mundo que le veía, se enjugó las lágrimas que le brotaban. La cámara original de Zapruder. Llego al cuarto principal, todo cerrado y encristalado. Repleto de cajas de cartón, exactamente igual a como lo dejó Oswald aquel día de noviembre, allí no se puede penetrar, se ve por fuera y uno atisba hacia abajo, como se vería ese día las espaldas del presidente en la limusina, se ven los árboles y el pavimento y los automóviles cruzar hacia el mismo sitio donde Kennedy cayó en emboscada en la caravana presidencial. Solo faltan Oswald y el viejo rifle Malincher-Carcano.

Salgo de allí, tomo el elevador, voy a la tienda de los souvenirs. Buscaba un cuadro especial, hace un par de años mi hijo Juan Carlos me regaló, traído de este mismo sitio, el cuadro de un retrato pintado del presidente JFK, donde está cruzado de brazos y cabizbajo, el mismo que engalana La Casa Blanca al lado de los de Washington, Lincoln y demás presidentes. La empleada me dice que ya no lo vende. ¿Cómo?, pregunto extrañadísimo, si casi hice viaje por él. No hay y no discuto. Voy por otros recuerdos. Unas gorras, llaveros, un busto en miniatura del presidente. Me gasto mis dólares y salgo con mi bolsa de cartón. Doy una última mirada a la Plaza. No sé si regrese mañana. Quizá sí. Quizá no. Algún día, tal vez, pero cumplí mi sueño, aquel que me propuse un día, ir y ver por mis propios ojos el mismo lugar donde le aniquilaron. Como otras veces he estado en el otro santuario de Camelot, el Cementerio Nacional de Arlington, en Virginia, donde descansa al lado de Jackie y de Bobby, el hermano amado. No me ocupé de la Comisión Warren, esos viejitos sinvergüenzas avergonzaron a su país con ese Informe chafa.

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