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CANTANDO MAL LAS RANCHERAS

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*El cardenal Richelieu, creador de libelos, solía decir: “Dadme dos líneas escritas de su puño y letra por el hombre más honrado y yo encontraré en ellas motivo suficiente para hacerlo encarcelar”. Camelot. 

Lozoya canta muy mal las rancheras y se convierte en el coordinador de campaña de los morenistas, de cara a 2021. Lo que suelta en esa sopa, servirá para atemperar esas aguas electorales. Y el presidente se convierte en vocero de la FGR. No hay mañana que no dé avance de cómo va el caso Lozoya. Cuando la ley y la política chocan, decía Kamalucas, un filósofo de mi pueblo, la ley sale perdiendo. Comienza la purga. Uno del PRI, Miguel Ángel Osorio Chong se amparó porque la Auditoria Superior de la Federación le checa una de sus casas, en Paseo de las Palmas, Lomas de Chapultepec, sitio privilegiado de los picudos políticos. ¿Y las de Bartlett y las de Irma Eréndira Sandoval, de la Función Pública? No, pos quien sabe. Entre que Lozoya sigue cantando, rememoro un viaje hace algunos años a la Ciudad de México, cuando se podía viajar.  

MALGRE TOUT 

Uno puede fisgonear por ciudad de México. Caminar sus calles históricas. Sus callejones que datan del tiempo de la Colonia, tierra que vio majestuosa la fusión de dos razas que llegaron, como aquella estación de radio 6.20, para quedarse. Así lo hice hace tiempo, cuando se podía salir. Comencé mi periplo caminero por Reforma, en la glorieta de Cristóbal Colón. A pie, con clima como si fuera de otoño encaminé mis pasos hacia la esquina donde bifurcan varias avenidas, Juárez entre ellas. Paso por Reforma 10, allí donde Regino Díaz Redondo -el golpista que sirvió de mantel para asestar el golpe mortífero al diario Excélsior, orquestado por la furia de Echeverría al maestro Julio Scherer-, una vez pasó por la calle y le dijo a su hijo pequeño, cuando vio encendida las luces de la dirección, que allí estaba trabajando el mejor periodista de México, al que luego traicionó como un vil crápula. A la vuelta, a pocos pasos, el otro diario que también es nacional. Frente, uno vislumbra la escultura del Caballito, del afamado escultor Sebastián (Enrique Carvajal), chihuahuense, donde dormitan y cobran sus quincenas en lujosas oficinas los adormilados y flojos senadores de la república. Iba rumbo al Sótano, una librería de muchos libros, de las antiguas defeñas. Al caminar la avenida Juárez, que un día se llamó Corpus Christi y que, al triunfo de los calzonudos revolucionarios cambió su nombre por el del Benemérito Benito Juárez, el mejor hombre que este país haya parido, uno pisa la historia colonial de ese bello centro histórico. Debo decir que está limpio. Pulcro, ahora con seguridad en una ciudad que ha vivido saqueos, temblores, inundaciones y que la maluria tomó como rehenes del secuestro a quienes se dejaran, con tiros y balazos por doquier. Escrito mi relato, alguien me dijo que debí haber ido a asomarme para ver la Malgré Tout, esa escultura mexicana de Jesús Contreras, cuyo nombre significa ‘A pesar de todo’, y ese a pesar de todo fue porque el hombre no contaba con un brazo, y la esculpió como pudo, con su talento de artista minusválido. Cuando todos pintaban charros y mexicanos tirando la hueva bajo un nopal, Jesús se atrevió y se enfrentó a los escultores franceses. Ganó el Gran Premio de la escultura (Paris, 1900) y fue condecorado con la Gran Cruz de Caballero de la Legión de Honor, por los mismos franceses. Esa escultura, Malgré Tout, representa a una mujer desnuda, encadenada y tendida en el piso. Algunos dicen que la de la Alameda es una copia y que la original está en el Museo Nacional de Arte de la ciudad de México. La Malgré Tout engalana esta ciudad que antes fue defeña y ahora solo es Ciudad de México. 

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