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AQUELLAS PANGAS

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En la vida puedes hacer dos cosas contrarias: o tender puentes o levantar muros. Camelot. 

Ahora que relaté un periplo de hace 10 años, por las inundaciones en la Cuenca del Papaloapan, en sus ríos bravos y ruidosos, el Papaloapan y el Tesechoacán, un amigo, Carlos Lartigue, desde California me escribió correo recordando esto: “De pangas: por allá por 1959 me llevó un amigo de mi padre de Orizaba a Villa Hermosa y nos quedamos como seis horas esperando poder cruzar su camioneta en una de las pangas, no recuerdo cuál fue pero sí que el rio estaba bastante crecido y agitado…..que tiempos… Un abrazo”. Las pangas fueron sublimes, yo recuerdo una grandísima cuando aún no hacían el puente de Tampico, y se tenía que esperar a veces horas para cruzar rumbo a la frontera entre Brownsville y Mi Matamoros querido. Para ir al shopping, no había puentes, bueno había uno que debías rondar una parte larga, llamado El Prieto, hecho por Agustín Acosta Lagunes, gobernador de Veracruz. En la de Tampico, se pasaba uno una eternidad porque no había vuelos que te acercaran a la frontera, aún no llegaba Viva Aerobús que vuela ahora a Reynosa. Desde Veracruz por carretera te chutabas 988 kilómetros entre 13 o 14 horas, el jarocho Daga Vidal recuerda que cruzabas Estación Manuel, Soto la Marina y llegabas a San Fernando, un paraíso para los cazadores de patos, que se acabó cuando la delincuencia se apoderó de ese sitio y comenzaron a secuestrar y matar cazadores, ellos eran ahora los cazados. Luego, cuando llegó el ahora defenestrado Carlos Salinas de Gortari, en 1988 hizo el Puente Tampico, un puente atirantado, una verdadera obra de ingeniería mundial de 1543 metros y 18 metros de ancho, divididos en cuatro carriles y un camellón central sobre el Rio Pánuco donde su altura permite cruzar barcos. Una chingonería. Se hizo la luz cuando el puente apareció en la tierra de La Quina, ese feudo petrolero que acabaron casi con Pemex, los de antes y los de ahora, se incluye Dos Bocas. Esa era la historia de las pangas, y del relato, el padre Alejandro Melchor me escribió que esa crónica le hizo acordarse de aquel gran y señero libro, Un son que canta en el rio, del periodista Roberto Blanco Moheno, del cual extraigo el relato La Chingada, como ahora se llama el rancho de AMLO. Va: 

BOGANDO 

-Bogando ¡con una chingada! 

Llegábamos a la Trocha. El Julián, el Arturo y el José María flojeaban con los remos, mientras el Enrique apenas si apretaba el canalete. Yo iba, acurrucado a proa, escogiendo los mejores pescados para la casa del gachupín. Y el tío Tamarindo, sentado en la popa, acababa de soltar la voz a través de la boca chimuela amargada por años y años de chupar la fuma de tabaco traída de San Andrés. 

-¡Bogando, bogando con una chingada! 

Ahora, en esta gran ciudad de México, respingo cuando oigo a un chilango, soltar la palabrota. Me suena a bofetada ¡y no caigo en la cuenta de que yo la empleo de continuo, con la misma naturalidad que el Tío! Pero entonces, en el pueblo de mi despertar a la vida, ¿Cómo extrañarme? El tío había llegado un día a la oficina de correos con la sonrisa abriéndole en dos la cara apergaminada: 

-¡Estreno papeles! 

Y cuando la encargada le dijo que no podía aceptar aquel sobre tan elegantemente impreso “Rancho La Chingada”, ¡el lio que armó el viejo! 

-Y ora ¿Qué tiene de malo eso con una chingada? 

Nunca pudo entender las razones de doña Loreto. En otros lugares eso era una mala palabra, una horrible palabra, un pecado. 

-¿Y ora por qué doña Lore si así se llama mi ranchito? 

-Pero es que aquí, como ustedes son unos ¡salvajes, sueltan todas las blasfemias habidas y por haber sin haberse dado cuenta!. ¿Pero y allá arriba, capaz que pierdo el empleo? 

-¡Uy, pos eso sí que está de la chingada! 

www.gilbertohaazdiez.com 

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