Sergio Pitol: un viajero incansable, un escritor contemporáneo

Esta entrevista fue publicada por el diario “Los Tuxtlas” (México, Año I, No.173) el 16 de agosto de 2003. Sin embargo, debido al limitado alcance de dicho rotativo regional, la inexistencia de portales de noticias en ese entonces, y como un homenaje póstumo al entrevistado, quien fue mi maestro en la Facultad de Letras Españolas de la Universidad Veracruzana, decidí relanzarla con información biográfica relativamente desconocida y proporcionada, amablemente, por familiares del escritor.

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Sergio Pitol Demenegui nació en Puebla, Puebla, el 18 de marzo de 1933, pero su infancia osciló entre Huatusco, Potrero Nuevo y Córdoba. Fue el segundo de tres hermanos y quedó huérfano de padre a los 3 años de edad. Su madre, viuda, se trasladó al Ingenio El Potrero, donde vivía su hermano, quien era el Jefe de los Servicios Médicos de dicha empresa azucarera.

Al poco tiempo de llegar a Potrero Nuevo, su progenitora muere ahogada en el Río Atoyac. Sergio Pitol y sus dos hermanos (Ángel e Irma) quedan entonces al cuidado de su tío Agustín Demeneghi y de su abuela Catalina Buganza, quienes radicaban en Córdoba, Veracruz.  En ese periodo, también fallece, de difteria, su hermana Irma. Sergio Pitol ingresa a la Escuela Secundaria, de Bachilleres y de Artes y Oficios de esa ciudad en donde cursa la secundaria y la preparatoria.

Años más tarde, estudió Derecho y Letras en la UNAM en la pródiga época de la Casa del Lago. Estando todavía en la universidad, labora en la Editorial Novaro donde se desempeña como traductor. Posteriormente, siendo miembro del Servicio Exterior Mexicano, ejerció diversos cargos diplomáticos en Francia, Polonia, Hungría, China y la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

En 1968 renunció a su puesto en Belgrado como gesto desaprobatorio de los sucesos históricos de México. Regresó al país en 1986 y pasa una breve temporada en la hoy Ciudad de México. En 1989 decide vivir en Xalapa, Veracruz, donde residió hasta su muerte el 12 de abril de 2018. A partir de 1993 fungió como investigador del Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias de la Universidad Veracruzana.

Entre su extensa bibliografía destacan: “Victorio Ferri cuenta un cuento”, 1958, uno de sus primeros relatos cortos y mi predilecto; Tiempo cercado, 1959; Infierno de todos, 1964; Los climas, 1966; No hay tal lugar, 1967; Del encuentro nupcial, 1970; El tañido de una flauta, 1972; Asimetría: antología personal, 1980; Nocturno de Bujara, 1981; Juegos florales, 1982; Cementerio de tordos, 1982; El asedio del fuego, 1983; El desfile del amor, 1984; Vals de Mefisto, 1984; Domar a la divina garza, 1988; Cuerpo presente, 1990; La casa de la tribu, 1990; La vida conyugal, 1991, adaptada al film por el IMCINE en 1992; El arte de la fuga, 1996; Una adicción a la novela inglesa, 1999; Los territorios del viajero, 2000, entre otras.

Asimismo, ha recibido diferentes reconocimientos a su labor creativa, tales como el Premio Nacional de Literatura (1983); el Premio Herralde de Novela, en Barcelona (1984); el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Literatura y Lingüística (1993) y el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1993), además de pertenecer al Sistema Nacional de Creadores del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

De su continua actividad políglota –domina el inglés, el francés, el italiano, el polaco y el ruso–, figuran las traducciones de autores tan heterogéneos como Witold Gombrowicz, Jane Austen, Emily Brontë, Jerzy Andrzejewski, Antonio Tabucchi, Paul Auster y Tibor Déry. Diversas casas editoriales como Joaquín Mortiz, Seix Barral, Era, Anagrama, Tusquets, Siglo XXI y Porrúa testifican la incansable laboriosidad de Sergio Pitol, un hombre que, a pesar de su genio creador, conserva una admirable sencillez. Actualmente, el Fondo de Cultura Económica está por publicar el segundo volumen de sus Obras reunidas, el cual incluirá las novelas que en español se publicaron bajo el título genérico de Tríptico del carnaval: El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal.

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Esta breve entrevista fue realizada en Xalapa, Veracruz, en su casa-biblioteca, como él la denomina, al calor de un té de manzanilla. Al lado de Sergio Pitol, su célebre perro “Sacho”.

 

¿CÓMO EXPLICA SU PROCESO CREADOR?

Tengo fe en el trabajo literario, el cual implica el desarrollo de la imaginación. La holgazanería es lo que más perjudica a la humanidad, así como la inercia ante la vida o la falta de rigor con uno mismo.

El enemigo de un joven escritor es el caos, el desempleo del tiempo. Todo depende de las circunstancias y del temperamento de las personas. Estoy convencido de que instinto y temperamento resultan una misma entidad. Fui un niño enfermizo y, por instinto, logré superar ese atraso, encontrando formas ocupacionales como la lectura, la filatelia o el estudio.

El trabajo creativo surge de una constante labor del pensamiento y se torna en una adicción. Asimismo, los viajes estimulan la imaginación ante la vista de otros paisajes. Estas asociaciones, posteriormente, regresan a mi obra.

En el verano de 1961 decidí viajar a Europa. Transcurrido un año de molicie, había dejado de escribir. No obstante, a bordo de un barco, asumí el compromiso personal de estudiar idiomas y escribir. A partir de ese momento (y hasta la fecha) no he prescindido de una agenda para contabilizar mi tiempo de trabajo: si pierdo horas, las debo reponer forzosamente. Esta disciplina organiza mi vida, mis actividades sociales. El resto son recompensas.

La creación literaria consiste en aprovechar la experiencia personal y convertirla en escritura.

Escribo notas sueltas, las cuales guardo en carpetas que se van acumulando y forman, poco a poco, una estructura continua. Mi trabajo literario se forja con esa estructura que someto, después, a un rigor de organización.

He sido un apasionado de la música verbal, de los efectos melódicos del lenguaje. Por eso, en mi juventud, leí mucha poesía. Ahora, la encuentro en la prosa y en el teatro.

¿DE QUÉ MANERA ALTERNÓ LA ACTIVIDAD DIPLOMÁTICA CON LA DE ESCRITOR?

No fue difícil. Antes de ingresar al Servicio Exterior, residí en Europa. Impartí cátedra y colaboré con algunas casas editoriales; entablé amistad con escritores, músicos, historiadores, en fin. Sin duda, una amena época de convivencia humanística.

Más tarde, debido al ritmo de trabajo en las embajadas, atenué el dinamismo cultural de los primeros años en el extranjero, aunque logré conjuntar ambas actividades.

 

¿PODRÍA RELATAR ALGUNA ANÉCDOTA SOBRE SUS ORÍGENES ITALIANOS?

Mis bisabuelos llegaron a México durante la época en que Italia fue ocupada por los austriacos. Se establecieron cerca de Huatusco, Veracruz, en el periodo de Manuel González.

A muy temprana edad, quedé huérfano. Compartí la vida –entonces– con mi abuela materna, Catalina Buganza de Demenegui, quien tenía una arraigada cultura italiana. Enviudó muy joven, durante la Revolución Mexicana. En la casa se hablaba mucho italiano. Me crié en un ambiente agradable, pero mi época fue la de la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo el escuadrón 201 y cómo me identifiqué con México. Contemplé a Italia como un país distante de mis emociones y la descarté de mi itinerario. Había emergido mi mexicanidad.

Posteriormente, en París, unos amigos que viajaban hacia Italia me convencieron para acompañarlos. Cuando pasamos por el río Rhône, recordé, con una emoción intensa, a mi abuela. Al llegar a Roma, todas mis reservas sobre Italia se desvanecieron, al grado de que decidí quedarme más de un año ahí. Sin embargo, mi nacionalidad mexicana se reafirmó.

 

¿QUÉ PIENSA COMO SER HUMANO, NO COMO ESCRITOR?

No hay dicotomía entre ambos conceptos. Mis libros pertenecen a mi vida. Soy un hombre solitario por la misma dinámica del tiempo. Necesito poco de la vida social, lo cual –algunos– consideran arrogancia, pero, en realidad, es cuestión de temperamento.

¿CUÁL ES SU VISIÓN COMO HOMBRE DE MUNDO?

No hay voluntad que rija el destino. He tenido muchas vidas, he alternado en diferentes medios, pero en todos me he sentido como pez en el agua. La agenda siempre me encauza. El afán de conocer es lo que me ha motivado a viajar. Sin embargo, el hecho de ser ajeno a esos lugares preserva mi individualidad.

Me considero un mexicano deseoso de seguir conociendo el mundo y de incorporar a mi experiencia más de sus prodigios.