EL CARNAVAL EN LA LITERATURA MEXICANA

El carnaval ha influido en la literatura, y en otras manifestaciones culturales, primordialmente, a través del lenguaje y las imágenes tan cercanas a lo sensorial, que disipan los estratos sociales y los prejuicios desde la semiótica de lo irreverente. En esa perspectiva, Mijail Bajtín denomina a esta expresión «literatura carnavalizada», la cual logró una singular forma de representación literaria que permite la excentricidad, las dicotomías y la resignificación de las conductas innatas y festivas del ser humano.

 

México no es la excepción en dicha expresión cultural. Recordemos que el carnaval, en la época de Sor Juana Inés de la Cruz, se manifestó, por ejemplo, mediante festejos de tinte religioso en los que marchaba un grupo de danzantes con disfraces y máscaras acompañados por figuras grotescas de gigantes y cabezudos, así como por la “tarasca”, un enorme dragón sobre ruedas, hecho de madera, lienzo y pintura, con ojos espantosos, fauces batientes que lanzaban fuego y humo, sobre cuyo cuerpo, lleno de escamas, iban montados varios personajes, bailando y brincando. La tarasca simbolizaba el diablo, la herejía y la idolatría (Antonio Rubial García, 2005).

 

Ya en el siglo XX, el escritor mexicano Ramón Rubín Rivas reveló, en sus memorias, que en 1937, ganó un premio en los juegos florales del carnaval de Mazatlán, el cual le permitió continuar su incipiente carrera literaria.

 

Otro texto carnavalesco donde aparece México es la novela Concierto barroco (1974), en la cual, el escritor cubano Alejo Carpentier retoma la indumentaria del emperador Moctezuma y la recrea en el contexto del carnaval.

 

Pero, indudablemente, la demostración más célebre de la «literatura carnavalizada» en nuestro país es el tríptico del carnaval de Sergio Pitol, integrado por las novelas Domar a la divina garza (1988), El desfile del amor (1984) y La vida conyugal (1991) en los que el autor utiliza diversos recursos narrativos como la intertextualidad y la parodia para carnavalizar la realidad, es decir, tomando como referente la definición de fiesta y carnaval de Mijail Bajtín, que Umberto Eco y Julia Kristeva sintetizan como una estética de la transgresión, en la que, mediante el disfraz, podemos invertir la realidad y el anonimato, permitiéndonos ser cualquiera. Por eso, en estas novelas ni hay amor, sino asesinatos; ni domesticación, y el matrimonio se presenta como una burla, un disfraz social de la relación de pareja, por lo que constituyen una rebelión contra la intolerancia y el dogmatismo (Maricruz Castro Ricalde, 2002).

 

Por su parte, Carlos Fuentes alude al carnaval de Mazatlán en el desenlace del cuento “El día de las madres”, incluido en Agua quemada (1983), y describe un desfile donde la reina del mismo se fuga con Agustín Vergara, un personaje central del relato.

 

 

 

En todos los ejemplos mencionados, la estética de la transgresión le da otro significado a la celebración de la vida y la muerte mediante un proceso de degradación de la naturaleza humana: la coronación, para que, después, lleguen la paliza, la caída final y el insulto. Este círculo termina, precisamente con el entierro de “Juan Carnaval” y da paso al miércoles de ceniza, momento de reflexión y arrepentimiento, como preámbulo a la Semana Santa, debido a sus implicaciones religiosas.

 

Como hemos visto, el carnaval (del italiano «carnevale»; “despedida de la carne), fiesta de la permisividad o comparsa del pecado previa a la Cuaresma, es un leitmotiv de la literatura universal, debido a que retrata el sentido teleológico del comportamiento humano. Decía Carlos Monsiváis que la diversión genuina (ironía, humor, relajo) es la demostración más tangible de que, pese a todo, algunos de los rituales del caos pueden ser también una fuerza liberadora. La literatura es una de ellas y, el carnaval, un pretexto.

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