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Eduardo Carmona, ya es segundo Obispo de Córdoba; Patiño Leal se despide de feligreses

MENSAJE CON OCASIÓN DEL
ANUNCIO DE MONS. EDUARDO CARMONA ORTEGA COMO
II OBISPO DE CORDOBA
Y UN SERVIDOR: EN ADELANTE
– OBISPO EMERITO DE CÓRDOBA –

Sábado 4 de JULIO 2020
Fiesta de N. Sra. del Refugio

SALUDO CON AFECTO A TODOS LOS HERMANOS SACERDOTES, DIÁCONOS, RELIGIOSAS Y RELIGIOSOS CONSAGRADOS, A TODOS LOS FIELES DE NUESTRA DIÓCESIS DE CÓRDOBA, QUE COMPARTIMOS COMO DISCÍPULOS UNA MISMA DIGNIDAD Y ESPERANZA POR NUESTRO BAUTISMO EN EL SEÑOR JESUCRISTO:

  • GRACIA Y PAZ.

Hoy SABADO 4 de Julio Fiesta de Nuestra Señora del Refugio, se ha dado a conocer la gran noticia de que el SANTO PADRE el PAPA FRANCISCO ha querido designar a nuestro apreciable hermano obispo coadjutor: Don EDUARDO CARMONA ORTEGA, como mi SUCESOR, convirtiéndose en el SEGUNDO OBISPO DE NUESTRA DIOCESIS DE CORDOBA.

Por mi parte, me dispongo a seguirles sirviendo a ustedes y a nuestra Madre Iglesia, de un modo más modesto, en mi calidad ahora de OBISPO “EMÉRITO” DE CÓRDOBA.

Este RELEVO PASTORAL QUE HOY SE HACE REALIDAD, ha sido fruto de muchos diálogos con el Señor en el silencio de la oración, reflexionando sobre el deterioro de mi salud, y la preocupación de no poder cumplirles adecuadamente en mi ministerio episcopal como ustedes lo requieren.

Esta preocupación la compartí desde noviembre de 2018 con mis hermanos sacerdotes, – reunidos en aquella asamblea diocesana – apoyado en las recomendaciones de mis médicos y el consejo de hermanos obispos.

A los obispos diocesanos, las mismas normas de la Iglesia nos “ruegan encarecidamente a presentar la renuncia” a nuestro oficio, si por enfermedad quedase disminuida nuestra capacidad para desempeñarlo. (cf. Canon 401,2).

Esto se hizo para mí más evidente cuando me vi obligado a interrumpir la tercera ronda de visitas pastorales que he venido haciendo cada año a las parroquias de los seis decanatos, pudiendo visitar solo 5 de las 8 que estaban agendadas para el año 2019, – me quedaron pendientes 3 del Decanato de Huatusco -, así como las 8 del Decanato de Coscomatepec que quedaban previstas para este año 2020.

Fue por ello que el Papa Francisco – a petición mía – quiso bondadosamente fortalecer la pastoral de nuestra diócesis con el envío de un hermano obispo coadjutor – monseñor Carmona – al que tuvimos la alegría de recibir el pasado 3 de Enero, recibiéndole como quien viene “en nombre del Señor”.

En estos últimos meses, – como saben – mis problemas de salud se han complicado y he requerido varios tratamientos y cirujías, siempre con la esperanza de poder restablecerme lo suficientemente para estar de nuevo entre ustedes. Agradezco la cercanía y la oración de ustedes que he experimentado ciertamente como un don del Señor, un don que me fortalece para sobrellevar con paciencia y esperanza estas pruebas.

El Señor Jesús, Pastor y Obispo de nuestras almas, me ha permitido la gracia de poder servirles durante estos primeros 20 años de nuestra Diócesis de Córdoba como su primer obispo. Juntos hemos podido hacer realidad muchos sueños y hemos podido dejar sembrados muchas obras y experiencias evangelizadoras que en su momento darán los frutos esperados. Pido al Padre bondadoso que lo que ha iniciado en nosotros como Iglesia particular, él mismo la lleve a feliz término para bien de su pueblo.

Pido al Espíritu Santo que derrame abundantes gracias sobre mi hermano sucesor, monseñor Carmona, para que unidos todos con él sigamos adelante con renovado ímpetu la obra evangelizadora y la construcción del Reino de Cristo en cada familia y comunidad de la Iglesia de Córdoba. Que la gracia de nuestro Bautismo haga florecer en cada niño, en cada joven, en los ancianos, en los matrimonios jovenes o ya maduros, todos los carismas, dones y frutos que Dios concede generosamente a los que se los piden con humildad y constancia.

Ahora en mi calidad como OBISPO EMERITO, quiero decirles que mi servicio como autoridad y gobierno pastoral ha terminado. Este grave ministerio recae en adelante sobre mi hermano Eduardo Carmona, a quien debemos obediencia y respeto, comprometiéndonos a orar mucho por él y apoyarlo con entusiasmo en la unidad de un único presbiterio y de una Iglesia – como confesamos en el Credo, es – “una” – y unida – , “católica y apostólica”.

Pero por otra parte – si bien ya no tendré responsabilidad en la conducción diocesana, – lo que nunca podrá cesar son los lazos de amistad, fraternidad y paternidad que pudimos estrechar durante este tiempo que el Señor me concedió compartir entre ustedes como su obispo. Gracias por permitirme sentirme amigo, hermano o padre o incluso a veces como hijo.

Tampoco podrá cesar mi compromiso con Cristo y su Iglesia. Les recuerdo que al compartir el Sacramento del Orden, mi compromiso continúa: no terminará hasta que el Señor me llame junto a El. Este es un compromiso y una consagración de mi persona que hice de por vida: comenzó el día que recibí la ordenación como diácono (17 de Enero de 1975), se fortaleció con mi ordenación sacerdotal (28 de Mayo de 1977) y luego con mi ordenación episcopal hace veinte años (14 de Junio de 2000).

Cambian los cargos y servicios ministeriales, pero perdura el compromiso con Cristo, así como la comunión y la fraternidad espiritual con todos ustedes.

En esto trato simplemente de seguir el ejemplo de los primeros apóstoles, cuando en sus cartas a las Iglesias, aunque estuvieran lejos o ausentes, se alegraban cuando les llegaban noticias de que las comunidades seguían creciendo en la fe: “mi mayor alegría es saber que mis hijos viven en la verdad”, así leemos en la 3 Carta de Juan (1,4). O como les escribía san Pablo a los cristianos de Éfeso: “no dejo de dar gracias a Dios y recordarles siempre en mis oraciones” (Ef. 1,16ss); o a los cristianos de Filipos: “los llevo a todos en mi corazón… todos ustedes están conmigo…. La ternura de Dios no me permite olvidarlos” (Flp 1,7ss).

Algo así me sucede cuando en mi oración ante el Señor, me vienen a la mente muchos de ustedes: rostros y personas concretas que me han pedido orar en sus dificultades o agradecer sus alegrías, o recordando las comunidades con las que hemos vivido encuentros de fe y de esperanza, o incluso a veces situaciones dolorosas o peligrosas que tuvimos que sufrir y afrontar: les encomiendo a la misericordia de Dios, pidiendo que el Señor nos conduzca a todos a una conversión permanente, y con humildad y sinceridad, nos encuentre dignos de la vida eterna a la que aspiramos. Me uno a sus pruebas, ofreciendo por mi parte al Señor mis pequeños sacrificios que deberé seguir afrontando en mi enfermedad.

Me despido encomendándome de nuevo a sus oraciones. Que Dios me conceda la salud suficiente para poder estar pronto entre ustedes.

Su hermano:

  • Eduardo Patiño Leal,
    Obispo Emérito de Córdoba.

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