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La pesada carga del hampa

Xalapa, Ver.- José Giovany es un tipo alto, fornido, recién egresado de una carrera universitaria, con proyectos en los negocios del café para darle comodidades a su pequeña familia, pero con una angustia que le taladra el alma día y noche.

“Es la maldita delincuencia que no me deja vivir, pero tampoco morir”, suelta mientras comprime sus sienes.

Enjundioso por las enseñanzas de su padre, un campesino de la sierra de Cosautlán de Carvajal, y dedicado desde niño al cultivo del café, sembró sus sueños en un pequeño local en el centro de Xalapa para la venta del aromático. “El de mi tierra es muy bueno. Mejor que el de Coatepec”, presume sin rubor.

Cada semana iba a comprar café en grano. Lo procesaba y todo contento llegaba a Xalapa para compartirlo con sus clientes en una cafetería que era el cofre de todos sus ahorros, alegrías y lágrimas.
“Quería un negocio de verdad”, se duele.

Recuerda que hace poco, tumbado en un rincón “se acercó una cara que me pareció de un amigo”.

Saltó a recibirlo, como recibía a todos en su negocio, pero de pronto la imagen cambió.

“¿Eres el dueño?”, le preguntó esta persona.
Orgulloso devolvió la palabra y dijo “sí”. Error.

“Mira, hijo de la chingada. Tienes que pagar 10 mil pesos al mes por dejarte trabajar, como todos los de acá del centro”.

“Si no cumples –continuó el tipo mientras se tallaba la mano derecha en la cintura–, te despides de tu familia”. Y se fue, pero también se llevó las ilusiones de José Giovany. “Doble robo”, diría ahora.

Y es que la delincuencia en Xalapa, de acuerdo a denuncias de dirigentes empresariales como Jesús Castañeda y Bernardo Martínez, alcanza a todos.
Lo mismo extorsionan a un cantinero, a un restaurantero o músico, que al taquero de la esquina; al vendedor de chatarra o un repartidor de tortillas en la colonia. Nadie se salva.

Eso le ocurrió a José Giovany, pleno de ilusiones, pero que era golpeado cada mes con el derecho de piso.

Confiesa que “aguanté unos meses, cumpliéndoles, pero luego llegaron de otro grupo delictivo y me pidieron 20 mil pesos”.
“Ya no aguanté”, solloza.

Tomó una decisión que no había estado en su mesa de la cafetería: cerrar todo.

Comenzó a poner avisos de venta de su inventario.
Sin embargo, otra vez volvieron.

“Como ya no vas a cooperar, dijeron mientras señalaban dos pantallas de televisión, esas nos las vamos a llevar. También, el refri y esos relojes”.
Giovany no tuvo alternativa.

Dio todo y se fue a su casa.

“Así no puedo trabajar. Tendré que irme a un negocio”.
Ya sin ilusiones solo tira maldiciones: es la miserable delincuencia.

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