¿Por qué importa Karl Lagerfeld?

“Káiser de la moda”, “genio universal del estilo” o “símbolo del lujo” son algunos de los epítetos que se pronuncian en los medios al referirse a Karl Lagerfeld tras su muerte. “Representa el alma de la moda”, dijo Anna Wintour, editora de Vogue Estados Unidos, y quizás debió haber agregado que el diseñador de modas fue asimismo la personificación de una era.

El también editor y fotógrafo alemán heredará, testamento de por medio, una parte de su fortuna a Choupette, una gatita birmana de pelaje color crema y ojos azules, convirtiéndola así en la mascota más rica del mundo. A la felina la atienden dos sirvientes, tiene su propia recámara en un hotel parisino de renombre, es “autora” del libro Choupette, la vida encantada de una gata a la moda y comparte imágenes de su vida diaria a través de una cuenta de Instagram.

Lagerfeld expresó en alguna ocasión que el consumismo era el gesto definitorio de los tiempos actuales. Lo declaró, sin ánimo de denuncia, en un supermercado diseñado exclusivamente para la pasarela de la colección prêt-àporter Otoño-Invierno, 2014-2015, de Chanel. Convirtió el Grand Palais de París, como en todos sus desfiles a modo de instalación, perfomance o happening, en una glamurosa tienda departamental con estantes abarrotados de cajas de cereal Coco Flakes y botellas de agua Eau de Chanel Nº O, entre otros productos, mientras numerosas filas de celebridades pudientes permanecían deseosas de comprar sus prendas y accesorios, así como de ser partícipes del montaje  mercantil creado a la perfección.

Ese hombre, que parecía la estoica figura de una fotografía en blanco y negro, en realidad era un genio del marketing, de la imagen; comprendió mejor que nadie en la industria de la moda el espíritu de la época y, por ejemplo, bosquejó una caricatura de sí mismo, la karlikature. Lucía día y noche lentes oscuros que se quitaba sólo para leer, y las historias acerca de este hábito van desde que le salvó de perder un ojo al recibir un golpe, hasta que era miope y, como la mirada de los que sufren este padecimiento se vuelve la de un perrito faldero, prefería ocultarla. Conservaba el cabello blanco, por efecto del polvo que se rociaba a diario para darle un tono semejante al de la nieve y evitar la apariencia de cola de vaca; usaba guantes recortados de tal manera que sus dedos asomaran por las falanges; camisas de cuello alto Hilditch & Key; joyería Chrome Hearts, e impecables trajes negros talla 38, que portaba a la perfección tras someterse a un estricto régimen que incluía diez latas de Coca-Cola light diarias.

Karl Lagerfeld encarnó con todas sus partículas los ideales de la sociedad que lo gestó. La fascinación por la vestimenta y el estilo son el rasgo común de un diseñador de modas, pero en él la ropa fue el motor de uno de los cambios más drásticos de su vida: la pérdida de 40 kilos de peso, porque deseaba vestir la colección de Dior Homme, diseñada por Hedi Slimane, para después escribir un libro sobre la dieta que le permitió lograr su objetivo, que de ninguna manera se fundamentó en la búsqueda del bienestar físico. ¿Era frívolo? Si se entiende a la frivolidad como la cualidad de restarle importancia a los temas que la merecen, entonces sí lo era. No fue silencioso sobre su obesofobia pero el público aclamaba su “filoso” sentido del humor y pudo escapar del escrutinio moral pidiendo perdón. Su misoginia y declaraciones desestimando el movimiento #MeToo fueron exculpadas por la publicación de una caricatura de Harvey Weinstein con cara de cerdo.

Ese genio creativo que lo eximió de tantas acusaciones también le permitiótener un contrato vitalicio con Chanel y Fendi, firmas que simbolizaron dos de las tres personalidades que tenía, la tercera llevaba su propio nombre. En la casa francesa rediseñó piezas icónicas de Gabrielle Chanel (el traje de tweed, por ejemplo) y rescató a la compañía de la quiebra inminente en 1983 (para entonces ya sólo vendía perfumes), para catapultarla hacia su valor actual, estimado de 8 billones de dólares. Además fue el laboratorio donde realizó sus investigaciones estéticas, para demostrar que la moda es el arte del siglo XXI. En Fendi, innovó desparpajadamente con la piel a través del concepto “Fun Fur”, a partir del cual se creó el logo de la marca, concepto que recientemente –y con poca aceptación del diseñador– mutó al faux fur porque la crueldad animal dejó de estar a la moda en el ojo público.

Con sus frases polémicas —recopiladas en un libro, y que le valieron el apodoFashionator— enalteció la juventud, pero nunca la infancia: esta etapa de la vida le parecía humillante. Ponderó lo efímero, la belleza clásica y la imagen sobre todas las cosas, y rechazó el pasado, a la gente fea y, por supuesto, el uso de pants.