Córdoba: 400 años

Rosa de Córdoba: Leyenda del perro del callejón de Lourdes

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Pues bien estimados lectores, continuamos en este espacio cultural dedicado a la señorita Rosa María Galán Callejas, poetisa y escritora cuyo legado es hasta nuestros días de trascendental importancia, y sin más preámbulos  transcribiremos  la segunda de sus leyendas titulada:

LEYENDA DEL PERRO DEL CALLEJÓN DE LOURDES

En las mucha consejas que se narran de la muy noble y leal Villa de Córdoba, las leyendas del Perro del Callejón de Lourdes son tan antiguas que sus orígenes se pierden confundidos con las narraciones históricas de los últimos días de la Conquista, cuando Gonzalo Sandoval, obedeciendo órdenes del Capitán don Hernando Cortés, después de someter los Señoríos de Cuetlaxtlán y Cuautochco hizo repartimientos de tierras distribuyéndolas en Encomiendas, que los primeros colonizadores se encargaron de administrar arrasando en la región todo vestigio de las viejas civilizaciones autóctonas.

Pasando por alto la última voluntad  de la Reina de Castilla, Isabel la Católica, de tan feliz memoria que tuvo para los habitantes de América, a quienes amaba como a hijos un postrer pensamiento, declarando que los nativos del Nuevo Continente no debían ser tenidos como esclavos, algunos Encomenderos, ignorando por su conveniencia  aquel testamento que era cosa sagrada por haber sido dictado en el lecho de muerte de la Augusta Soberana, se dedicaron a tratar a los vencidos con mano de hierro.

De uno de aquellos verdugos a quien por su ferocidad llamaban el Ogro, corría el rumor que además de quemar vivos a los indios y marcarlos con hierros candentes como si fueran animales, tenía la bárbara costumbre de “aperrearlos”; para lo cual utilizaba mastines que perseguían a los esclavos, quienes empavorecidos se refugiaban en las selvas vírgenes donde casi siempre eran destrozados.

Cuentan las viejas narraciones que más tarde dieron origen a las leyendas del Perro del Callejón de Lourdes, que allá por el año de 1530, uno de aquellos mastines a quien el feroz Ogro, más sanguinario que el mismo animal, alimentaba a veces con carne  humana; una noche de tormenta para castigo de réprobo se convirtió en un horrible  demonio y después de destrozar entre sus filosos colmillos al Encomendero, echando lumbre por los ojos se llevó el alma del condenado al fondo de los bosques donde lo perseguía sin descanso. Los pesados convoyes y las primeras conductas reales que atravesaron por el vasto lomerío de Huilango, la región de Ahuilizapan, trazando  uno de los dos senderos que más tarde serían las rutas obligadas de los colonizadores, influidos por el ambiente de la época, ya hablaban del fantasma del Ogro, a quien perseguía un enorme mastín que tenía sus cuevas en un torrente pedregoso que corría entre las selvas vírgenes sombreadas de higueras majestuosas.

Medio siglo después, cuando los primeros brotes de libertad se dejaron sentir en el Continente Americano y el Yanga, desde las estribaciones del Citlaltepetl, hasta  las provincias de la Verdadera Cruz, luchó heroicamente durante treinta años por sus sagrados derechos; cuenta la historia de México que el virrey don Luis de Velasco el Menor, aquel que fuera descendiente de la rama de los nobles Condestables de Castilla, envió por el rumbo de Palmillas, Tumba-Carretas y Totolinga, al  Capitán don Pedro González de Herrera, a tratar de sofocar la insurrección y que al llegar al sitio donde los negros cimarrones estaban emboscados, un perro los delató con sus aullidos, teniendo los rebeldes que replegarse  a media legua, donde tenían sus campamentos, dando lugar al incidente a que la vieja leyenda se poblara de fantasías, pues los negros supersticiosos  por naturaleza decidieron ver en el odioso animal que los había descubierto, al  mastín que decían fábulas de entonces, asolaban la región de Huilango desde las barrancas de Arroyo Seco hasta la orilla del Río Blanco, alimentándose de carne humana y persiguiendo el alma de aquel sanguinario Encomendero, que violando los reales mandatos cometió tantos crímenes que su nombre aún era recordado con horror.

Doce años después, cuando los Treinta Caballeros apellidados por decreto real Hidalgos de Solar y Linaje conocido, fundaron sobre el verde lomerío de Huilango la señorial Villa de Córdoba; decían los primeros terratenientes,  que en la orilla del poblado a unos cuatrocientos metros de la Plaza de Armas, hacía el lado noreste del lugar, donde un arroyo torrencial corría entre barrancas exuberantes de  vegetación, un perro salvaje tenía sus guaridas que abandonaba en las noches oscuras apareciéndose en las encrucijadas de los caminos convertido en fantasma.

A medida que el poblado se extendía hacía el río, corría el rumor de que el animal se dejaba ver con más frecuencia y las leyendas empezaron a tejer extrañas consejas hablando de un demonio en forma de perro que recorría los barrancos aullando lúgubremente.

Vinieron por entonces a la Villa los hermanos religiosos de la Seráfica Familia de San Francisco de la Descalcés, quienes fundaron en aquellos sitios el Convento de San Antonio de Padua.

Una noche en que los religiosos llamaron a Maitines, cuentan que una joven señora acompañada de la dueña, con el pretexto de ir a la función religiosa, aprovechó para celebrar una cita con su caballero por aquellos rumbos, regresando a casa cuando ya la calle estaba oscura y solitaria.

Al atravesar la plazuela que había frente al convento, sintieron que alguien las seguía. Llenas de pavor las dos damas apresuraron el paso oyendo a sus espaldas un lúgubre aullido, y al volver la cabeza vieron venir hacia ellas del fondo del sombrío callejón un perrazo con los ojos encendidos. Temblando de horror cayeron de rodillas una junto a la otra, y ya el animal se abalanzaba sobre ellas para devorarlas, cuando del cerrado portón del convento salió un monje y extendiendo las manos conjuró al horrible perro que, dando un bramido se hundió en la tierra haciéndola  temblar y abriendo  un boquete profundo. Luego que las damas recuperadas del terrible susto quisieron dar las gracias a su bienhechor se dieron cuenta que éste había desaparecido. Solamente ahí, junto a ellas, había un enorme agujero que olía azufre.

La fábula se encargó de decir de que San Antonio había acabado para siempre con el horrible perro del demonio.

En aquellos tiempos de ignorancia y pillaje, los caminos  y encrucijadas de la Villa de Córdoba infestados de cimarrones, eran aprovechados por bandidos de otra índole, quienes hacían sus fechorías escudándose en los negros que muchas veces pagaron por crímenes que no habían cometido.

Una de estas bandas de salteadores  formada de feroces y sanguinarios indios mulatos llamados Cambujos, dicen que escogió para su cuartel el empinado desbarrancadero del callejón en el respaldo del templo que los hermanos de la Tercera Orden de la Penitencia construyeron vecino del Convento de la Descalcés  de la Provincia de San Diego de México, y donde había una casucha muy bien disimulada entre pomarrosas y carrizales.

Desde aquella historia sucedida hacía veinte años en la que la fantasía popular decidió que el humilde Santo enviara a los infiernos por el profundo boquete que todavía existía  un extremo de la calle, al horrible perro. El barrio se había tranquilizado por completo. Todos los días al pardear la tarde, los frailes salían del templo para encender los faroles que iluminaban apenas la oscuridad con su débil luz;  sin embargo, la plazuela de San Antonio, aunque en penumbras, permanecía tranquila y apacible. Hasta  que un noche los malhechores empezaron  a asaltar los conductos que pasaban por el camino Rea, a unos quinientos metros de su guarida.

Unos  tras otros los crímenes y los  asaltos llenaron de pavor el barrio, sin que los indios Cambujos pudieran ser descubiertos pues una vez realizados sus pillajes se cubrían desde la cabeza a los pies con pesados zayales y tranquilamente cruzaban la plazuela rumbo a su cubil, donde celebraban sus hazañas. Algunos desvelados que antes de la media noche regresaban a su casas comentaban más tarde que les había extrañado mucho ver una procesión  de frailes, con las capuchas sobre el rostro que apagaban los faroles de la plazuela, dejando los callejones en la más completa oscuridad.

Muchos fueron los crímenes y abusos realizados por la misteriosa banda que no perdonaba a nadie, cometiendo el sacrilegio de valerse de los sagrados hábitos  para no ser descubiertos. Grandes sumas de oro y cantidad de joyas  fueron robadas y el pavor cundió en el barrio pues los humildes religiosos del Convento de San Antonio, hablaban con tristeza del terrible castigo que aquellos misteriosos desalmados tenían que recibir.

En una noche de mediados de mayo del año de 1714 después de haber dejado en la encrucijada del Camino Real, medio moribundos  unos caballeros que llegaban a la Villa, los terribles Cambujos regresaban envueltos en sus capuchones camino a su guarida cuando de pronto se sacudió la tierra  y un espantoso perro salió del profundo agujero que había en la plazuela, echando lumbre por las fauces y los ojos y uno por uno, fue arrastrando al fondo del antro a los bandidos que al distinguir en la oscuridad a la horrible bestia, se habían quedado paralizados del terror.

Una vez que hubo metido a casi todos los criminales en el infernal túnel, dicen que dando un horrible grito, el endiablado animal desapareció por el negro agujero produciendo en su huida un terremoto tan fuerte que el Convento de San Antonio se derrumbó aplastando en su caída  los pocos bandidos que lograron salvarse del perro  y que se habían refugiado a espaldas del templo; uno solo de los Indios Cambujos quedó con vida para relatar la terrible historia, confesando los crímenes cometidos y narrando lleno de pavor  todos los detalles del espantoso suceso que en el año de 1714 decían las viejas leyendas había producido el terremoto que sacudió a la villa de Córdoba, tirando techos y paredes y derrumbando casi por completo el Convento de San Antonio.

Así transcurría el siglo XVII, envuelto en románticas consejas que llenaron de poesía aquellos lejanos años.

Cuando en 1790 otro terremoto destruyó nuevamente el viejo Convento, la leyenda aquella era tan conocida que a nadie le extrañó oír  el rumor de que el perro acompañado de una legión de demonios había salido nuevamente de su cubil para castigar los muchos pecados de los vecinos del barrio.

Allí, al amparo de las sombras hubo querellas y citas de amor, en aquella romántica plazuela que a través de los siglos vio pasar en la distancia sobre el Camino Real, a los sesenta y cuatro virreyes de la Nueva España, y contempló  las doradas carrozas de dos emperadores, mientras las campanas  de la Iglesia Mayor con sus voces de oro pregonaban la historia, las abuelas  de nuestras abuelas tejían románticas leyendas que luego   narraban al amor de la lumbre.

Contaban las viejecitas que a fines de 1870 vino  a vivir al Callejón de Lourdes una horrible mendiga tenida por hechicera a quien todos conocían en el barrio con el nombre de la Comadre Tuzas. Con el tiempo trajo la mujer aquella a su casa una hermosa niña de unos ocho años que decía era su hijastra y a quien vestida de harapos  obligaba a fuerza de golpes a pedir limosna.

Había por aquellos rumbos una distinguida dama, muy piadosa que daba caridad a los necesitados. Un día, la niña que con frecuencia la visitaba contó llorando a la buena señora que hacía varias noches se despertaba al oír voces y carcajadas en la pieza donde la supuesta madrastra dormía, y cuando sin ser vista se asomó para ver qué sucedía se dio cuenta que en el oscuro cuarto sólo estaba la Comadre Tuza y un enorme perro negro que parecía tener los ojos de lumbre.

La señora, al principio no hizo caso del inocente relato, pero pensándolo mejor la llevó a la Capilla del Convento donde había una imagen muy hermosa de la Santísima Virgen y tomando una medalla bendita de Nuestra Señora de Lourdes, la prendió en la camisita de la niña rogándole    que siempre la llevara consigo.

Cuando la muchachita llegó  a la casa de la vieja, ésta le ordenó que fuera por agua al río amenazándola con matarla a palos si no obedecía pues la criatura tenía miedo de bajar sola el camino de la barranca porque ya estaba anocheciendo.

Temblando de miedo llegó la niña a la orilla del río,  y ya subía de regreso en la empinada cuesta cuando sintió que la seguían y creyó oír voces que la llamaban por su nombre. Abandonando el cántaro echó a correr rumbo a la casa, y al dejar la vereda que desembocaba en el oscuro callejón, vio entre las sombras al enorme perro y a la vieja que se abalanzaban sobre ella llenas de odio.

Ya la mujer la había tomado de los brazos para que el perro la destrozara cuando la camisa de la niña, que hacía grandes esfuerzos por soltarse, se desabrochó dejando ver la medalla bendita que brilló en la oscuridad como un rayo de luz.

Cuando los vecinos que la oír los gritos corrieron a ver qué sucedía levantaron del suelo a la muchachita que se había desmayado: en el oscuro callejón alumbrado por la luz de la luna que en esos momentos acababa de salir no vieron más que a una niña muy hermosa vestida de harapos, que apretaba contra su corazón una medalla de Nuestra Señora de Lourdes, y junto a ella dos enormes montones de carbón encendido donde la lumbre se fue apagando poco a poco.

Estas son las leyendas del Perro del Callejón de Lourdes, que a través de tres siglos y medio la fantasía ha venido narrando, desde aquellos lejanos días de la Conquista cuando dice la historia que el Capitán Gonzalo de Sandoval, repartió en encomiendas el Reino de Ahuilizapan y los Señoríos de Cuetlaxtlán y Cuatochco, vecinos del verde lomerío de Huilango donde en el año de 1618 fue fundada la noble y leal villa de Córdoba.

 

 

 

 

 

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