Escuela de carteristas

Córdoba, Ver.- Hablar del barrio de Las Estaciones es recordar mil historias. Historias de hechos delictivos en su mayoría, sangrientos en no pocas ocasiones. Hablar de la gente del barrio de Las Estaciones es mencionar a personas cuya característica siempre fue en ese entonces el mutismo, el silencio para narrar, para testificar o al menos para contar algún suceso visto o presenciado.

“Mi infancia transcurrió en esos barrios, considerados bajos, debido a la ola de violencia y delitos en que transcurría el tiempo”, narra un carterista ya “juibilado” que pide el anonimato al brindar su versión.

Allá por los años setenta, cruzando el famoso puente a desnivel, estructura siempre naranja, que además de servir para transitar de una zona a otra, marcaba el territorio de pandilleros, se podía llegar a un tenebroso callejón, ubicado en la avenida 15, hábitat de ladrones y también de una improvisada escuela para carteristas.

El barrio de la Marquez Hoyos, en una base del puente tenía un astado vacuno y un lema de advertencia: “barrio de Los Cornudos, quien entre se muere”. Ahí, en un callejón ubicado en la avenida 15 entre calles 31 y29, a diario se congregaban un disímbolo grupo de personas. Los había desde niños de 7 u 8 años de edad hasta personas que frisaban en los 70 años. Eran los famosos “baizas” o carteristas y sus discípulos, niños y jóvenes que se entrenaban para poder ejercer el oficio de ladrón.

“Había varios, “El Güero Chillón”, “El Bombero”, “La Pachona”, “El Compadre” y varios niños que hacían todo lo posible por aprender el ancestral arte de robar con las manos, limpiamente, sin violencia, sin sangre”, recalca el entrevistado.

Prosigue:

“A veces se reunían a temprana hora. La finalidad era aprovechar la llegada del tren de pasajeros procedente de Tierra Blanca, la famosa División VCI”.

“Ahí en el callejón se reunían ancianos y jóvenes. Se formaban las parejas o tríos que trabajarían al “patrón”, forma en que se designaba a la víctima que sería desplumada”.

“Tres silbatazos del tren de pasajeros, pidiendo autorización para entrar a la estación del ferrocarril, eran la alerta para todos. Era el momento de correr, unos tras el tren que aún no paraba, para alcanzar cualquier estribo del cual prenderse y así subir a los carros de pasaje”.

“Los que subían tenían la encomienda de ubicar, entre los pasajeros que ya se alistaban a bajar acercándose a las puertas de descenso, a la víctima o persona que se veía o se presumía que traía dinero”.

La acción verdadera del carterista empezaba fuera de la estación del ferrocarril. Ahí alineados uno tras otro, diversos autobuses urbanos esperaban el remolino de gente que era vomitado por las puertas de acceso a los andenes.

Todos corrían, todos querían llegar primero a los autobuses. Todos querían ganar un asiento para poder trasladarse al mercado “Revolución”, objetivo principal de los compradores que a diario llegaban de Tierra Blanca y otros procedentes de la Cuenca del Papaloapan.

Recalca que había muchos riesgos porque había pasajeros que ya iban preparados para defenderse de los carteristas o asaltantes, bien con arma de fuego o arma blanca.

“Apretujados en la puerta de los autobuses, uno de los ladrones procedía a señalar al “patrón”, a los viejos y expertos carteristas”.

“Era una organización muy sui generis. Los gestos, las señas y los marcajes al patrón se hacían con la vista”.

Abunda:

“Entonces entraba en acción el verdadero carterista, con un suéter colgado del antebrazo, o un morralito o un periódico enrollado en forma de tubo se acercaba a la víctima”.

“Ese suéter, morralito o periódico tenía un nombre. Era la famosa “tapiña”, con la cual el “baiza” disimularía la acción de sus manos al entrar en las bolsas de los pantalones.

La mano tapada con un suéter o agarrando un morralito, eran el camuflaje eficaz para la acción”.

“Todos subían al autobús. Víctima, metemano, apoyador y el que empujaba a la víctima sobre el principal ladrón”.

Siempre operaban así.

Y casi siempre les daba resultado. La diferencia entre el surgimiento de la violencia o no, era la eficacia del que metería la mano y sacaría la cartera, reafirma.

“Por eso, desde muy temprano, muchos de ellos utilizaban crema Nivea, aceites y otro tipo de lubricantes. Nunca conocí a un “baiza” profesional que tuviera callos en las manos”, indica.

“Siempre conservábamos las manos muy suaves, muy tersas y además, con la otra mano siempre estaban doblándose los dedos índice y anular, que eran los que entraban en las bolsas. Tuve la oportunidad de ver esos dedos deformados, chuecos, pero ambos en el mismo sentido. De esta forma, la incursión de las falanges en una bolsa, sería rápida, eficaz y nada notoria”.

En sus memorias regresa a la acción en el autobús urbano:

“Apretujados en el autobús, la mayoría de los pasajeros subían las manos para asirse de los tubos adheridos al techo del camión. El autobús emprendía penosamente la trayectoria debido al sobrecupo”.

“Entre empujones a la víctima que era lanzada a la humanidad del “metemano”, siguiendo la inercia de una enfrenada o un nuevo arranque del autobús, las manos se ponían a trabajar. Se escogían a personas que normalmente usaran pantalones holgados. De esos que estuvieron de moda en los años 50 y 60s”.

“Ahí mismo tras sacar la cartera, algunos avezados, sacaban el dinero de ella, tiraban la misma por la ventanilla, contaban y se lo repartían en medio de la gente que no se percataba de nada. Y uno a uno iba descendiendo en diversas esquinas. Muchos de esos profesionales llevaban a niños por dos motivos. Era una forma más de disimular su objetivo y la más importante: enseñarles como se hacían las cosas”.

Trabajo fino, pero de alto riesgo. Era el barrio de Las Estaciones.

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