¡RAZA!

Es el grito de los amigos apenas ingresar a la cantina. Ahí están sus contertulios, alegrados por el primer trago, deseosos de celebrar con el ausente. ¿Ganó Francia?, qué bien. ¿Perdió Croacia?, qué mal… “y tú, ¿qué vas a tomar?”

    La raza son los de uno. Los similares y habituales, la tribu, la gens patriarcal de los tiempos romanos… En fin, lo ensalzó Agustín Lara en su imperecedera rima… “canto a la raza, raza jarocha, raza de bronce, que el sol quemó”. Esa aleación que, con el tiempo, adquiere esa aleación peculiar que no tiene la tesitura bruñida del cobre, ni el rubor platinado del estaño, sus componentes. Y quiérase que no esa reflexión pasó por la mente de quienes decidieron la denominación del nuevo partido hegemónico nacional (y para rato) Morena.

Estas consideraciones vienen a cuento ahora que la Asamblea Nacional francesa ha decidido cambiar el texto constitucional de ese país eliminando el concepto “raza” de su declaración de principios. Votada la iniciativa, se ha decidido apuntar que “Francia es una República indivisible, laica, democrática y social que garantiza la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos sin distinción de origen, de raza o de religión”. Ahora, en vez de “raza”, irá el concepto “sexo”.

En un artículo de Marc Bassets del diario El País, se hace mención de las largas discusiones que llevaron a esa innovadora decisión. La vieja discusión de si existía en Francia (y en general en el mundo) una o varias razas conviviendo, y de la igualdad que a todas les atañe. Ya desde 2012 la polémica estaba en boga, cuando en campaña electoral Nicolás Sarkozy argumentaba a su contendiente socialista, Francoise Hollande, “el día que suprimamos la palabra racismo, ¿habremos suprimido la idea? Es absurdo; el problema no es la palabra, es la realidad”.

En mis mocedades fui feliz al completar un álbum de estampitas que se llamaba Razas Humanas. En cada página se pegaban seis vistosas ilustraciones con el retrato de un, digamos, “tipo humano”. Los lapones y los polinesios, los mayas y los tibetanos, los esquimales y los bosquimanos, de manera que uno comprendía que sí, ciertamente la especie humana es una, pero que existían ciertas características físicas y culturales (que hoy llamaríamos “fenotipo”) que hacía de cada grupo social o geográfico un conjunto reconocible.

El tema se ha puesto de moda nuevamente a partir de los flujos migratorios que asuelan al orbe. Mauritanos y marroquíes arribando a suelo español en frágiles balsas, libios y etíopes buscando las playas de Italia, sirios y afganos buscando las fronteras de Europa del Este. Ya no digamos el éxodo centroamericano que busca la frontera texana, atravesando el territorio nacional, con la consabida contención que tienen las autoridades migratorias de aquel país. Que migren, sí, les ha dicho Mr. Trump, pero que sea de manera legal; que no es otra manera de decir “si es que tienen dinero sobrado”.

El trasfondo de ese rechazo esconde, innegablemente, un ánimo racista. Y como el concepto está proscrito del lenguaje parlamentario (luego del holocausto nazi que intentó exterminar a la “raza judía” y a los gitanos), la corrección política impide hablar con franqueza de las obviedades incómodas del racismo contemporáneo, que se viste de nacionalismo integral. Por ello han evolucionado tanto los partidos radicales anti-inmigrantes en los países europeos, especialmente en Austria, Hungría y Polonia. Algo similar, pero vestidos a la usanza confederada, es lo que se advierte en la mitad norteamericana que votó por la fórmula de Trump buscando desesperadamente el integrismo racial “de antes”, para lo que es necesario erigir una muralla de contención racial… perdón, ilegal.

La especie humana es una. Somos los homo sapiens (algunos un poco menos) que se diseminaron a lo ancho del planeta hace 50 mil años a partir de un grupo que partió del África central. La evolución de cada grupo, es verdad, ha respondido a las condiciones del medio físico y las condiciones de vida peculiares. Somos iguales, sí, pero somos diferentes, y no por ello hay –o debiera haber– supremacía de unos sobre los otros. Un nuevo “apartheid” se está gestando en el mundo, con todo y las modificaciones constitucionales de la carta magna francesa.