Pitol, o del verbo viajar

Deambulaba por las apacibles calles de Coyoacán empuñando la correa de su dócil “Sacho”. Tan en paz que iba con su impecable saco de tweed y el lanudo briquet, como si buscando indicios de un país que había dejado de existir. Paseaban amo y perro adentrándose en el parque de La Conchita, y luego desaparecían porque los dos, Sacho y Sergio, ya no estaban ahí y ahora rondaban por el parque de Malá Strana, mirando transcurrir las aguas del Moldavia en su también entrañable ciudad de Praga.

Pitol vivió, desde que tuvo memoria, de y para los libros. Él lo llamaba “la pasión por la lectura”, pues la suya fue una relación “visceral, excesiva y aun salvaje”.

Nacido en Córdoba, Veracruz, hace 85 años, Sergio Pitol fue un niño atípico. A los nueve era ya huérfano, de modo que su abuela Catalina Buganza y sus tíos, los Deméneghi, se encargaron de él. Enfermizo como era, buena parte de su infancia la pasó en cama acompañado por el termómetro, el jarabe para la tos y los libros de la biblioteca familiar que, por veintenas, nutrieron su imaginación… Julio Verne, desde luego, y Dickens y Salgari y Mark Twain, pero también, entre la fiebre y el asombro, Chejov, Dostoyevski y Tolstoi, de modo que, podríamos decir, la mitad de su sangre es de origen ruso.

A lo 16 años Pitol migra a la ciudad de México donde inicia la carrera de Leyes y se inscribe, irregularmente, en la de Letras. Así gana la amistad temprana de José Emilio Pacheco, Luis Prieto, Carlos Monsiváis, a los que luego sumará la confianza de Margo Glantz, Hugo Gutiérrez Vega, Juan García Ponce, Víctor Flores Olea, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska. Así, envalentonado, en 1958 (a los 25 años) publica su primer volumen de relatos “Victorio Ferri cuenta un cuento”, muy imbuido por la visión estremecedora de William Faulkner.

Pitol, sin embargo, era un sediento del océano. Necesitaba correr mundo y así, en su primera juventud, conoció Venezuela aunque su aprendizaje definitivo sería en la Europa del Este, por entonces llamada “detrás de la cortina de hierro”, donde viviría –interrumpidamente- 28 años. De hecho llegó cuando se levantaba el Muro de Berlín y la abandonó cuando se hacían los aprestos para derruirlo e iniciar eso que se dio en llamar “la revolución de terciopelo”.

Y han sido precisamente esos tres ambientes los que han nutrido buena parte de sus libros: la cuenca de Orizaba-Córdoba y sus cañaverales (donde presenció la muerte de su madre, ahogada en un río); la nostálgica ciudad de México en los años 50 y su misteriosa Plaza de Río de Janeiro y, desde luego, la Europa añeja y a punto de la decadencia que habita en libros suyos como los relatos de Nocturno de Bujara.

En esos andares, como consejero cultural en las embajadas en Polonia, Francia, Yugoslavia, Hungría y la Unión Soviética (y luego como embajador ante la entonces República de Checoslovaquia), Pitol concilió su ejercicio diplomático con la escritura de buena parte de sus libros. Debemos recordar que en 1968 renunció a su cargo en Belgrado, asqueado por la masacre del 2 de octubre, y debió desempeñarse como free lance para muy diversas editoriales, sobre todo traduciendo textos del inglés, el italiano y el polaco… de modo que a él le debemos unos 80 libros en castellano, algunos de los cuales reposan en nuestras bibliotecas.

Debemos señalar que la narrativa de Pitol es por demás bizarra. A ratos contenida, a ratos sofisticada, a ratos como si dejada llevar por la mano de Borola Burrón (su musa secreta), pero siempre reconocible por el gusto temperado, excéntrico y lleno de nostalgia que tienen sus personajes. En este punto debemos apuntar que algo le ocurrió a Pitol en la cumbre de su madurez. Estaba por cumplir los 60 años, había retornado a su paisaje de cafetales en los rumbos de Xalapa, cuando decidió emprender ese libro de maravilla que es El arte de la fuga.

Estamos hablando, con seguridad, de un clásico ya de nuestra generación. Un volumen inteligente a rabiar, espléndido y magníficamente estructurado que lo mismo reúne creación que crítica literaria, memoria que crónica de viajes, enamoramientos estéticos y repulsa política. En esa gran fiesta literaria está su amor por Chevoj, Thomas Mann y Vasconcelos, así como sus recuerdos infantiles en el ingenio de Potrero, donde los gringos y los italianos convivían como si en un campo de concentración con pianos mal afinados para aliviar el asedio del calor y la lujuria.

“Uno es los libros que ha leído, uno es las pinturas que ha visto, uno es la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores y bastantes fastidios”… nos recuerda el autor al abrir el volumen, porque en definitiva “uno es una suma mermada por infinitas restas”.

Así lo recordaremos –ahora que ha partido en su último viaje– paseando por el Parque de la Conchita como si retornando de entre la nieve de Varsovia y el esplendor estival de las Ramblas en Barcelona… Sergio Pitol y su desaparecido “Sacho”, deambulando por el mundo como dos “patas de perro” insobornables.

 

zvr