Estas bestias

¿Cuál es el problema con el instinto? Gracias a esa pulsión irracional es que hemos sobrevivido como especie. El instinto de sobrevivencia, el de reproducción, el instinto del llanto. Sí, el instinto en su expresión más básica, y que nos iguala con las (demás) bestias. “Compórtate, por Dios; no seas animal”.

El miércoles 16 el presidente Donald Trump hizo una declaración pública al calificar a las leyes migratorias de California como las más estúpidas del mundo, y que han obligado a su gobierno a deportar a gente de maldad mayúscula… “no son personas” –dijo–, “son animales; y los estamos expulsando a un nivel sin precedentes”.

El mundo latino se le fue encima, ya no se diga el gobierno y los candidatos mexicanos en campaña. Era una expresión inconcebible, inaceptable, aseguraron todos a coro. Que eso de llamar “animal” a un migrante, era como denigrar a los mexicanos todos. Y con razón.

En el catecismo de la infancia nos advirtieron contra ello. El hombre es un animal, ciertamente, nos decían, “pero que tiene alma”, cualquier cosa que ello pudiera significar. De modo que somos animales (algunos un poco más, otros un poco menos) dotados de esa racionalidad que nos ha permitido destacar como especie, dominar el mundo y convivir con ciertas normas que nos hemos dado para no depender tanto de la fuerza del instinto y ser medianamente cultos (letrados, ciudadanos pacíficos, igualitarios) en un mundo en evolución constante.

Desde que abandonamos las cavernas ha sido la constante de nuestra civilización. Distanciarnos de la brutalidad, abandonar los usos bestiales, separarnos de la tentación salvaje que aflora a la menor provocación. Por ello que la declaración de míster Trump haya sido mayúsculamente ofensiva. ¿Animales por pretender migrar hacia el norte? Y aunque días después intentara matizar el punto, señalando que sus palabras fueron reproducidas sesgadamente pues él se refería a los delincuentes que están siendo deportados (especialmente los pertenecientes a la banda Mara Trucha), el presidente Trump no ha hecho más que expresar, una vez más, su obsesión xenófoba.

Pero los brutos existen. En sus raíces latinas la expresión era un epíteto para llamar a las personas de esa condición, es decir, “brutus” eran los hombres y los animales lentos, fuertes e incontrolables. Ya no se diga las bestias, que son en principio los cuadrúpedos destinados a la carga y el transporte, como las mulas y los bueyes, aunque en su última acepción “bestia” se refiere también a la persona carente de educación y que actúa con violencia y agresividad. A propósito, míster Trump añadiría que los medios de comunicación tergiversaron su declaración, inventando una fake-news pues él se refería a los miembros de la sanguinaria pandilla MS-13, que se ha apoderado de cientos de barrios en Los Ángeles, Las Vegas, Washington, Nueva York, Filadelfia y Chicago. (MS-13 es el acrónimo de Mara Salvatrucha “13 segundos”, que es lo que dura la tunda despiadada de iniciación, un ritual del que no todos sobreviven). Su gobierno, insistió Trump, “los captura, los deporta, vuelven a entrar, vuelven a capturarlos, vuelven a deportarlos …es de locos”, se quejaba. Son como animales.

Entonces de lo que se trata es de controlar, aún más, los instintos. Ser más “humanos” y menos animales, menos dependientes de esa brutalidad expresada en los deseos de conquista y sometimiento (y sembrar de pasada nuestros genes). El instinto del llanto –que existe– pues “el que no chilla no mama”. El instinto del riesgo, como la obsesión de los ludópatas o los migrantes ilegales por segunda, tercera, cuarta vez. El instinto de comer grasas y calorías, pues la especie no siempre contó con un Oxxo en la esquina. El instinto a huir y escapar de una catástrofe, vean ustedes las calles nomás suenan las alarmas antisísmicas. Y a propósito que la dimisión de Margarita Zavala en la contienda electoral obligó a que el esquema del segundo debate de candidatos variara su estructura; en lugar de homologar el teatrino de “La Bella y la Bestia”, se quedó en plural sólo con los segundos. El instinto de sobrevivencia, diría míster Darwin.

 

 

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