Bendita incertidumbre

En días pasados una comentarista de radio aseguró que la actual volatilidad de los mercados financieros se debe “a la incertidumbre que existe por la cuestión electoral”. Así de fácil, aunque no sé…

         La pregunta, en todo caso, debiera apuntar a otro sitio. ¿De qué tenemos certeza? Por ejemplo ¿cuándo vamos a morir?, quizá; ¿cuál será el marcador final –el domingo 15 de julio– por el que Alemania ganará el campeonato mundial de futbol? Las personas que tienen todas las respuestas son los profetas, en el Viejo Testamento; o los gurús andrajosos arrastrando sus túnicas; o Warren Buffet revisando desde temprano los reportes del índice Dow Jones.

         A mí que no me cuenten. Sin consultar al oráculo sé cómo se llamará el próximo Presidente Constitucional y que el dólar se estará cotizando a 22 pesos por unidad. No padezco de esa “incertidumbre electoral” que a otros les roba el sueño, y sé además que estaremos viviendo un sexenio estrambótico –al inicio–, y luego todo menos aburrido. Habrá nuevos culpables (por las limitaciones de la acción gubernamental) y no tardarán en ser convocadas las movilizaciones en contra de tal o cual decreto. Ha ocurrido en Managua, en Moscú, en Cairo. ¿Por qué habríamos de ser la excepción?

         Ese concepto, la manida incertidumbre sucesoria, no existía en el pasado. Hasta 1976, o quizá 1982, el proceso electoral mexicano era un ritual de circo y homilía en el que no cabían las dudas y todo transitaba (entre rezongos, es verdad) con el ceremonial de una coronación. Iturbide I, el “serenísimo” López de Santa Ana, ya no se diga Maximiliano o don Adolfo Ruiz Cortines, el adusto. Llegaban sin importar demasiado la opinión ciudadana, apoyados por una cierta logia (hoy se les tilda de otra manera) y el voto ciudadano era un elemento decorativo. ¿Cuál incertidumbre?

         Ahora no. A la ausencia de certezas puede llamársele de muchas maneras… zozobra, incertidumbre, escepticismo, pero la vida humana ha sido eso, precisamente, durante el medio millón de años que llevamos como especie errando por las praderas. Las cosas empezaron a cambiar hace 40 mil años, con la invención de la agricultura, pero en la sangre traemos el gen bendito de la incertidumbre. No sabíamos si podríamos sobrevivir al invierno, si alcanzaríamos a la manada de renos en persecución, si esa noche llegaría alguna fiera al campamento. Ahora la incertidumbre es menor y no va más allá de los estragos del fin de quincena y la duda pertinente de si llevar o no el paraguas a la calle. Y claro, de si vamos a ganar o no la curul (si es el caso), porque de lo contrario nos veremos obligados a trabajar por un salario.

         La incertidumbre, por otra parte, puede conducirnos al consumo permanente de ansiolíticos. “Doctor; no puedo dormir… sufro constantemente de paranoia, creo que mi mujer me engaña, temo que me estoy volviendo alcohólico”. La vida como escenario de adversidad y devastación. El chiste en Estados Unidos refiere que al nacer toda persona enfrenta dos certezas: uno, que algún día va a morir; dos, que pagará impuestos. De modo que no le demos demasiada importancia a eso de movernos de una a otra conjetura, porque así ha sido siempre y nadie es dueño del futuro.

         En cuanto a ya saben qué nos puede ocurrir con quien ya saben quién en el gobierno, es más o menos previsible. Con el control del legislativo (sumados los representantes de los tres partidos en coalición) podrán hacerse muchas modificaciones legales, incluso constitucionales, de manera que las promesas que hoy acusan de “populistas” sean una realidad meridiana que será financiada –tarde que temprano– con recursos habidos del contribuyente. Habrá, por lo mismo, algún descontento de parte de éstos (sobre todo los más influyentes), de manera que la polarización civil estará a la orden del día. No muy distinto fue en el pasado no tan reciente… Echeverría, López Portillo, y será la tónica imperante durante un sexenio de ocurrencias, vaivenes financieros y ojalá obras perdurables en beneficio de la población más marginada. No hay certezas de nada. Eso es lo más interesante de la existencia humana.