Es una nota al final de su artículo. La colaboración de Héctor de Mauleón en El Universal del jueves pasado volvía a describir la barbarie de México. Al final del texto, una posdata discreta daba cuenta de la nueva amenaza. No hay adjetivos en su aviso. Con la sequedad habitual de su prosa, el periodista hacía pública la amenaza que había recibido y exigía a las autoridades lo elemental: que cumplan con su deber. "Desde hace más de 14 meses", escribe, "cada vez que esta columna aborda el narcomenudeo en la Ciudad de México pasó al tocar la delegación Cuauhtémoc, ocurrió más tarde al hablar de Tláhuac, me llegan amenazas proferidas desde las redes sociales. Por terquedad informo que ahora más que nunca seguiré escribiendo sobre el tema y esperando que las autoridades den por fin con los responsables de este inaceptable intento de amedrentamiento".

¿Qué es más admirable? ¿La valentía de la tenacidad o la compostura profesional ante la amenaza? Héctor de Mauleón no cede al miedo pero tampoco a la vanidad del perseguido. Continúa su trabajo sin subirse a un pedestal. Con terquedad sigue buscando la horrible verdad cuando muchos quieren ocultarla y pocos quieren conocerla. No le regala su silencio a los criminales. Tampoco utiliza el espacio público de su columna para colocarse en el centro. No hace inventario de todos los actos de intimidación, de todas las amenazas que ha recibido en los últimos meses. No describe el impacto de ver su retrato como diana de criminales. No detalla la manera en que su vida ha sido ya afectada por las intimidaciones. De Mauleón sólo deja constancia de la amenaza y sigue su camino.

Uno querría que Héctor de Mauleón dejara los peligros y se entregara de lleno a la descripción de los rincones de la ciudad. Que nos contara solamente de los viejos edificios y de las plazas de la capital, como lo ha hecho en artículos y libros. Que para caminar tranquilamente dejara de hablar de sicarios y de matanzas, que olvidara a los cárteles y a sus cómplices. Que cambiara de tema, que soltara una línea de su vocación periodística para entregarse a la amable historia de nuestras calles. Él no lo hará. Seguirá alternando sus cartas de amor a la ciudad con las denuncias de su podredumbre. No callará el horror porque sabe que en el silencio está la victoria de los bárbaros. La valentía de su periodismo es por eso indispensable. Pocos como él se han atrevido a describir la descomposición nacional con esa sobriedad y ese rigor. Su periodismo no se doblega a una causa. No confunde hechos y opiniones. No vuela con la especulación, no generaliza, no fabrica conspiraciones, no sube el tono para provocar efecto en el lector. Investiga e informa. Sus breves noticias del crimen son cátedras del periodismo necesario. Sólo con una prosa seca y precisa como la suya, sólo con reportajes meticulosos y puntuales como los que publica regularmente, podemos comprender nuestros frecuentes descensos al infierno. Comprender el horror y hacerle frente.

Héctor de Mauleón no solamente ha resistido la tentación del silencio, sino también la tentación de la secta. El periodismo resiente el efecto de la intimidación y también la perversión de la militancia. Su escritura no busca el aplauso de una tribu. Sabe bien que habrá siempre alguien a quien lastimen sus revelaciones. Como medalla puede portar las acusaciones de traidor: son muestra de la decepción que su honestidad genera en los sectarios. El miedo calla. El sectarismo pide administrar la verdad: ocultar lo que resulte desfavorable a la causa; exagerar los vicios del enemigo; maquillar hechos para que embonen con el prejuicio. Si Héctor de Mauleón no cree en el periodismo de cruzada es porque, como ha dicho, en el momento en que el reportero se imagina como héroe de caballería, pervierte la profesión. Al entregarse a una causa (así sea la más noble) deja de hacer periodismo para hacer militancia.

Pocas profesiones tan solitarias y vulnerables como lo es el periodismo en el México de hoy. Dejar letras en un diario es un acto de enorme responsabilidad cívica. En tiempos de violencia y sectarismo, frente a una sociedad desinteresada en la verdad fastidiosa y una política polarizada que exige lealtades por encima de cualquier otra cosa, no es fácil escribir con lucidez, decoro y valentía. Pocos periodistas están a la altura del drama que vivimos como Héctor de Mauleón.