Nos educaron creyendo que vivíamos en el cuerno de la abundancia. “Vean el mapa del país, ¿no es igual que una cornucopia?”, insistían nuestros mentores, aunque hubo alguno más bien socarrón que aseguró “…sólo que la abundancia se quedó en el Norte, y nos dejaron el puro cuerno”.

         En estos días estamos pagando el precio de esa portentosa ubicación. El territorio nacional se ubica en una azarosa encrucijada pues, por un lado, vivimos al borde de la placa tectónicas de Cocos, trepados en la placa de Norteamérica, lo que nos proporciona sismos al por mayor, como el del jueves por la noche que, aseguran, fue el más intenso en un siglo. Por el otro lado nuestra latitud semitropical nos arroja cada año los efectos meteorológicos del calentamiento marítimo en el Atlántico central. De agosto a noviembre las tormentas ascienden desde más allá de las Antillas, incrementando su fuerza hasta convertirse en huracanes, y que en no pocas ocasiones golpean los territorios de Quintana Roo, Yucatán, Veracruz y Tamaulipas. Es lo que ha ocurrido en estos días con el huracán Katia, disolviéndose al norte de la Huasteca.

         El jueves 7 regresaba de Toluca cuando, apenas cerrar la puerta de mi apartamento, se accionó la alarma sísmica. Ya había sonado el día anterior, inútilmente, de modo que muchos prefirieron permanecer en casa a la hora de la pijama. Sabía que 45 segundos después llegaría la primera onda, así que comencé a contar: uno, dos, tres… en lo que me guardaba la cartera, las llaves y el paraguas, porque estaba lloviznando. De mi primer piso a la calle hice medio minuto, de modo que en la contra esquina sentimos los primeros meneos del evento. Palmeras balanceándose, transformadores de luz reventando, crujidos estructurales en los edificios del entorno y, dos minutos después, la sensación de que aquello había pasado.

         Es la lección que nos quedó del terremoto de 1985, de infausta memoria. De entonces para acá, las cosas han mejorado pues el sistema de alarma permite salvar muchas vidas (si fuera el caso) en ese precioso minuto de que disponemos apenas oír el zumbido de las bocinas en la calle: “Alarma sísmica, Alarma sísmica…”, supongo que como en Londres ocurría con las sirenas anunciando los bombardeos de los temibles cohetes V-1 y V-2.

         Los daños principales fueron en Oaxaca, Chiapas y Tabasco, cercanos al epicentro del sismo frente a la costa de Tonalá. La suma de las víctimas mortales se acerca ya al centenar, amén que los poblados del Istmo sufrieron daños irreparables, cuando no su destrucción. Los terremotos anteriores, el de 85 y el de 1957, fueron similares en destrucción y sus efectos más visibles se registraron en la ciudad de México debido a su edificación citadina. Éste del jueves 7 podría haber sido más desastroso, pero la distancia del epicentro (700 kilómetros) fue lo que salvó a la urbe. Es lo que han explicado los especialistas.

         En cuanto a los huracanes, ¿qué decir? Antes de 1960 era imposible ubicarlos con exactitud. Todo se basaba en la barometría y los reportes telegráficos de las estaciones de observación. A partir del lanzamiento de los satélites Tiros y el programa Nimbus de la NOAA (Administración Nacional de la Atmósfera y los Océanos), ahora es posible seguir el paso a esos meteoros, minuto a minuto, y anunciar su probable trayectoria. De ese modo, con el aviso preventivo de las autoridades, sólo sufren daño personal los necios. Los huracanes ya no sorprenden a los incautos y el daño cierto, que lo provocan, es por el embate del viento (con velocidad de hasta 300 km. por hora) y la cantidad torrencial de lluvia que arrastran.

         El país –miren el mapamundi– es una cornucopia de abundancia, pero está inserto fatalmente en ese crucero de sismos y huracanes. No lo podemos mover de lugar, así que deberemos seguir aprendido a convivir ante sus ocasionales cóleras. Es la hora de la solidaridad, en Oaxaca, en Chiapas y Veracruz, con las víctimas del desastre. Hoy son ellos, mañana podríamos ser nosotros.

 

No se divorcien. Amén de los líos patrimoniales y sentimentales del caso, se añade el asunto de las vértebras cervicales que finalmente resultan dañadas. Cambiarse de casa implica el trasiego de esas doce cajas de libros que suman la biblioteca que hemos logrado componer a lo largo de los años, y cargarlas hacia el nuevo hogar es una proeza por demás perniciosa.
    El punto significa, igualmente, una oportunidad de oro: decidir en el brete qué libros salvar y qué libros abandonar para las calendas griegas porque, diga lo que se diga, no todos los libros valen la pena. Para no pasar por socráticos, diremos que en principio hay tres clases de libros: los buenos, los regulares, y los chafas. Lo mismo que los restaurantes y los vinos; hay de todo pero en nosotros queda el decidir.
    Esto viene al caso ahora que las autoridades conjuntas del Infonavit y la Secretaría de Cultura han lanzado el Plan “Lee con Infonavit”, por medio del cual pretenden establecer 27 mil bibliotecas familiares, que se dice fácil. Los acervos quedarán incorporados en igual número de casas otorgadas por el organismo de la vivienda, de modo que para fines de año serán distribuidos poco más de un millón de volúmenes, lo que supondría un promedio de 39 libros por hogar… y lo que deseen apostar: en esas bibliotecas estará un ejemplar de El Quijote de la Mancha (clásico) y los cuentos de Juan Rulfo (neoclásico).
    El futuro de las bibliotecas es incierto. Yo, personalmente, estoy muy agradecido con ellas. En la Biblioteca Powell de la Universidad de California, en la Biblioteca Nacional de Madrid, incluso en la biblioteca de El Colegio de México he pasado buena parte de mi vida escribiendo novelas. Además que ahí junto, en los anaqueles, están todos los libros imaginables de consulta, desde los fundamentos del psicoanálisis hasta los Atlas del siglo XIX, cuando aún existía la Indochina Francesa. Libros para ilustrarnos y para soñar, que no otras son sus funciones.
    Con el paso de los años, una vez que alguien ha decidido iniciar una colección personal, llega el momento en que se puede afirmar: “mi biblioteca soy yo” porque en esos libros reposan las grandes enseñanzas de vida y placer… Jaime Sabines, William Shakespeare, Mark Twain, Julio Verne, Ernest Hemingway, Julio Cortázar, Alejandro Dumas; por mencionar a los esenciales. Además que todos lo sabemos: hay desnutridos de la vida que son los mal comidos, y desnutridos del alma, que son los que no han leído nada.
    La última vez que charlé con Gustavo Sáinz en la FIL de Guadalajara ya se notaba el desajuste cerebral que habría de llevarlo a la tumba. Estaba parlanchín como nunca y aprovechó la sobremesa para revelarme que al decidir exiliarse en Nuevo Mexico, en 1984, se había llevado consigo un trailer de libros con más de 60 mil volúmenes, muchos de ellos guardados necesariamente en una bodega. Yo lo recuerdo en los años setenta, cuando materialmente arrasaba en las Librería del Prado llevándose cada tarde cinco kilos de libros, que algún día tendría tiempo para leer.
    Es lo que digo a mis alumnos: que inicien ya una biblioteca personal con los libros que “hay que leer”, pero también con los que nos emocionan y estaremos dispuestos a abordar algún día. Y que prescindamos, desde luego, de toda la literatura chatarra que abarrota los anaqueles anunciándose como la gran revelación de autoayuda o denuncia. Y es que una biblioteca es, sobre todo, una promesa de lectura. Muchos de esos libros (de sobra lo sabemos) quedarán ahí, intactos para la hora de los epitafios. ¡Pero qué emoción saber que nos acompañan al alcance de la mano!
    Las bibliotecas, que algún día desaparecerán por las tecnologías tipo Kindle, permanecen ahí como el canto de las sirenas esperando que alguien nos desate para arrojarnos en sus páginas. Pero ojo, de uno en uno, porque las cajas pesan y lastiman las vértebras. Se los digo yo.
   
 

 

Escogió Cuernavaca para vivir sus mejores días. Tenía 37 años cuando, tonteando por los alrededores de la ciudad de México (donde se había exiliado luego del golpe de estado contra el gobierno de Salvador Allende), descubrió que era el sitio ideal: barato, paradisiaco, podría tener una piscina en lugar de los estrechos balcones del DF. Y se quedó a vivir ahí en busca de las sombras que había trazado el legendario Geoffrey Firmin, protagonista de Bajo el volcán, la insuperable novela de Malcolm Lowry.

         Así lo conocí durante un encuentro citado en la capital morelense. Poli estaba bronceado (como gringo desertor), llevaba camisa florida, sombrero panamá y se movía con la  soltura de un oso abandonando la hibernación. Comenzaba a ser famoso, era “el otro” escritor chileno exiliado, porque el primero (en Berlín), era Antonio Skármeta.

         El jueves pasado Poli expiró en el Hospital del Tórax aquejado de una neumonía que se complicó hasta lo último. Lo más curioso de todo es que Poli no murió, es decir, murió Enrique Délano Falcón, nacido en Madrid en 1936, porque “Poli” lo fue por culpa de Pablo Neruda, quien alguna vez mientras cargaba al bebé, le advirtió a su padre Luis Enrique: “Este niño tiene cuerpo de Polifemo… se debería llamar Polifemo”, y se le quedó el nombre.

         Poli, como buen escritor de garra, hizo de todo. Recordaba cómo, en los muelles de San Francisco, trabajó durante algún tiempo ganándose el sustento como estibador. “Ahí aprendí dos cosas, a pelear mirando a los ojos de tu rival, y a beber sin precipitarte al mar”. Como su padre era escritor y diplomático, vivió su infancia en la ciudad de México, y recordaba cómo perdía y ganaba canicas jugando bajo los fresnos del Paseo de la Reforma, pues vivía en un edificio aledaño al cine Chapultepec, y de cuando en cuando llegaban hasta su recámara los parlamentos de Rita Hayworth y Robert Mitchum.

Su amigo del alma era Rafael Ramírez Heredia, quien le abría su casa de Coyoacán cada vez que retornaba a México, sabedores que les esperaban largas jornadas de tequila y whisky buscándole cosquillas a la luna. Las cantinas La Guadalupana, en Coyoacán, y La Ópera, en el centro histórico, eran sus favoritas. Como bebedores de aguante, no pocas veces retornaban a casa de madrugada ya, sin un centavo y conducidos por un santo policía entretenido por sus locuacidades.

Poli no fue necesariamente un escritor del exilio chileno. Desde 1960 se dio a conocer, principalmente, por sus libros de cuento y alguna que otra novela. Gente solitariaAmaneció nublado y Cero a la izquierda, fueron sus primeras publicaciones. Fue presidente de la Sociedad de Escritores de Chile durante muchos años, y sobrevivía (como tantos) impartiendo cursos de cuento y narrativa. En México sus alumnos suman veintenas, pero el más devoto fue Leo Eduardo Mendoza.

La última vez que nos vimos fue en Santiago de Chile, donde sobrevivía tristeando luego de su enésimo divorcio. Poli era un hombre afable, bonachón, pero que no le picaran la cresta. Escribía artículos para la prensa, corregía pruebas editoriales, fue el traductor al castellano de todos los libros de Xaviera Hollander, la osada escritora que en los años setenta inauguró el testimonio sexual como deporte de moda. También escribía libros para niños y jóvenes, y podía jactarse de vivir ponderadamente de sus regalías.

Aquella vez en Santiago, luego de facilitarnos el pase a una clínica médica, recalamos en la sede de la sociedad de escritores, donde fuimos recibidos con una andanada de pisco-sours que, a lo macho, quisiera ya no recordar. Esa vez Poli se explayó. Contó cómo jamás podría escribir la novela que nos debía; es decir, la historia de Bárbara Délano, su hija desaparecida en un accidente de aviación frente a las costas peruanas. Algo de lo que nunca se pudo reponer.

Ahora sin Poli, nos quedan sus libros… Casi los ingleses de América (1990), El amor es un crimen (2005), y lo recordaremos como aquella primera vez en la terraza del hotel Los Papagayos; sentado en una tumbona, bebiéndose un martini, mirando el azul inconmensurable de la piscina.

 

 

El asunto es no morir, y si morimos, que no sea por la patria sino por seguir fastidiando al prójimo. De qué manera seguir quitándole el sueño, arrastrarlo al diván del sicoanalista, doctor, oigo voces que me impulsan a votar contra mis convicciones democráticas.
    Se ha cumplido un año de la muerte de George A. Romero, el inventor del zombie cinematográfico. En 1968, cuando filmó “La noche de los muertos vivientes”, el cineasta no fue consciente del género que estaba inventando… y sus consecuencias. Los muertos redivivos deambulando por las calles en busca de nuestra carne. Algo más allá del sexto mandamiento de la Ley de Dios. Y lo peor de todo, que en su mordida letal viene el beso de Satán, el virus que nos hará inmortales, el germen de la maldad perpetua. Mordidos seremos, a la postre, un zombie más llevando a la quiebra toda la industria funeraria.
    El invento fue formidable. Desde aquella película el espectro se ha reproducido en centenares de otros filmes y series televisivas (la más exitosa, desde luego, The walking dead de nuestros desvelos). Nunca se sabrá a ciencia cierta de qué están enfermos, pero andan por allí buscando reventarnos de un infarto …y darnos una buena mordida, igual que los policías en su patrulla.
    Hay otras maneras de ser inmortales, pero son más fatigosas. Los próceres de bronce, los rapsodas recitados de memoria, los bandidos más depravados; todos ellos son y serán igualmente sempiternos en el índice de nuestras enciclopedias. Madero, Sabines, el Tigre de Santa Julia. Haz el bien, o el mal extremo, y tendrás tu lápida marmórea. Por ello es que la opción zombie queda para la plebe: ser inmortal en el anonimato de la corrupción de la sangre porque todos los muertos vivientes, hasta donde sabemos, tienen tres semanas de fallecidos.
    ¿En dónde reside, pues, la estética zombie? ¿En la tiesura de los brazos, la mirada perdida, las ojeras maquilladas, las llagas sin restañar, el gruñido pujante, las greñas al aire, la ropa deshilachada? Algo hay de fascinante en esos muertos vagando como rebaños, algo que atañe al inconsciente primitivo cuando decidimos momificar a Lenin, a Mao, a Ho Chi Minh; todo para que, si algún día despiertan (como en los chistes de antaño) los oigamos clamar… “¡perdónenme!”.
    Pobres de nuestros muertos a quienes endilgamos toda la maldad posible. Drácula (que es inmortal bebiéndose nuestra sangre), el Nahual, el Coco, la Momia contra Chabelo y el Piporro, los espectros todos escapando en la noche del cementerio. ¿De dónde procede su maldad? ¿Por qué no retornan, como buenos abuelos, para contarnos historias divertidas y darnos consejos? Será que están desengañados y la esperanza que tuvieron de indulgencias y paraísos fue lo mismo que una promesa de campaña. Y han regresado con todo el resentimiento del mundo para decirnos que no. Nanay de nubecitas y coros celestiales.
    El concepto de “zombie” proviene de las culturas africanas radicadas en América. Algo que deriva de las ceremonias del vudú y los rituales de santería. Estamos vivos y nos quejamos de un dolor de cabeza, ellos no lo están y gimen porque no nos dejamos alcanzar. Ello revela que el espíritu religioso que guardamos desde tiempos remotos
está buscando otras puertas. “La vida de santidad no será”, parecen decirnos, porque más allá de aquí no hay más que instinto caníbal y animalidad.
    Entonces el cielo es éste, y los zombies que acechan más allá de la ventana son los ángeles de la verdad que han arribado para advertir que no le movamos. Así está todo bien. Más vale hambreados y trajinosos, que muertos llagados recorriendo leguas y más leguas para asestarnos ésa que llamaban “la sabrosa mordida”.
    Los muertos vivientes, que se han puesto de moda gracias a la truculencia mental de George A. Romero, no son más que los agoreros del Apocalipsis al que nos está arrimando la despiadada industrialización global, con sus efectos en el plano demográfico y ambiental. Dénme mi casaca llena de polvo y márquenme una tajada en la frente. Me urge ser uno de ellos y no cumplir con el SAT. ¡…Hoajj, ñurr, groann!
   
En el principio fue la sonrisa. Un gesto ausente de agresividad que dispara ese reflejo atávico denominado “sonrisa”. Una carcajada en mitad del teatro. Además que es un principio de la psiquiatría: los lúgubres jamás ríen; Dios nos libre de ellos.
         El viernes pasado abandonó este mundo Héctor Lechuga, uno de los cómicos más reconocidos del medio artístico. Las parodias que realizaba ante las cámaras de televisión (como policía de tránsito o travesti llamando a su hermana “¡Maritzaa!”) deleitaron a la audiencia de por lo menos dos generaciones. Comparsa de Chucho Salinas, primero, y luego de Manuel “el loco” Valdés, aliviaban los sinsabores de aquel público en los años del Régimen. Después vino la democracia, la transparencia, la igualdad a rajatabla, de modo que contar hoy un chiste de jotos nos puede llevar a la cárcel.
         Antes eran los bufones recitando versos para divertir al monarca, lo mismo que los enanos, los juglares y los loquitos. La deformidad misma que invitaba a celebrar su condición de pequeño monstro idiota y las tonterías que iban soltando por los pasillos del palacio.
         Los etólogos fincan nuestra inteligencia en algunos principios (el lenguaje articulado, la capacidad de reflexión, el aprendizaje y la imaginación) pero desde luego en la risa. Las hormigas no ríen, ni los murciélagos ni los buitres. Ríen los delfines –al parecer– y los perros hacen travesuras que semejan bromas. Pero practicar el humor como un género de vida, solamente nosotros, los homos sapiens, incluidos los del  PAN.
         Risa, cosquillas, carcajadas. Nada tan sano como esa alegría absurda que suelta las tensiones y tanto se asemeja al orgasmo. En 1988 un hombre que miraba la película “Un pez llamado Wanda” murió en una sala de cine londinense durante la interminable carcajada que electrizó su corazón. Ahh, morir de la risa, como ha pretendido nuestro el ilustre bufón y ex gobernador con aquella su recitación de vodevil: “Paciencia, prudencia, verbal contingencia, dominio de ciencia, presencia o ausencia según conveniencia”, como advirtió en la cárcel preventiva de Guatemala.
         El principio se remonta a sir Charles Spencer y su personaje vagabundo que sería reconocido en las pantallas como Charlie Chaplin. Un ser taciturno sobreviviendo al filo de la ley y que vendría a refrescar el género de la picaresca. Esos tunantes de la vida, que nunca faltan, ganándose el sustento con los artilugios más descocados.
En México tuvimos a Pito Pérez, el personaje homónimo de la obra de José Rubén Romero, y antes al Periquillo, de José Joaquín Fernández de Lizardi en la novela que inauguró las letras del México independiente. Luego vendría Mario Moreno, el actor de cine, y su insuperable personaje que llegó a los foros de Hollywood. Después de Cantinflas llegarían Tin-tán, Resortes, Manolín y Chilinsky, Clavillazo, Viruta y Capulina, el “loco” Valdés, Alejandro Suárez, los Polivoces, “Madaleno”, en fin, Eugenio Derbez e incluso Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”. Cada cual según su ingenio y su personaje atenido a los gustos del respetable.
Los límites de su labor eran más o menos obvios: nada que atentara contra la religión, la alta política, las buenas costumbres y la vida íntima. Si acaso alguna sugerencia, pero nunca una escena de procacidad. Legendario fue el caso de Manuel Valdés cuando en 1972 el presidente Luis Echeverría decretó a ése como el Año de Juárez, y en su programa de medianoche “el Loco” preguntó: “¿Cuál es el bombero más famoso de México?”, y enseguida la respuesta. “Pues Bomberito Juárez”. La sanción no se hizo esperar, una multa y una amonestación, que de ahí no pasó.
Pero nunca más allá. El mejor humor, cosas de la vida, es el humor involuntario, y si no miren a esos rufiancillos disfrazados de precandidatos lanzando desatinos contra sus más preclaros enemigos. En todo caso, qué bien nos vendría cambiarlos por don Jesús Salinas, tan socarrón, pero que un súbito infarto se ha llevado. Así que nuestro aplauso por los buenos ratos que nos obsequió Chucho Salinas llamando con acento verriondo a su hermana, “¡Maritzaa!”, arrancándonos las mejores carcajadas de la juventud.  
 

¿Cuál es la prisa? Vivimos 77 años, muy buenos, si antes no nos atropellan o nos dan un balazo. Así que volvamos a la pregunta de origen, cuál es la prisa para llegar a la meta, si la hay, y si no la hay… con mayor razón, ¿cuál es?

    El INE ya sacó la tarjeta amarilla antes de la sanción. Aquel que se quiera pasar de listo y asome en los medios su alegre rostro anunciando la redención del país a través del voto ciudadano (desde ahorita)… será sancionado por quererse pasar de listo. Así que todos a trabajar (es cierto, ¿en qué trabaja un precandidato?), a merendar su atolito y ampararse a San Judas Tadeo, patrono de las causas desesperadas, aunque también al otro, el Iscariote, que es el apóstol de la traición.

    La melodía ha revolucionado al medio. “Despacito, deja que te diga cosas al oído; sabes que tu corazón hace bam-bam; pasito a pasito, suave suavecito, lo vamos pegando poquito a poquito…” la canción de Luis Fonsi se ha convertido en la sensación musical del año desbancando en idioma español a “Macarena”, la melodía que en 1996 puso de moda Bill Clinton en sus fiestas.

    La duda, entonces, persiste. ¿Despacio y bien, o rápido y al a’i se va? La respuesta podría estar en la melodía interpretada por el portorriqueño Daddy Yankee, que lleva más de dos mil millones de visitas en internet y se canturrea en todos los antros del mundo (búsquenlo en Youtube). Es una melodía que festeja la sensualidad latina o, como advierte la reseña en inglés, “reggaeton-pop song about having sexual relationship in a smooth and romantic way”.

    La disputa es por la velocidad. Hay los que prefieren saltarse las normas y correr a 150 kilómetros por hora, o los que se ciñen al reglamento y no pasan de los 60; cada quien. Los primeros son parientes de Speedy González, el simpático ratoncito que al grito de ¡yépale, yépale, yépale! se escabullía de todos los peligros (o del Correcaminos, que lo mismo, ¡bip-bip!, dejaba a Rufo el Coyote con el costal en las manos). Los otros son los seguidores de José Alfredo Jiménez, cuando adelantándose a Daddy Yankee nos advertía en su canción homónima, “Despacito, muy despacito se fue metiendo en mi corazón”, con mentiras y cariñitos…”

    Ideólogo del trago pausado, José Alfredo nos legó ese apotegma nacional que reza “después me dijo un arriero, que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”. No había prisa, murió a los 47 años, y como adalid de la flema abajeña nos advirtió antes de morir, “poco a poco, me voy acercando a ti; poco a poco se me llenan los ojos de llanto” porque, insistía su verso, ¿cuál es la prisa?

     En los años del radicalismo nos quejábamos, como ahora, de que nada cambiaba y todo permanecía igual. Era necesario transformar el mundo de raíz, acabar con los símbolos, alcanzar el cielo de la redención (proletaria) en un santiamén… (¿dónde he vuelto a escuchar lo mismo?). Se nos advertía, entonces, que padecíamos de “prisa histórica”. Fum, de un golpe, dar la voltereta a las relaciones sociales… Una de las consignas coreadas bajo la mirada hostil de los granaderos, entonces, era: “¡arriba los de abajo, abajo los de arriba!”. Será por eso que nunca dejamos de estar enmedio.

    La contraparte está en las pantallas de cine. “Rápido y furioso”, la película estelarizada por el fortachón Vin Diessel, lleva ya ocho versiones más o menos similares: la violencia que acompaña a los poseedores de los autos deportivos es el requisito para la fama furiosa, la testosterona “reloaded”, la masculinidad del supremo octanaje.

    Todo a su paso, ha venido a recordarnos el boricua Luis Fonsi, obligando a zafarnos del imperio inmediatista del twitter y el whatsap. Con calma y nos amanecemos, despacito, sin comer ansias, falta un año, precisamente, para las elecciones del 18, así que no pierdan la cabeza, ¿cuál es la prisa?, se los dice el arriero, aunque su corazón haga bam-bam.

   

 

Alguien debía ganar. Unos llevaban pistolas de fulminantes y sombrero de “cowboy”, los otros arcos de juguete porque jugar a los indios y vaqueros no era más que un resabio de las expediciones de antaño, del Este al Oeste (en los Estados Unidos) y del Centro al Norte, en el caso de nuestro país.
Caras pálidas contra pieles rojas; a eso se reducía todo. La diferencia con los vecinos del norte fue una muy simple. Los colonos del norte venían a eso, a “colonizar” acompañados por sus familias, y su relación con los indios nativos era por lo común conflictiva. No se mezclaban con ellos y la estrategia para consolidar la nueva nación era despojarlos de sus territorios, desplazarlos hacia el poniente y aislarlos en “reservaciones”, si no aniquilarlos al estilo del general Custer.
Los conquistadores venidos de España, por el contrario, llegaban solos. Eran exclusivamente hombres (al principio) y parte de su aventura consistía en “hacerse de las naturales”, violarlas y, en todo caso, unirse en matrimonio o concubinato. Es decir, la gran diferencia con la colonización sajona de la América septentrional fue que acá sí se produjo el mestizaje.
Valga tan extenso exordio para comentar el informa del INEGI publicado días atrás. Basado en una dilatada encuesta, el instituto de las estadísticas llegó a la conclusión de que el racismo sigue imperando en la sociedad. Lo apuntó de otra manera, al anunciar que los mejores empleos del país son obtenidos por las personas de tez más clara, y los peor remunerados por los más morenos. La conclusión asegura que el 27 % de los puestos directivos del país son conseguidos por personas de “piel clara”, contra el 13 % de los que tienen la “piel oscura”.
El estudio, denominado Modulo de Movilidad Social Intergeneracional, estuvo basado en la “escala cromática” del proyecto sobre Etnicidad y Raza en América Latina, alentado por la Universidad de Princeton, en colaboración con el Conacyt y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). La investigación cifró once tonalidades de piel, yendo de la “A” (como la más oscura) a la “K” (la más clara), de modo que el encuestado apuntaba su propio matiz.
La conclusión es una: el racismo en México es una realidad inconfesa, heredada del modelo impuesto por la conquista, cuando la hispanidad pura y sus descendientes criollos acaparaban los puestos de poder, subyugando a los pobladores naturales (indios en su mayoría) y los mestizos y mulatos que iban resultando del derecho de pernada heredado de los tiempos feudales. Para mejor ilustrar esto, léase de nueva cuenta “Los bandidos de Río Frío”, de Manuel Payno, que es nuestro Tolstoi mexicano.
Para suavizar el tema se ideó hace tiempo ese concepto ecléctico denominado “raza de bronce”, que no es chía ni limonada. Agustín Lara, que gustaba de llamar a las cosas por su nombre, cantaba aquella estrofa doliente donde exaltaba “Canto a la raza, raza jarocha / raza de bronce, que el sol quemó”. Es decir, el vate de Tlacotalpan se asumía como adalid de esa raza “llena de amarguras” que nació valiente, “para sufrir todas sus desventuras”… entre otra la de no obtener los puestos directivos de las empresas y la burocracia nacional. Siempre ganan los vaqueros, ¿no se los decía?
La cuestión racial ha imperado desde siempre, y no sólo en la ideología del Reichstag. Los dominantes llaman a la suya “elegida por los dioses” pues las otras razas permanecen sometidas bajo el yugo que abarca todos los órdenes: político, social, laboral, estético y mediático. Revísese cualquier anuncio comercial, ¿quienes son los felices poseedores del auto último modelo o la casa con jardín? Los güeritos de siempre, ojos azules y rubicundos, cargando al perrito con pedigrí. ¿Y las familias mixtecas o mazahuas?, bien gracias, esperando al fotógrafo del Programa Nacional de Solidaridad.
No por nada el partido fundado por López Obrador lleva esa denominación y en sus proclamas electorales tanto gusta de referirse a la discriminación por el color de la piel. Morenita, después de todo, es la Virgen del Tepeyac (que a todos nos ampara), aunque la trajo de Extremadura Hernán Cortés, Gran Jefe Cara Pálida.