Todos atesoramos un juguete secreto. Una resortera, la muñeca tuerta, el último soldadito de plomo. Con ellos fuimos felices, la fantasía nos robaba la hora de la merienda y en algún punto ellos, los juguetes, éramos nosotros y nosotros ellos. Ah, el changuito de peluche que perdimos un día y nos inauguró en la pesadilla de los insomnios.

El niño Ladín (que así se pronuncia) no tenía más que sus juguetes y una vida de enclaustramiento. Después de todo, a sus 53 años, algo debía hacer además de cumplir con las horas de rezo. Como todos recordarán, el 2 de mayo de 2010 un comando de marines se encargó de ejecutarlo en el poblado de Abbottabad, y así terminó su rocambolesca existencia. Entre los objetos que secuestraron de su búnker en el norte de Pakistán había una serie de películas en DVD, entre ellas las cintas de Cars y Antz, de dibujos animados, pues el taciturno Osama Bin Laden llevaba más de tres años recluido en ese baluarte donde apenas asomaba el sol.

La información ha sido desclasificada por la CIA e incluye 470 mil documentos, muchos de los cuales fueron obtenidos en el asalto de esa noche de mayo. Recuérdese también la frase victoriosa del presidente Obama luego de anunciar la muerte del líder de Al-Qaeda: “Cuando llegué a la presidencia la General Motors estaba muerta y Bin Laden vivo; ahora es al revés”.

Imaginemos la víspera del ataque (que por cierto está magistralmente expuesto en la película de Kathryn Bigelow, La noche más larga); Bin Laden divirtiéndose a carcajadas con sus sobrinos mientras el reloj estaba por marcarle la hora. Y es que todos añoramos esas “horas de nada” con nuestros juguetes y libros de la infancia. Los juguetes que fuimos, que somos, que tratamos de eternizar cuando adultos a la hora de los caprichos y las travesuras.

Algo no muy distinto ocurría, según me cuentan, con el poeta Octavio Paz en sus últimos meses de vida. Lo que más le divertía era pasar algunas horas mirando la serie de los Simpson en el televisor, y que el mundo rodase fuera del recinto donde el canal Nickelodeon imponía su ley. Y qué decir del pasatiempo favorito del otro poeta de aquel tiempo, don Carlos Pellicer arreglando la cochera de su casa con los pastorcitos, los ángeles, los reyes de Oriente llegando al pesebre de Belén. Era como un niño jugando con el Nacimiento decembrino al que añadía fuentes de agua corriente, música de villancicos, foquillos en el firmamento y musgo a pasto para ese magno juguete que se podía visitar sin hacer cita.

Cada quien sus juguetes, porque el juego y la fantasía –no sólo en la infancia– son igualmente necesarios para ubicarnos en el entorno irracional de la vida cotidiana. Cada cual su muro, pero hay gente que transita sin mayores linderos de la infancia a la madurez. Y conste que no estamos hablando del manido “complejo de Peter Pan” de perpetua inmadurez, sino del gusto por los juguetes y lo que representan. ¿Cuál es la última frase que exhala el tremendo Charles Foster Kane en su lecho de agonía? La legendaria película de Orson Welles (Ciudadano Kane) gira en torno a esa palabra musitada por el tiránico magnate de la prensa norteamericana: “Rosebud”. Todo mundo imagina lo peor… un amor prohibido, una clave secreta, alguna perversión porque ¿a quién se le ocurre decir eso, “capullo de rosa” como frase del adiós? Y no se trata, al final veremos, más que de su juguete de la infancia; el añorado trineo de sus inviernos de ensueño, que así se llamaba.

Por ello, ahora que despertamos de la pesadilla de los terremotos, sabemos que la demanda principal de los niños hacinados en los campamentos de damnificados no es por un vaso de leche o una cobija, sino por un juguete que reponga al que perdieron bajo la losa de concreto. Y no necesariamente unplay station para aniquilar zombies ni una tableta electrónica para juguetear hasta marearse. Lo que piden es una muñeca, un oso de felpa, un pequeño tiranosaurio que les permita olvidar esos días de horror. Como los que hallaron en el armario de Bin Laden, que alguna vez, antes de travieso global, fue niño.  

 

Hay algo chocante en el reclamo soberanista catalán. Algo que suena más a arrogancia que a fervor patrio. ¿Zafarse de la humillación fascista que significa permanecer en el reino de España? Por Dios, ni que fueran la Hungría de 1956 cuando los tanques soviéticos. No, lo del señor Puidgemont y sus multitudes al 50 por ciento es, simplemente, complejo de superioridad. Megalomanía, narcisismo, soberbia que busca desligarse del ignominioso pasaporte que los señala como “españoles”. ¡Uf!, la náusea misma.

    Más que cola de león –reza el adagio– vale cabeza de ratón. De ratoncito catalán, a mucha honra, con sus dos y medio millones de seguidores de bolsillo gritando en ese pellizco de territorio mediterráneo, “somos república, somos república y que muera el rey”.

    Discreta, simultáneamente, se ha producido el XIX Congreso del Partido Comunista Chino. En el estrado, bajo un imponente escenario, el camarada Xi Jinping ha dicho que la nación asiática va bien. Que habrá que atender a los rincones de pobreza que aún persisten llevando a esos pobladores remisos a lugares donde sea más probable el desarrollo social. Y que no les van a preguntar. Ah, y que China –país continental que por cierto origina 30 de cada cien dólares de mercancías que circulan por el mundo– debe prepararse a mostrar su lugar hegemónico en el concierto de las naciones. Es decir, cola de león y cabeza. León y dragón.

    Al parecer ahí surge el dilema que flota en la geopolítica mundial. Crecer o aislarse. Participar a lo grande en el horrible mestizaje del desarrollo compartido, o aislarse en la pureza mezquina del nacionalismo… porque el mundo allende las fronteras se ha puesto feo, ruin y gandul. Brexit, el muro de Trump, la republiquita de Puidgemont porque la culpa de todo la tienen los de afuera… esos rufianes españoles que nos roban, esos mexicanos violadores que nos quitan los trabajos, esos moros que quieren importar la yihad a la isla británica. ¡Vade, retro!

    Yo y mi ombligo que te damos la espalda, repugnante forastero, porque de lo que se trata es de ser feliz mirándome en el espejo del ostracismo. Por cierto que en esa cuestión radica la maldición que pesa sobre nuestra conciencia nacional. ¿Por qué perdimos los pródigos territorios del norte cuando la guerra de diez años contra los voraces yanquis? Porque los mexicanos de aquel siglo (como los de ahora) carecíamos de espíritu de conquista. Es decir, exploración, colonización y desarrollo.

Recuérdese cómo, despertando en la independencia, preferimos obsesionarnos en las intrigas del ombligo centralista, al abandonar las posibilidades de expansión económica hacia Tejas, Nuevo México y la Alta California. Esos territorios que –lo hemos estudiado hasta el cansancio­– perdimos en la campaña de invasión (1836-1848) que los yanquis montaron a partir de la tesis del Destino Manifiesto de extenderse por todo el continente, “como designio de la Providencia”.

    No muy distinto fue el origen de la segunda guerra mundial, cuando la Alemania nazi, que ya había aplicado el “ensanche” (Anschluss) sobre la vecina Austria, decidió la conquista del “espacio vital” (Lebensraum) hacia los territorios eslavos, bajo el principio de que el país necesitaba de ese ámbito para el desarrollo de la nueva nación alemana; el famoso Tercer Reich.

    De modo que los secesionistas catalanes quieren su discreta República (que proclamarán en cosa de días) mientras Xi Jinping advierte que la nueva China, humillada por Occidente durante un siglo, buscará el progreso en todos los órdenes. “La apertura trae progreso para nosotros mismos, el aislamiento no es otra cosa que rezago”, aseguró la semana pasada Xi, al advertir que su país no cerrará sus puertas al mundo, “sino que la nación será cada vez más abierta”.

Así las cosas, los ratones cabezones y los tigres mochos se pasean por el mundo. Crecer o encogerse, por lo visto, es la nueva cuita del príncipe de Dinamarca. “Ser o no ser”, abrir o cerrar puertas, derruir o alzar muros. Ahí está la cosa.

 

 

 

Por  David Martín del Campo

 

Tocan a la puerta y avisan: “Somos Ángela y Lizbeth, tus primas de Fresnillo. ¿Nos puedes abrir?”, y sí, apenas si nos acordamos de ellas. Entran y luego de merendar, cargando aquel par de maletas, sueltan la temida petición: “¿Nos podemos quedar a dormir una noche, o dos, no tenemos dónde llegar?”. Y habrá que cederles una recámara durante un par de meses, mientras “se acomodan”.

    Es lo que sugiere el refrán, ahí, donde menos se la espera, es que salta la liebre. Son las sorpresas que hacen más interesantes nuestros días. Es, por cierto, el ambiente que se respira en muchos centros de poder… lo de mister Trump ya se veía venir, pero el asunto de los sismos ha venido a trastocar por completo el panorama nacional.

Nadie estaba preparado para la catástrofe y las prioridades nacionales, de pronto, ahora son muy otras.

    Aseguran que los sismos mayores (que en buen castellano se denominanterremotos) son impredecibles. Lo que sí, es que existen las probabilidades y la memoria de las abuelas. Por ello, hasta donde recuerdo, los terremotos que han asolado al Valle de Anáhuac han sido varios: Uno el que menciona Guillermo Prieto, el 14 de septiembre de 1847 luego de la batalla del Castillo de Chapultepec, a punto de que los yanquis se apoderasen de Palacio Nacional. Otro cuando arribó Madero en su marcha triunfal a la ciudad de México, aquel 6 de junio de 1911, cuando se derrumbó el cuartel de La Ciudadela y que la gente chanceaba diciendo: “Cuando Madero entró, hasta la tierra tembló”. Otro el de julio de 1957, que tumbó al Ángel de la Independencia, luego el inolvidable del del primer 19 de septiembre (de 1985) que colapsó el Hotel Regis, y éste más reciente, que derruyó el monumento de La Madre en el parque Sullivan, obra de Luis Ortiz Monasterio inaugurado en 1949. Así que los lapsos son de 77, 52, 28, y 32 años respectivamente. Para nuestro sosiego, es muy improbable que vuelva a ocurrir un terremoto como el de hace tres semanas esta noche. O mañana, o pasado mañana, pero quién sabe dentro de doce o 21 años.

    La liebre salta donde menos, ya lo decíamos, porque ahora, las campañas electorales en ciernes, ¿de qué van a hablar? Medio país semi-destruido y encima, todavía, ¿hablar de arrasar con el mal gobierno y sus secuaces? La ciudadanía, hasta donde percibo, quiere otro tipo de mensajes; más conciliadores, más constructivos, menos beligerante. “No me digas qué vas a destruir con tus rollazos, sino qué pretendes levantar”, pareciera la demanda íntima popular.

    Salta donde menos se la espera, decíamos, porque la salida de doña Margarita Zavala de Acción Nacional vino a torpedear a media mitad aquel partido, que posiblemente se hunda con su malhadada coalición sin rumbo. ¿Y lo de Cataluña?, para el presidente Rajoy y el rey Felipe es algo peor que un mazazo. ¿Cómo la mitad de una comarca decide que Tlaxcala, por decir algo, es un nuevo país en el universo de las naciones, mientras la otra mitad no asoma la cabeza? Y los terremotos, que ya mencionábamos, demuestran qué poco sujeta es nuestra vida a los planes de racionalidad, cuando que el azar, el imponderable azar, sigue llevando la caña del timón.

    Dicen los viejos que mientras los hombres hacen planes y proyectos, los dioses se ríen en la montaña. “Cambia, todo cambia”, ya cantaba Mercedes Sosa, “cambia el pelaje la fiera, cambia el cabello el anciano, y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño”, porque nosotros mismo somos producto de un acontecimiento azaroso ocurrido hace algún tiempo.

Como se recordará, 65 millones de años atrás ocurrió que un aerolito del tamaño de Manhattan impactó en el litoral de Yucatán, produciendo el famoso cráter de Chicxkulub, cuya primera consecuencia fue la desaparición súbita de la familia dinosauria (sólo quedaron los cocodrilos), y la segunda la sobrevivencia y empoderamiento de esas sabandijas rastreras que medraban entre la hojarasca. O sea nosotros, los mamíferos. Y las liebres, ya lo decíamos, que saltan donde menos se les espera.

 

CATACLISMOS

25 Sep 2017 Escrito por

No es justo, no es justo… –gimoteaba el niño abrazando a su madre. Estábamos todos en pijama, era la mañana del sábado, buscando el punto neutro en el crucero de la esquina. La alerta sísmica había sonado un minuto atrás y ya nos concentrábamos ahí, con cara de susto, luego de bajar a trompicones los dos tramos de la escalera. Pero muy pocos sintieron el sismo de ese sábado, con epicentro en Pinotepa.

         Se equivocó el poeta T. S. Elliot al asegurar que abril es el mes más cruel. Ha sido septiembre, en 2017 y en 1985. El miércoles 6 sonó la alarma, pero no tembló. El jueves 7 sonó a eso de las ocho de la noche y tembló fuerte, incluso el cielo se iluminó con las famosas aureolas sísmicas. El martes 19 no sonó a tiempo, el epicentro estaba demasiado cerca, y hubo cerca de 300 muertos. El sábado 23 volvió a sonar, no daban aún las ocho de la mañana, y ya estábamos en la calle presumiendo nuestras pantuflas. El mes más cruel.

         Nadie halla la forma de nombrarla: ¿tragedia, fatalidad, catástrofe? Lo decíamos semanas atrás, México está situado en una encrucijada telúrica… siempre ha temblado y siempre seguirá temblando. Como en Japón, como en Chile, como en Italia. ¿No sería el momento de idear construcciones más resistentes, menos pesadas que el muro de siempre de ladrillo y mezcla? Lo más triste de todo es la indefensión del ciudadano común. Nada se puede hacer (casi nada) si estás más allá de un cuarto piso. Quizá como antes, hincarse a rezar, aunque también buscar los muros más resistentes, lejos de las ventanas. Habrá que reiniciar la cultura de prevención sísmica.

         En el barrio donde vivo hay varios edificios derrumbados, y no son pocos los que resultaron dañados. Han sido acordonados con cintas de peligro y lucen sus grietas en la fachada. Los jóvenes están ahí, tratando de hacer hasta lo imposible en ese verbo renovado que es “rescatar”. Luego ocurrió algo para lo que no estaba preparado. Curioseando por las inmediaciones de uno de los edificios colapsados, y que era resguardado por una compañía de soldados, me llegó ese efluvio que creía sepultado (es el verbo) en la memoria. El hedor de los muertos, la repulsiva cadaverina recordándonos, una vez más, la fragilidad de nuestro tránsito terreno.

Recuerdo la sentencia que treinta años atrás pronunció el presidente Miguel de la Madrid: “Enterremos a nuestros muertos, iniciemos la reconstrucción”. Es verdad, llegada es la hora de la segunda parte, y que nadie diga que nos estamos quejando. Hay recursos, hay entusiasmo, hay necesidad.

         La alarma sísmica, por sí sola, se ha convertido en un elemento cotidiano espeluznante. Apenas saltar al aire nos advierte que, con un poco de mala suerte, seremos cadáveres en el lapso de un minuto. Se ha dicho ya que la última emisión (el sábado pasado) ocasionó por ella misma dos muertes por infarto. Así se escuchaban las alarmas de bombardeo en Londres y en Hamburgo, y todos sabían que la salvación estaba en los sótanos. Pero ante un sismo las posibilidades de respuesta son más restringidas. La verdad.

         Las consecuencias políticas del nuevo terremoto están a la vista. No faltará quien quiera llevar el agua a su molino, acusando al contrincante de toda suerte de epítetos, como si votando por X o por Y las placas tectónicas se estuvieran por fin quietas. Los que al parecer se pretende es “culpabilizar” a los partidos, a los diputados, a los dirigentes políticos de una malversación abusiva de recursos, ante las necesidad ingente que representa la reconstrucción de miles y miles de viviendas, centros de trabajo y escuelas en los estados más afectados.

         Culpables no hay. La lógica indica que los edificios más viejos, peor construidos y sin mantenimiento, serán los que se vengan abajo a la hora del remolino sísmico. ¿Y esas torres de 18 pisos presumiendo lofts a los Manhattan en el suelo que fue del lago de Tenochtitlan, seguirán siendo tan llamativas?      

         La verdad es que las apuestas que se hacían hasta el lunes 18 se han trastocado. El terremoto ha marcado los dados. Habrá que recomenzar la grilla… y los sobrevivientes. Bien gracias, buscando su credencial del IFE entre los escombros. Ese otro cataclismo que viene.

 

Nos educaron creyendo que vivíamos en el cuerno de la abundancia. “Vean el mapa del país, ¿no es igual que una cornucopia?”, insistían nuestros mentores, aunque hubo alguno más bien socarrón que aseguró “…sólo que la abundancia se quedó en el Norte, y nos dejaron el puro cuerno”.

         En estos días estamos pagando el precio de esa portentosa ubicación. El territorio nacional se ubica en una azarosa encrucijada pues, por un lado, vivimos al borde de la placa tectónicas de Cocos, trepados en la placa de Norteamérica, lo que nos proporciona sismos al por mayor, como el del jueves por la noche que, aseguran, fue el más intenso en un siglo. Por el otro lado nuestra latitud semitropical nos arroja cada año los efectos meteorológicos del calentamiento marítimo en el Atlántico central. De agosto a noviembre las tormentas ascienden desde más allá de las Antillas, incrementando su fuerza hasta convertirse en huracanes, y que en no pocas ocasiones golpean los territorios de Quintana Roo, Yucatán, Veracruz y Tamaulipas. Es lo que ha ocurrido en estos días con el huracán Katia, disolviéndose al norte de la Huasteca.

         El jueves 7 regresaba de Toluca cuando, apenas cerrar la puerta de mi apartamento, se accionó la alarma sísmica. Ya había sonado el día anterior, inútilmente, de modo que muchos prefirieron permanecer en casa a la hora de la pijama. Sabía que 45 segundos después llegaría la primera onda, así que comencé a contar: uno, dos, tres… en lo que me guardaba la cartera, las llaves y el paraguas, porque estaba lloviznando. De mi primer piso a la calle hice medio minuto, de modo que en la contra esquina sentimos los primeros meneos del evento. Palmeras balanceándose, transformadores de luz reventando, crujidos estructurales en los edificios del entorno y, dos minutos después, la sensación de que aquello había pasado.

         Es la lección que nos quedó del terremoto de 1985, de infausta memoria. De entonces para acá, las cosas han mejorado pues el sistema de alarma permite salvar muchas vidas (si fuera el caso) en ese precioso minuto de que disponemos apenas oír el zumbido de las bocinas en la calle: “Alarma sísmica, Alarma sísmica…”, supongo que como en Londres ocurría con las sirenas anunciando los bombardeos de los temibles cohetes V-1 y V-2.

         Los daños principales fueron en Oaxaca, Chiapas y Tabasco, cercanos al epicentro del sismo frente a la costa de Tonalá. La suma de las víctimas mortales se acerca ya al centenar, amén que los poblados del Istmo sufrieron daños irreparables, cuando no su destrucción. Los terremotos anteriores, el de 85 y el de 1957, fueron similares en destrucción y sus efectos más visibles se registraron en la ciudad de México debido a su edificación citadina. Éste del jueves 7 podría haber sido más desastroso, pero la distancia del epicentro (700 kilómetros) fue lo que salvó a la urbe. Es lo que han explicado los especialistas.

         En cuanto a los huracanes, ¿qué decir? Antes de 1960 era imposible ubicarlos con exactitud. Todo se basaba en la barometría y los reportes telegráficos de las estaciones de observación. A partir del lanzamiento de los satélites Tiros y el programa Nimbus de la NOAA (Administración Nacional de la Atmósfera y los Océanos), ahora es posible seguir el paso a esos meteoros, minuto a minuto, y anunciar su probable trayectoria. De ese modo, con el aviso preventivo de las autoridades, sólo sufren daño personal los necios. Los huracanes ya no sorprenden a los incautos y el daño cierto, que lo provocan, es por el embate del viento (con velocidad de hasta 300 km. por hora) y la cantidad torrencial de lluvia que arrastran.

         El país –miren el mapamundi– es una cornucopia de abundancia, pero está inserto fatalmente en ese crucero de sismos y huracanes. No lo podemos mover de lugar, así que deberemos seguir aprendido a convivir ante sus ocasionales cóleras. Es la hora de la solidaridad, en Oaxaca, en Chiapas y Veracruz, con las víctimas del desastre. Hoy son ellos, mañana podríamos ser nosotros.

 

No se divorcien. Amén de los líos patrimoniales y sentimentales del caso, se añade el asunto de las vértebras cervicales que finalmente resultan dañadas. Cambiarse de casa implica el trasiego de esas doce cajas de libros que suman la biblioteca que hemos logrado componer a lo largo de los años, y cargarlas hacia el nuevo hogar es una proeza por demás perniciosa.
    El punto significa, igualmente, una oportunidad de oro: decidir en el brete qué libros salvar y qué libros abandonar para las calendas griegas porque, diga lo que se diga, no todos los libros valen la pena. Para no pasar por socráticos, diremos que en principio hay tres clases de libros: los buenos, los regulares, y los chafas. Lo mismo que los restaurantes y los vinos; hay de todo pero en nosotros queda el decidir.
    Esto viene al caso ahora que las autoridades conjuntas del Infonavit y la Secretaría de Cultura han lanzado el Plan “Lee con Infonavit”, por medio del cual pretenden establecer 27 mil bibliotecas familiares, que se dice fácil. Los acervos quedarán incorporados en igual número de casas otorgadas por el organismo de la vivienda, de modo que para fines de año serán distribuidos poco más de un millón de volúmenes, lo que supondría un promedio de 39 libros por hogar… y lo que deseen apostar: en esas bibliotecas estará un ejemplar de El Quijote de la Mancha (clásico) y los cuentos de Juan Rulfo (neoclásico).
    El futuro de las bibliotecas es incierto. Yo, personalmente, estoy muy agradecido con ellas. En la Biblioteca Powell de la Universidad de California, en la Biblioteca Nacional de Madrid, incluso en la biblioteca de El Colegio de México he pasado buena parte de mi vida escribiendo novelas. Además que ahí junto, en los anaqueles, están todos los libros imaginables de consulta, desde los fundamentos del psicoanálisis hasta los Atlas del siglo XIX, cuando aún existía la Indochina Francesa. Libros para ilustrarnos y para soñar, que no otras son sus funciones.
    Con el paso de los años, una vez que alguien ha decidido iniciar una colección personal, llega el momento en que se puede afirmar: “mi biblioteca soy yo” porque en esos libros reposan las grandes enseñanzas de vida y placer… Jaime Sabines, William Shakespeare, Mark Twain, Julio Verne, Ernest Hemingway, Julio Cortázar, Alejandro Dumas; por mencionar a los esenciales. Además que todos lo sabemos: hay desnutridos de la vida que son los mal comidos, y desnutridos del alma, que son los que no han leído nada.
    La última vez que charlé con Gustavo Sáinz en la FIL de Guadalajara ya se notaba el desajuste cerebral que habría de llevarlo a la tumba. Estaba parlanchín como nunca y aprovechó la sobremesa para revelarme que al decidir exiliarse en Nuevo Mexico, en 1984, se había llevado consigo un trailer de libros con más de 60 mil volúmenes, muchos de ellos guardados necesariamente en una bodega. Yo lo recuerdo en los años setenta, cuando materialmente arrasaba en las Librería del Prado llevándose cada tarde cinco kilos de libros, que algún día tendría tiempo para leer.
    Es lo que digo a mis alumnos: que inicien ya una biblioteca personal con los libros que “hay que leer”, pero también con los que nos emocionan y estaremos dispuestos a abordar algún día. Y que prescindamos, desde luego, de toda la literatura chatarra que abarrota los anaqueles anunciándose como la gran revelación de autoayuda o denuncia. Y es que una biblioteca es, sobre todo, una promesa de lectura. Muchos de esos libros (de sobra lo sabemos) quedarán ahí, intactos para la hora de los epitafios. ¡Pero qué emoción saber que nos acompañan al alcance de la mano!
    Las bibliotecas, que algún día desaparecerán por las tecnologías tipo Kindle, permanecen ahí como el canto de las sirenas esperando que alguien nos desate para arrojarnos en sus páginas. Pero ojo, de uno en uno, porque las cajas pesan y lastiman las vértebras. Se los digo yo.
   
 

 

Escogió Cuernavaca para vivir sus mejores días. Tenía 37 años cuando, tonteando por los alrededores de la ciudad de México (donde se había exiliado luego del golpe de estado contra el gobierno de Salvador Allende), descubrió que era el sitio ideal: barato, paradisiaco, podría tener una piscina en lugar de los estrechos balcones del DF. Y se quedó a vivir ahí en busca de las sombras que había trazado el legendario Geoffrey Firmin, protagonista de Bajo el volcán, la insuperable novela de Malcolm Lowry.

         Así lo conocí durante un encuentro citado en la capital morelense. Poli estaba bronceado (como gringo desertor), llevaba camisa florida, sombrero panamá y se movía con la  soltura de un oso abandonando la hibernación. Comenzaba a ser famoso, era “el otro” escritor chileno exiliado, porque el primero (en Berlín), era Antonio Skármeta.

         El jueves pasado Poli expiró en el Hospital del Tórax aquejado de una neumonía que se complicó hasta lo último. Lo más curioso de todo es que Poli no murió, es decir, murió Enrique Délano Falcón, nacido en Madrid en 1936, porque “Poli” lo fue por culpa de Pablo Neruda, quien alguna vez mientras cargaba al bebé, le advirtió a su padre Luis Enrique: “Este niño tiene cuerpo de Polifemo… se debería llamar Polifemo”, y se le quedó el nombre.

         Poli, como buen escritor de garra, hizo de todo. Recordaba cómo, en los muelles de San Francisco, trabajó durante algún tiempo ganándose el sustento como estibador. “Ahí aprendí dos cosas, a pelear mirando a los ojos de tu rival, y a beber sin precipitarte al mar”. Como su padre era escritor y diplomático, vivió su infancia en la ciudad de México, y recordaba cómo perdía y ganaba canicas jugando bajo los fresnos del Paseo de la Reforma, pues vivía en un edificio aledaño al cine Chapultepec, y de cuando en cuando llegaban hasta su recámara los parlamentos de Rita Hayworth y Robert Mitchum.

Su amigo del alma era Rafael Ramírez Heredia, quien le abría su casa de Coyoacán cada vez que retornaba a México, sabedores que les esperaban largas jornadas de tequila y whisky buscándole cosquillas a la luna. Las cantinas La Guadalupana, en Coyoacán, y La Ópera, en el centro histórico, eran sus favoritas. Como bebedores de aguante, no pocas veces retornaban a casa de madrugada ya, sin un centavo y conducidos por un santo policía entretenido por sus locuacidades.

Poli no fue necesariamente un escritor del exilio chileno. Desde 1960 se dio a conocer, principalmente, por sus libros de cuento y alguna que otra novela. Gente solitariaAmaneció nublado y Cero a la izquierda, fueron sus primeras publicaciones. Fue presidente de la Sociedad de Escritores de Chile durante muchos años, y sobrevivía (como tantos) impartiendo cursos de cuento y narrativa. En México sus alumnos suman veintenas, pero el más devoto fue Leo Eduardo Mendoza.

La última vez que nos vimos fue en Santiago de Chile, donde sobrevivía tristeando luego de su enésimo divorcio. Poli era un hombre afable, bonachón, pero que no le picaran la cresta. Escribía artículos para la prensa, corregía pruebas editoriales, fue el traductor al castellano de todos los libros de Xaviera Hollander, la osada escritora que en los años setenta inauguró el testimonio sexual como deporte de moda. También escribía libros para niños y jóvenes, y podía jactarse de vivir ponderadamente de sus regalías.

Aquella vez en Santiago, luego de facilitarnos el pase a una clínica médica, recalamos en la sede de la sociedad de escritores, donde fuimos recibidos con una andanada de pisco-sours que, a lo macho, quisiera ya no recordar. Esa vez Poli se explayó. Contó cómo jamás podría escribir la novela que nos debía; es decir, la historia de Bárbara Délano, su hija desaparecida en un accidente de aviación frente a las costas peruanas. Algo de lo que nunca se pudo reponer.

Ahora sin Poli, nos quedan sus libros… Casi los ingleses de América (1990), El amor es un crimen (2005), y lo recordaremos como aquella primera vez en la terraza del hotel Los Papagayos; sentado en una tumbona, bebiéndose un martini, mirando el azul inconmensurable de la piscina.

 

 

El asunto es no morir, y si morimos, que no sea por la patria sino por seguir fastidiando al prójimo. De qué manera seguir quitándole el sueño, arrastrarlo al diván del sicoanalista, doctor, oigo voces que me impulsan a votar contra mis convicciones democráticas.
    Se ha cumplido un año de la muerte de George A. Romero, el inventor del zombie cinematográfico. En 1968, cuando filmó “La noche de los muertos vivientes”, el cineasta no fue consciente del género que estaba inventando… y sus consecuencias. Los muertos redivivos deambulando por las calles en busca de nuestra carne. Algo más allá del sexto mandamiento de la Ley de Dios. Y lo peor de todo, que en su mordida letal viene el beso de Satán, el virus que nos hará inmortales, el germen de la maldad perpetua. Mordidos seremos, a la postre, un zombie más llevando a la quiebra toda la industria funeraria.
    El invento fue formidable. Desde aquella película el espectro se ha reproducido en centenares de otros filmes y series televisivas (la más exitosa, desde luego, The walking dead de nuestros desvelos). Nunca se sabrá a ciencia cierta de qué están enfermos, pero andan por allí buscando reventarnos de un infarto …y darnos una buena mordida, igual que los policías en su patrulla.
    Hay otras maneras de ser inmortales, pero son más fatigosas. Los próceres de bronce, los rapsodas recitados de memoria, los bandidos más depravados; todos ellos son y serán igualmente sempiternos en el índice de nuestras enciclopedias. Madero, Sabines, el Tigre de Santa Julia. Haz el bien, o el mal extremo, y tendrás tu lápida marmórea. Por ello es que la opción zombie queda para la plebe: ser inmortal en el anonimato de la corrupción de la sangre porque todos los muertos vivientes, hasta donde sabemos, tienen tres semanas de fallecidos.
    ¿En dónde reside, pues, la estética zombie? ¿En la tiesura de los brazos, la mirada perdida, las ojeras maquilladas, las llagas sin restañar, el gruñido pujante, las greñas al aire, la ropa deshilachada? Algo hay de fascinante en esos muertos vagando como rebaños, algo que atañe al inconsciente primitivo cuando decidimos momificar a Lenin, a Mao, a Ho Chi Minh; todo para que, si algún día despiertan (como en los chistes de antaño) los oigamos clamar… “¡perdónenme!”.
    Pobres de nuestros muertos a quienes endilgamos toda la maldad posible. Drácula (que es inmortal bebiéndose nuestra sangre), el Nahual, el Coco, la Momia contra Chabelo y el Piporro, los espectros todos escapando en la noche del cementerio. ¿De dónde procede su maldad? ¿Por qué no retornan, como buenos abuelos, para contarnos historias divertidas y darnos consejos? Será que están desengañados y la esperanza que tuvieron de indulgencias y paraísos fue lo mismo que una promesa de campaña. Y han regresado con todo el resentimiento del mundo para decirnos que no. Nanay de nubecitas y coros celestiales.
    El concepto de “zombie” proviene de las culturas africanas radicadas en América. Algo que deriva de las ceremonias del vudú y los rituales de santería. Estamos vivos y nos quejamos de un dolor de cabeza, ellos no lo están y gimen porque no nos dejamos alcanzar. Ello revela que el espíritu religioso que guardamos desde tiempos remotos
está buscando otras puertas. “La vida de santidad no será”, parecen decirnos, porque más allá de aquí no hay más que instinto caníbal y animalidad.
    Entonces el cielo es éste, y los zombies que acechan más allá de la ventana son los ángeles de la verdad que han arribado para advertir que no le movamos. Así está todo bien. Más vale hambreados y trajinosos, que muertos llagados recorriendo leguas y más leguas para asestarnos ésa que llamaban “la sabrosa mordida”.
    Los muertos vivientes, que se han puesto de moda gracias a la truculencia mental de George A. Romero, no son más que los agoreros del Apocalipsis al que nos está arrimando la despiadada industrialización global, con sus efectos en el plano demográfico y ambiental. Dénme mi casaca llena de polvo y márquenme una tajada en la frente. Me urge ser uno de ellos y no cumplir con el SAT. ¡…Hoajj, ñurr, groann!
   
En el principio fue la sonrisa. Un gesto ausente de agresividad que dispara ese reflejo atávico denominado “sonrisa”. Una carcajada en mitad del teatro. Además que es un principio de la psiquiatría: los lúgubres jamás ríen; Dios nos libre de ellos.
         El viernes pasado abandonó este mundo Héctor Lechuga, uno de los cómicos más reconocidos del medio artístico. Las parodias que realizaba ante las cámaras de televisión (como policía de tránsito o travesti llamando a su hermana “¡Maritzaa!”) deleitaron a la audiencia de por lo menos dos generaciones. Comparsa de Chucho Salinas, primero, y luego de Manuel “el loco” Valdés, aliviaban los sinsabores de aquel público en los años del Régimen. Después vino la democracia, la transparencia, la igualdad a rajatabla, de modo que contar hoy un chiste de jotos nos puede llevar a la cárcel.
         Antes eran los bufones recitando versos para divertir al monarca, lo mismo que los enanos, los juglares y los loquitos. La deformidad misma que invitaba a celebrar su condición de pequeño monstro idiota y las tonterías que iban soltando por los pasillos del palacio.
         Los etólogos fincan nuestra inteligencia en algunos principios (el lenguaje articulado, la capacidad de reflexión, el aprendizaje y la imaginación) pero desde luego en la risa. Las hormigas no ríen, ni los murciélagos ni los buitres. Ríen los delfines –al parecer– y los perros hacen travesuras que semejan bromas. Pero practicar el humor como un género de vida, solamente nosotros, los homos sapiens, incluidos los del  PAN.
         Risa, cosquillas, carcajadas. Nada tan sano como esa alegría absurda que suelta las tensiones y tanto se asemeja al orgasmo. En 1988 un hombre que miraba la película “Un pez llamado Wanda” murió en una sala de cine londinense durante la interminable carcajada que electrizó su corazón. Ahh, morir de la risa, como ha pretendido nuestro el ilustre bufón y ex gobernador con aquella su recitación de vodevil: “Paciencia, prudencia, verbal contingencia, dominio de ciencia, presencia o ausencia según conveniencia”, como advirtió en la cárcel preventiva de Guatemala.
         El principio se remonta a sir Charles Spencer y su personaje vagabundo que sería reconocido en las pantallas como Charlie Chaplin. Un ser taciturno sobreviviendo al filo de la ley y que vendría a refrescar el género de la picaresca. Esos tunantes de la vida, que nunca faltan, ganándose el sustento con los artilugios más descocados.
En México tuvimos a Pito Pérez, el personaje homónimo de la obra de José Rubén Romero, y antes al Periquillo, de José Joaquín Fernández de Lizardi en la novela que inauguró las letras del México independiente. Luego vendría Mario Moreno, el actor de cine, y su insuperable personaje que llegó a los foros de Hollywood. Después de Cantinflas llegarían Tin-tán, Resortes, Manolín y Chilinsky, Clavillazo, Viruta y Capulina, el “loco” Valdés, Alejandro Suárez, los Polivoces, “Madaleno”, en fin, Eugenio Derbez e incluso Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”. Cada cual según su ingenio y su personaje atenido a los gustos del respetable.
Los límites de su labor eran más o menos obvios: nada que atentara contra la religión, la alta política, las buenas costumbres y la vida íntima. Si acaso alguna sugerencia, pero nunca una escena de procacidad. Legendario fue el caso de Manuel Valdés cuando en 1972 el presidente Luis Echeverría decretó a ése como el Año de Juárez, y en su programa de medianoche “el Loco” preguntó: “¿Cuál es el bombero más famoso de México?”, y enseguida la respuesta. “Pues Bomberito Juárez”. La sanción no se hizo esperar, una multa y una amonestación, que de ahí no pasó.
Pero nunca más allá. El mejor humor, cosas de la vida, es el humor involuntario, y si no miren a esos rufiancillos disfrazados de precandidatos lanzando desatinos contra sus más preclaros enemigos. En todo caso, qué bien nos vendría cambiarlos por don Jesús Salinas, tan socarrón, pero que un súbito infarto se ha llevado. Así que nuestro aplauso por los buenos ratos que nos obsequió Chucho Salinas llamando con acento verriondo a su hermana, “¡Maritzaa!”, arrancándonos las mejores carcajadas de la juventud.  
 

¿Cuál es la prisa? Vivimos 77 años, muy buenos, si antes no nos atropellan o nos dan un balazo. Así que volvamos a la pregunta de origen, cuál es la prisa para llegar a la meta, si la hay, y si no la hay… con mayor razón, ¿cuál es?

    El INE ya sacó la tarjeta amarilla antes de la sanción. Aquel que se quiera pasar de listo y asome en los medios su alegre rostro anunciando la redención del país a través del voto ciudadano (desde ahorita)… será sancionado por quererse pasar de listo. Así que todos a trabajar (es cierto, ¿en qué trabaja un precandidato?), a merendar su atolito y ampararse a San Judas Tadeo, patrono de las causas desesperadas, aunque también al otro, el Iscariote, que es el apóstol de la traición.

    La melodía ha revolucionado al medio. “Despacito, deja que te diga cosas al oído; sabes que tu corazón hace bam-bam; pasito a pasito, suave suavecito, lo vamos pegando poquito a poquito…” la canción de Luis Fonsi se ha convertido en la sensación musical del año desbancando en idioma español a “Macarena”, la melodía que en 1996 puso de moda Bill Clinton en sus fiestas.

    La duda, entonces, persiste. ¿Despacio y bien, o rápido y al a’i se va? La respuesta podría estar en la melodía interpretada por el portorriqueño Daddy Yankee, que lleva más de dos mil millones de visitas en internet y se canturrea en todos los antros del mundo (búsquenlo en Youtube). Es una melodía que festeja la sensualidad latina o, como advierte la reseña en inglés, “reggaeton-pop song about having sexual relationship in a smooth and romantic way”.

    La disputa es por la velocidad. Hay los que prefieren saltarse las normas y correr a 150 kilómetros por hora, o los que se ciñen al reglamento y no pasan de los 60; cada quien. Los primeros son parientes de Speedy González, el simpático ratoncito que al grito de ¡yépale, yépale, yépale! se escabullía de todos los peligros (o del Correcaminos, que lo mismo, ¡bip-bip!, dejaba a Rufo el Coyote con el costal en las manos). Los otros son los seguidores de José Alfredo Jiménez, cuando adelantándose a Daddy Yankee nos advertía en su canción homónima, “Despacito, muy despacito se fue metiendo en mi corazón”, con mentiras y cariñitos…”

    Ideólogo del trago pausado, José Alfredo nos legó ese apotegma nacional que reza “después me dijo un arriero, que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”. No había prisa, murió a los 47 años, y como adalid de la flema abajeña nos advirtió antes de morir, “poco a poco, me voy acercando a ti; poco a poco se me llenan los ojos de llanto” porque, insistía su verso, ¿cuál es la prisa?

     En los años del radicalismo nos quejábamos, como ahora, de que nada cambiaba y todo permanecía igual. Era necesario transformar el mundo de raíz, acabar con los símbolos, alcanzar el cielo de la redención (proletaria) en un santiamén… (¿dónde he vuelto a escuchar lo mismo?). Se nos advertía, entonces, que padecíamos de “prisa histórica”. Fum, de un golpe, dar la voltereta a las relaciones sociales… Una de las consignas coreadas bajo la mirada hostil de los granaderos, entonces, era: “¡arriba los de abajo, abajo los de arriba!”. Será por eso que nunca dejamos de estar enmedio.

    La contraparte está en las pantallas de cine. “Rápido y furioso”, la película estelarizada por el fortachón Vin Diessel, lleva ya ocho versiones más o menos similares: la violencia que acompaña a los poseedores de los autos deportivos es el requisito para la fama furiosa, la testosterona “reloaded”, la masculinidad del supremo octanaje.

    Todo a su paso, ha venido a recordarnos el boricua Luis Fonsi, obligando a zafarnos del imperio inmediatista del twitter y el whatsap. Con calma y nos amanecemos, despacito, sin comer ansias, falta un año, precisamente, para las elecciones del 18, así que no pierdan la cabeza, ¿cuál es la prisa?, se los dice el arriero, aunque su corazón haga bam-bam.