LA ENCRUCIJADA

11 Sep 2017 David Martín del Campo

Nos educaron creyendo que vivíamos en el cuerno de la abundancia. “Vean el mapa del país, ¿no es igual que una cornucopia?”, insistían nuestros mentores, aunque hubo alguno más bien socarrón que aseguró “…sólo que la abundancia se quedó en el Norte, y nos dejaron el puro cuerno”.

         En estos días estamos pagando el precio de esa portentosa ubicación. El territorio nacional se ubica en una azarosa encrucijada pues, por un lado, vivimos al borde de la placa tectónicas de Cocos, trepados en la placa de Norteamérica, lo que nos proporciona sismos al por mayor, como el del jueves por la noche que, aseguran, fue el más intenso en un siglo. Por el otro lado nuestra latitud semitropical nos arroja cada año los efectos meteorológicos del calentamiento marítimo en el Atlántico central. De agosto a noviembre las tormentas ascienden desde más allá de las Antillas, incrementando su fuerza hasta convertirse en huracanes, y que en no pocas ocasiones golpean los territorios de Quintana Roo, Yucatán, Veracruz y Tamaulipas. Es lo que ha ocurrido en estos días con el huracán Katia, disolviéndose al norte de la Huasteca.

         El jueves 7 regresaba de Toluca cuando, apenas cerrar la puerta de mi apartamento, se accionó la alarma sísmica. Ya había sonado el día anterior, inútilmente, de modo que muchos prefirieron permanecer en casa a la hora de la pijama. Sabía que 45 segundos después llegaría la primera onda, así que comencé a contar: uno, dos, tres… en lo que me guardaba la cartera, las llaves y el paraguas, porque estaba lloviznando. De mi primer piso a la calle hice medio minuto, de modo que en la contra esquina sentimos los primeros meneos del evento. Palmeras balanceándose, transformadores de luz reventando, crujidos estructurales en los edificios del entorno y, dos minutos después, la sensación de que aquello había pasado.

         Es la lección que nos quedó del terremoto de 1985, de infausta memoria. De entonces para acá, las cosas han mejorado pues el sistema de alarma permite salvar muchas vidas (si fuera el caso) en ese precioso minuto de que disponemos apenas oír el zumbido de las bocinas en la calle: “Alarma sísmica, Alarma sísmica…”, supongo que como en Londres ocurría con las sirenas anunciando los bombardeos de los temibles cohetes V-1 y V-2.

         Los daños principales fueron en Oaxaca, Chiapas y Tabasco, cercanos al epicentro del sismo frente a la costa de Tonalá. La suma de las víctimas mortales se acerca ya al centenar, amén que los poblados del Istmo sufrieron daños irreparables, cuando no su destrucción. Los terremotos anteriores, el de 85 y el de 1957, fueron similares en destrucción y sus efectos más visibles se registraron en la ciudad de México debido a su edificación citadina. Éste del jueves 7 podría haber sido más desastroso, pero la distancia del epicentro (700 kilómetros) fue lo que salvó a la urbe. Es lo que han explicado los especialistas.

         En cuanto a los huracanes, ¿qué decir? Antes de 1960 era imposible ubicarlos con exactitud. Todo se basaba en la barometría y los reportes telegráficos de las estaciones de observación. A partir del lanzamiento de los satélites Tiros y el programa Nimbus de la NOAA (Administración Nacional de la Atmósfera y los Océanos), ahora es posible seguir el paso a esos meteoros, minuto a minuto, y anunciar su probable trayectoria. De ese modo, con el aviso preventivo de las autoridades, sólo sufren daño personal los necios. Los huracanes ya no sorprenden a los incautos y el daño cierto, que lo provocan, es por el embate del viento (con velocidad de hasta 300 km. por hora) y la cantidad torrencial de lluvia que arrastran.

         El país –miren el mapamundi– es una cornucopia de abundancia, pero está inserto fatalmente en ese crucero de sismos y huracanes. No lo podemos mover de lugar, así que deberemos seguir aprendido a convivir ante sus ocasionales cóleras. Es la hora de la solidaridad, en Oaxaca, en Chiapas y Veracruz, con las víctimas del desastre. Hoy son ellos, mañana podríamos ser nosotros.

 

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