LA ÚLTIMA BIBLIOTECA

28 Ago 2017 David Martín del Campo
No se divorcien. Amén de los líos patrimoniales y sentimentales del caso, se añade el asunto de las vértebras cervicales que finalmente resultan dañadas. Cambiarse de casa implica el trasiego de esas doce cajas de libros que suman la biblioteca que hemos logrado componer a lo largo de los años, y cargarlas hacia el nuevo hogar es una proeza por demás perniciosa.
    El punto significa, igualmente, una oportunidad de oro: decidir en el brete qué libros salvar y qué libros abandonar para las calendas griegas porque, diga lo que se diga, no todos los libros valen la pena. Para no pasar por socráticos, diremos que en principio hay tres clases de libros: los buenos, los regulares, y los chafas. Lo mismo que los restaurantes y los vinos; hay de todo pero en nosotros queda el decidir.
    Esto viene al caso ahora que las autoridades conjuntas del Infonavit y la Secretaría de Cultura han lanzado el Plan “Lee con Infonavit”, por medio del cual pretenden establecer 27 mil bibliotecas familiares, que se dice fácil. Los acervos quedarán incorporados en igual número de casas otorgadas por el organismo de la vivienda, de modo que para fines de año serán distribuidos poco más de un millón de volúmenes, lo que supondría un promedio de 39 libros por hogar… y lo que deseen apostar: en esas bibliotecas estará un ejemplar de El Quijote de la Mancha (clásico) y los cuentos de Juan Rulfo (neoclásico).
    El futuro de las bibliotecas es incierto. Yo, personalmente, estoy muy agradecido con ellas. En la Biblioteca Powell de la Universidad de California, en la Biblioteca Nacional de Madrid, incluso en la biblioteca de El Colegio de México he pasado buena parte de mi vida escribiendo novelas. Además que ahí junto, en los anaqueles, están todos los libros imaginables de consulta, desde los fundamentos del psicoanálisis hasta los Atlas del siglo XIX, cuando aún existía la Indochina Francesa. Libros para ilustrarnos y para soñar, que no otras son sus funciones.
    Con el paso de los años, una vez que alguien ha decidido iniciar una colección personal, llega el momento en que se puede afirmar: “mi biblioteca soy yo” porque en esos libros reposan las grandes enseñanzas de vida y placer… Jaime Sabines, William Shakespeare, Mark Twain, Julio Verne, Ernest Hemingway, Julio Cortázar, Alejandro Dumas; por mencionar a los esenciales. Además que todos lo sabemos: hay desnutridos de la vida que son los mal comidos, y desnutridos del alma, que son los que no han leído nada.
    La última vez que charlé con Gustavo Sáinz en la FIL de Guadalajara ya se notaba el desajuste cerebral que habría de llevarlo a la tumba. Estaba parlanchín como nunca y aprovechó la sobremesa para revelarme que al decidir exiliarse en Nuevo Mexico, en 1984, se había llevado consigo un trailer de libros con más de 60 mil volúmenes, muchos de ellos guardados necesariamente en una bodega. Yo lo recuerdo en los años setenta, cuando materialmente arrasaba en las Librería del Prado llevándose cada tarde cinco kilos de libros, que algún día tendría tiempo para leer.
    Es lo que digo a mis alumnos: que inicien ya una biblioteca personal con los libros que “hay que leer”, pero también con los que nos emocionan y estaremos dispuestos a abordar algún día. Y que prescindamos, desde luego, de toda la literatura chatarra que abarrota los anaqueles anunciándose como la gran revelación de autoayuda o denuncia. Y es que una biblioteca es, sobre todo, una promesa de lectura. Muchos de esos libros (de sobra lo sabemos) quedarán ahí, intactos para la hora de los epitafios. ¡Pero qué emoción saber que nos acompañan al alcance de la mano!
    Las bibliotecas, que algún día desaparecerán por las tecnologías tipo Kindle, permanecen ahí como el canto de las sirenas esperando que alguien nos desate para arrojarnos en sus páginas. Pero ojo, de uno en uno, porque las cajas pesan y lastiman las vértebras. Se los digo yo.
   
 

 

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