Venturas y desventuras del Himno Nacional Mexicano

15 Sep 2017 Adán Cabral Sanguino

El Himno Nacional Mexicano, uno de nuestros símbolos patrios modernos, por decirlo de alguna manera, pues fue el último en consolidarse en la cultura cívica, después del escudo y la bandera, ha tenido una trayectoria de contradicciones históricas que, en el marco de estos festejos patrios, resulta interesante revisar.

El 12 de noviembre de 1853, el gobierno del general Antonio López de Santa Anna publicó una convocatoria para que todos los poetas y compositores concursaran con la letra que sería el Himno Nacional.

Como Francisco González Bocanegra (1824-1861), quien se había dedicado al comercio y la administración pública, no se animaba a escribir una composición para el certamen, su novia, Guadalupe González del Pino, lo impulsó a hacerlo. 

Cuenta la anécdota que el poeta mexicano fue encerrado por su prima en una habitación de su casa para que escribiera nuestro representativo cántico marcial. Un día que llegó a visitarla, ella lo invitó a pasar a una de las piezas interiores de la casona, y le mostró, sobre una mesa, papel para escribir, al tiempo que le advertía que no lo dejaría salir de ese aposento hasta que lograra componer la letra del Himno Nacional. Y cerró con llave la puerta. Después de cuatro horas de trabajo, esos manuscritos pasaron por debajo de la misma. Fue la propia Guadalupe quien leyó por primera vez los versos que había escrito González Bocanegra, y luego se comprometió en matrimonio con él, según se da a conocer en la literatura existente.

En cuanto a Jaime Nunó Roca (1824-1908), quien no cobró jamás los quinientos pesos del premio, debido a la estrepitosa caída del gobierno de Santa Anna, sobrevivió su vejez al filo de la miseria, aunque fue dignamente reconocido por el régimen porfirista; y en 1942, la administración de Ávila Camacho hizo traer sus restos para inhumarlos en la Rotonda de los Hombres Ilustres. En 2010, justo en la celebración del Bicentenario de la Independencia de México, el investigador catalán Cristian Canton Ferrer localizó en los Estados Unidos al único descendiente directo de Nunó, su bisnieto Edwin B. Cragin Nunó, en Pelham, Nueva York. Este hallazgo permitió recuperar el fondo personal del compositor español, que incluía cerca de cinco mil documentos inéditos (cartas personales, partituras, documentos oficiales, etcétera), que llevó al mencionado musicólogo a confeccionar su primera biografía completa, la cual aparece en los libros Jaime Nunó: un sanjuanense en América (2010) y Jaime Nunó, más allá del Himno Nacional (2012), ambas del referido estudioso.

Otra grieta en la crónica del símbolo patrio que nos ocupa fue la célebre expulsión del país del músico cubano Dámaso Pérez Prado, en 1953, por la supuesta conversión –no se puede decir arreglo musical- del Himno Nacional a mambo.

Al respecto, prevalece la duda, ya que no existe grabación o partitura alguna que lo compruebe. Lo cierto fue que, a su regreso al país en 1964, Pérez Prado creó el Mambo Politécnico y el Mambo Universitario, canciones de festejo del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad Autónoma de México respectivamente. Además, adquirió la nacionalidad mexicana en 1980 y residió los últimos años de su vida en nuestro país.

Con esta breve cronología, podríamos pensar que la composición de Francisco González Bocanegra y Jaime Nunó Roca es propiedad absoluta de la nación. Sin embargo, en 2004, Gabriel Larrea, ex director del Instituto Nacional del Derecho de Autor, descubrió que los derechos autorales de la música del Himno Nacional pertenecen al estadounidense Henneman Harry.

Esta situación se debe a que los derechos de autor fueron vendidos por la familia de Jaime Nunó a la compañía estadounidense Wagner & Lieven, a principios del siglo XX. Henneman Harry los compró; presentó el himno nacional en Edward B. Marks Music Company, con algunos arreglos, y lo registró ante la Broadcast Music Incorporated (BMI), sociedad recaudadora de derechos de ejecución pública en Estados Unidos, con el número CAE 99999960, en el que se menciona que él y Jaime Nunó son los co-autores de la música de nuestro himno. Esta marrullería le permitió presentarse en 1996 ante el régimen mexicano para cobrar derechos autorales. A partir de entonces se estableció un contrato entre dicha empresa y nuestro gobierno federal, el cual se renueva cada diez años y nos permite tocar, con el pago de regalías, nuestro cántico marcial en el extranjero, gracias a que Manuel Ávila Camacho expropió los derechos para México, pero cada vez que se interpreta en eventos internacionales, se deben pagar prebendas a los titulares de los derechos musicales, pues el titular de la letra es el Estado Mexicano.

En fin, lo bueno de esta historia es que nuestro Himno también es propiedad de la nación y está respaldado jurídicamente por la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales, promulgada en 1984, ya que su letra fue obra del compositor mexicano Francisco González Bocanegra, por lo que Henneman Harry le otorga a México el derecho patrimonial del mismo sin ningún problema, pues a él sólo le interesa cobrar las regalías de su interpretación en actos internacionales.

Ojalá nuestro gobierno federal consiga, en el futuro próximo, rescatar el copyright de la música de nuestro emblemático himno, el cual, además de andar deambulando en el archivo de la Broadcast Music Incorporated, también aparece, en diversas versiones, en los catálogos de la American Society of Composers, Authors and Publishers (ASCAP), en casas editoras de música como Music Sales Corp/G Schirmer Inc de Nueva York, Oliver Ditson & Company/Theodore Presser Company de Filadelfia, y Carl Fischer Inc de Nueva York. 

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