Rosa Galán: Leyenda del Gato del Callejón de San Antonio

Cuenta la leyenda que un hombre siniestro de origen malayo había embarcado con un extraño animal que aparentemente era sólo un enorme gato negro, Rosita Galán Callejas, con su peculiar forma de narrar nos introduce a un fascinante relato que a continuación transcribimos.

 

“LEYENDA DEL GATO DEL CALLEJÓN DE SAN ANTONIO”

Cuentan las empolvadas páginas de las viejas leyendas que hace más de dos siglos y medio por el año de 1683, cuando las naves corsarias de Nicolás de Agramont, capitaneadas por el terrible Lorenzo Jácome, asolaron las costas de la Villa Rica de la Vera Cruz, vino a puerto con el famoso Lorencillo un hombre siniestro de origen malayo, de ojos verdes, oblicuos y tez pálida, que tenía fama de haber recorrido los “Siete Mares”, y a quien los filibusteros odiaban pues había embargado en el Archipiélago con un extraño animal  que aparentemente era sólo un  enorme gato negro, pero que entre los mismos piratas, gente cruel y desalmada que no conocía el temor, pasaba por un engendro del demonio.

Ya en varias ocasiones en que la tripulación amotinada había pedido a Lorencillo que arrojara por la borda el bicho aquel, la nave corsaria donde el gato viajaba se había visto en serias dificultades, con el viento en contra y reyertas terribles de piratas; y corría el rumor que por las noches convertido en murciélago chupaba la sangre de los marineros que dormían al raso.

Sentado frente al timón, viendo fijamente al piloto con los verdes ojos estriados, hacía perder el rumbo de las naves y cuando al fin lograron echarle mano y le clavaron una estaca en el corazón, el animal se arrastró hasta el oscuro escondrijo donde vivía, y pasado algún tiempo, cuando lo daban por muerto volvió a aparecer en la cubierta de la nave, más grande y espantoso que antes.

Después del saqueo la terrible escuadra corsaria dejó con Lorencillo el puerto de la Vera Cruz y el marino malayo, en compañía de otro pirata, fue abandonado en tierra con el gato. Nada se volvió a saber del hombre pero el animal que por varios años asoló la región, fue al fin atrapado cerca de la Boca del Río, donde se exhibió dentro de una jaula a los atemorizados habitantes del lugar.

Por aquellos aciagos días, enviado por el virrey para atender asuntos del tesoro de su majestad, vino al puerto el señor visitador real de la Colonia, quien a peso de oro compró la jaula con todo y la extraña criatura regresando después a la capital de Nueva España.

Diez días duró el trayecto hasta la villa de Córdoba que se hacía en aquellos días en dos jornadas. Las mulas que traían  la Diligencia donde viajaba el visitador real, una vez que sintieron que el animal iba a ser embarcado dentro del carruaje, se pusieron a dar fuertes coses y a relinchar como si estuvieran rabiosas; cuando al fin fueron dominadas se tiraron al suelo y fue preciso majarlas a palos para que caminaran. Así, entre carreras desbocadas y volcaduras, dando tumbos por el camino llegó la Diligencia a la Villa de Córdoba después de haber tenido un larguísimo y accidentado viaje.

Cuentan que esa noche en el Mesón donde se hospedó el visitador de la Colonia, se escucharon unos lúgubres maullidos que asustaron al vecindario y los mozos de espuelas, que en el fondo de las oscuras caballerizas cuidaban la jaula, vieron salir de ella un enorme murciélago que se perdió en el caserón que frente a la Hostería hacia la esquina con el Camino Real  y la bajada del Callejón del río de San Antonio.

A la mañana siguiente, después de haber oído el cuento aquel y viendo que la jaula cerrada con pesados candados de los que solamente él tenía llave, estaba completamente vacía, el digno caballero, cansado de todas aquellas brujerías y olvidando las onzas de oro que había pagado, prosiguió  su camino rumbo a la capital del Reino, dejando en la Villa de Córdoba al horrible gato que esa misma noche mató a una mula y arañó gravemente a dos arrieros que arrojaban con sus recuas cerca de la hora de guarda, rumbo al río de San Antonio.

Con el correr de los años, el caserío se fue extendiendo y la leyenda adornada por la fantasía y el ambiente de la época pasó de boca en boca entre los habitantes de la Villa. Un siglo después todavía se hablaba de aquella furia que en forma de gato sorprendía a los trasnochadores arañándolos o presagiando terribles desgracias, y otras veces convertido en un gran murciélago perseguía a las Diligencias a lo largo del Camino Real hasta cerca de la encrucijada de Cruz Verde, donde decían que dando un fuerte alarido desaparecía. Cuando en alguna ocasión los vecinos armados de estacas y piedras lograban cazarlo, cuentan que después de verlo bien muerto lo iban  a tirar al río, desde la orilla de la muralla, regresando muy tranquilos a sus casas; pero que al poco tiempo el animal más grande y negro todavía, volvía a aparecer alborotando nuevamente al barrio.

Los gendarmes de la Guardia de Ronda que corrían la vela de la media noche y que fueron atacados muchas veces, contaban que sólo haciendo el signo de la cruz podían ahuyentar al horrible animal. Por muchos años y en frecuentes ocasiones, el Sereno que pasaba pregonando la hora después de recibir un buen susto, fue mordido por la alimaña que lo perseguía calle abajo, y en los días de nublado cuando ya anocheciendo los mozos de manzana venían a encender la luz de las esquinas; una extraña criatura que salía del viejo caserón, revoloteaba sobre la cabeza del hombre que prendía los faroles apagándole el mechero y golpeándole la cara con las pegajosas alas.

A mediados del siglo XIX, durante el año de 1833, cuando la terrible epidemia del cólera morbus asoló a la Villa de Córdoba, decían que en la carreta de la muerte que recogía a los apestados por el rumbo de Las Pitayitas, iba sentado un enorme gato que maullaba tristemente llenando de pavor los callejones del Barrio.

En el año de 1881 la población fue nuevamente asolada por otra espantosa plaga conocida entonces con el nombre de Vómito Negro, y los vecinos volvieron a revivir aquella olvidada leyenda. Contaban las abuelas que un gato negro encargado de propagar la epidemia, se asomaba por los tejados de las casas que iban a ser atacadas del contagio, muriendo sin remedio las personas que lo veían aparecer; dentro de sus habitaciones herméticamente cerradas por el miedo.

En el año de 1928, cuando el Regimiento 13 de Caballería instaló sus cuarteles a una cuadra del Callejón de San Antonio, el mismo animal se encargó de alborotar el Barrio. Cerca de las ocho de la noche un bulto negro, como si tuviera alas, salía de los aleros de la esquina de la avenida 1 y calle 4, y maullando se perdía en los tejados de la manzana de enfrente, asomándose en los patios y escondiéndose en los corredores de las casas. Los vecinos, pensando que fuera algún “vivo”, que aprovechando el pretexto de los espantos, quería robar, solicitaron un pelotón del Regimiento 13 que fue comisionado para atrapar al ladrón. Seis soldados y un cabo persiguieron el bulto, aquel que  siempre desaparecía cuando ya iba a ser alcanzado. Se le hicieron muchos disparos pero no se consiguió nada, y cuando una noche acorralado en el fondo de una oscura caballeriza iba a ser rematado, los soldados salieron mordidos y rasguñados de la cara y las manos, sin darse cuenta en qué momento se había escapado el espantajo.

El cabo, que era un hombre ignorante, corrió la voz que se trataba de un “Piscajo”, nombre con que se designó desde entonces la extraña aparición y que según él, consistía en una especie de Chaneque, que espantaba a la gente y traía desgracias y enfermedades, y que en su tierra era conocido como cosa de brujería, pues lo mismo podía ser un gato que un murciélago.

Allá, por el año de 1933, un conocido ebanista de la ciudad de Córdoba, instaló su taller en la misma esquina del Callejón de San Antonio, ignorante de la fama que el lugar tenía. Todas las noches, después de haber cerrado la carpintería, se quedaba a ajustar y pulir sus muebles que trabajaba como un artista. Algún tiempo después de haberse instalado en aquel sitio, le llamó la atención un enorme gato negro, que sentado frente él, lo veía trabajar sin quitarle los ojos de encima.

Al principio no le dio importancia al animal, pero cuando empezó a echar a perder todos sus trabajos le tomó mala voluntad. Los barnices finos que tenía cuidadosamente seleccionados se habían evaporado como por encanto, estaban rotos los compases y los lápices de dibujo, y cada vez que tomaba el martillo para clavar se lastimaba horriblemente las manos. Cuando levantaba la cabeza invariablemente se encontraba con un par de ojos estriados de verde que lo miraban.

En vano lo persiguió varias veces pues se esfumaba de la pieza como por arte de magia, sin dejar rastro, perdiéndose en los rincones o entre los muebles y las tablas allí amontonadas.

Las siguientes noches lo buscó antes de cerrar, para estar bien seguro de que el animal no entraría, pero de nada sirvieron sus cuidados, cuando menos lo pensaba, sentía que alguien lo miraba y al analizar la cabeza se encontraba con que ahí estaba el gato, inmóvil como una estatua, clavándole los ojos.

Cuando después de muchos trabajos logró atraparlo tomó un alambre de púas que tenía preparado y sin piedad ninguna se lo enredó en el cuello y apretó con todas sus fuerzas. Una vez bien seguro de haberlo ahorcado lo metió en un saco y lo fue a tirar al río. Contaba el ebanista   que al llegar a la muralla, el costal aquel pesaba más que si llevara piedras. Cuando con gran dificultad lo arrojó al fondo del barranco, cayó rebotando y haciendo un horrible estruendo.

En el taller todo volvió a la normalidad hasta que una noche en que trabajaba muy tranquilo, se dio cuenta que allí frente a él estaba el enorme gato negro, mirándolo fijamente. Al otro día abandonó aquel lugar sin poder aclarar nunca el enigma.

En 1958 empezó a correr el inocente rumor de que varias personas habían visto salir de la misma casa un murciélago muy grande que después de revolotear en el aire se iba a esconder en el campanario de  la iglesita de Santa María.

Al poco tiempo un camión  de la línea de Autotransportes, que cargado  de mercancía llevaba ya algunas horas estacionado frente a la famosa esquina, echó de pronto a andar en mitad de la noche por el viejo callejón.

El chofer, que dormía junto al volante, no se dio cuenta de nada hasta que dos cuadras abajo, ya encarrerado el camión se desplomó rompiendo la vieja muralla y cayendo al fondo del río de San Antonio donde se estrelló en pedazos, matándose el infeliz chofer en la caída.

Cuentan los mentirosos que entre los que fueron a ver al otro día el horrible accidente, había un extraño y siniestro ser con la tez pálida y las pupilas oblicuas verdes y estriadas como los ojos de los gatos.

 

 

 

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