Rosa Galán: Leyenda del barrio de Los Leones

Hoy toca la transcripción de la “Leyenda del Barrio de los Leones” cuya autora es la gran poetisa  y escritora, Rosita Galán Callejas, como un homenaje póstumo a quien en su faceta como escritora, se le reconoce como la primera mujer que tuvo el ahínco para escribir todas aquellas leyendas que se escuchaban entre la gente adulta pero que a nadie se le había ocurrido plasmarla  y fue así como se dio a la tarea de recopilar información que le permitiera reforzar la documentación que poseía para transmitirla. Y bueno, sin más dilaciones, viajemos a través de esta leyenda.

 

“LEYENDA DEL BARRIO DE LOS LEONES”

Algunos años después de la caída del Segundo Imperio, y una vez que las naciones europeas, gracias al valor y patriotismo del Benemérito de las Américas, Don Benito Juárez, aprendieron que el territorio mexicano era un país digno de ser respetado dentro del concierto de los pueblos civilizados; luego que la Francia de Napoleón III hubo perdido en su inútil intento de imponernos una monarquía, la suma de noventa millones de francos y la sangre de más de cien mil hombres de los ejércitos mexicanos y extranjeros empapó el suelo patrio; las ciudad de Córdoba, que desde su fundación había venido siendo teatro de heroicos sucesos y tomando parte muy importante en la formación de la conciencia del propio valer y el amor a la independencia, entró en un periodo de aparente tranquilidad.

Al cesar las luchas anteriores que la habían dejado agotada y destruida, se pensó en mejorar sus condiciones de vida organizando el Cabildo, brigadas de saneamiento que se encargaron de limpiarla y embellecerla cegando los fosos y derribando los parapetos.

En el viejo barrio de los naturales de San Juan de Tetitlán, de cuya fundación nos habla el ilustre historiógrafo cordobés, Don José Antonio Rodríguez y Valero, descendiente del señorío de los Treinta Pobladores, describiéndonos el territorio sobre el cual fue establecido en la primera mitad del siglo XVII bajo el patrocinio del Bautista, y con el nombre de Tetitlán  por haber sido fundado sobre terreno pedregoso de donde parece que deriva la etimología de la palabra; y trasladado más tarde a la ribera derecha del río San Antonio, por motivos poderosos que tuvo para su cambio el Dr.  Don José Valero Caballero y Gragera, párroco de la Villa en aquellas edades; en este barrio, donde en el año de 1742 sobre un cerrillo que ahí había se terminó la iglesia bendiciéndose sus Aras, con socorros que dio a sus costos don Gaspar de Bedriñana según nos dice la Cartilla Histórica; dispuso la Sala Capitular, en la segunda mitad del siglo pasado, levantar un monumento para honrar la memoria de los valientes soldados de las dos guerras de Independencia, fusilados en la histórica plazuela que se extendía frente al templo acondicionándose el lugar que sirvió también para esparcimiento y solaz de los cordobeses.

La vieja sociedad conmocionada después de su dura y última experiencia volvió poco a poco a sus costumbres provincianas; en la antigua Plazuela de San Juan de Tetitlán, se organizaron ferias y kermeses a las que el pueblo asistía complacido.

Llegaron para entonces al lugar unos gitanos que instalaron su carpa en aquel barrio, anunciando como número final de su espectáculo la presentación de dos leones africanos que hacían varias suertes.

Como en aquellos años no se conocían en Córdoba los circos ambulantes, el entusiasmo se apoderó del público que asistió en masa a la representación.

Durante tres tardes seguidas los Titiriteros, después de la primera parte de la función se disculpaban explicando al impaciente auditorio que los leones se encontraban enfermos, concretándose a rugir lo mejor que podían dentro de la carpa donde decían que estaban encerrados los animales; ero prometiendo solamente que a la siguiente tarde harían salir al escenario a ejecutar su famoso número.

Cuatro días más siguieron excusándose con el mismo pretexto hasta que el público molesto y sintiéndose injustamente engañado los amenazó con dar parte a su señoría el Cabildo, no quedándole a los juglares otra alternativa que exhibir a los famosos leones, que resultaron ser dos gatos monteses ariscos y sin gracia alguna.

Como para esas fechas los taimados húngaros ya tenían los bolsillos bien llenos de oro y viendo que el público francamente descontento, aprovecharon la caída de la tarde para levantar su campamento abandonado sigilosamente la plazuela de San Juan y llevándose la jaula con los dos gatos monteses amarrada a lomos de una briosa mula a la que cubrieron después con las lonas de la carpa.

Cerca de las nueve de la noche por la calle de Ocampo, desembocaron en la de Hernández y Hernández apenas alumbrada por algunos viejos faroles, procurando esconderse en los oscuros portones de las casas para no ser vistos cuando se encontraban con algún trasnochador, pues a esas horas los habitantes de Huilango ya se habían recogido en sus hogares.

Al llegar a la encrucijada de la calle de Allende, subieron por el barranco hasta entroncar con el Camino Real, donde fatigados se sentaron a descansar en los escalones de un oscuro zaguán seguros de que nadie los seguía, dejando que la mula ramoneara a su antojo en unos matojos que por allí crecían, alejándose de este modo el animal cerca de media cuadra arriba donde estaban los gitanos.

Espantado el animal huyó a toda carrera arriba entre coses y relinchos perseguido por aquellos diez o doce ladronzuelos que aullaban lúgubremente, pues esa noche habían planeado envolverse en largas sábanas para hacer el papel de La Llorona, por distintos rumbos del oscuro barrio.

Al oír el escándalo, varios vecinos alarmados entreabrieron sus ventanas no alcanzando a distinguir en medio de las sombras más que el extraño bulto de un animal muy grande que corría echando lumbre y al que perseguían unas formas blancas gritando lastimosamente.

Una cuadra más arriba había un antiguo foso no cegado, resto de pasadas glorias donde la mula resbaló tirando la jaula que se abrió al caer, escapándose los gatos monteses que asustados se fueron a esconder en un abandonado caserón que formaba esquina con el Camino Real y las Calles de Reforma.

Al otro día que el vecindario comentaba extrañado el misterioso suceso, los mismos pillos se encargaron de esparcir el rumor que aquellos gitanos de los que no se volvió a saber nada en Córdoba, habían salido del barrio de San Juan de Tetitlán, en mitad de la noche convertidos en fantasmas, echando bocanadas de lumbre y dejando en la derruida casa los dos gatos monteses, que transformados por malas artes en feroces leones, habían desparecido entre los muros de la viaja esquina; aprovechando los ladronzuelos el lugar para hacer su cuartel, asegurando que el destartalado caserón había quedado hechizado y repitiendo con todos sus detalles la diversión alguna que otra noche más, para darle mayor veracidad al suceso, procurando rugir bien fuerte y dejando huesos roídos dentro de la casa para que dieran testimonio del fantasmas de los pitagóricos animales, hasta que aquella encrucijada del Camino Real y la Calle de Reforma, empezó a ser conocida en Villa Verde,  con el nombre de la Esquina de los Leones.

Por aquel entonces vivía en el Solar de los Treinta Señores, un rico comerciante que había establecido su negocio en el viejo Portal de la Victoria; era el mencionado caballero, un hombre maduro y con el genio bastante violento pero muy inteligente para el ramo del comercio, que aprovechando la propaganda que le hacían a la mentada esquina, compró el lugar acondicionándolo y abriendo una tienda de abarrotes, mandando pintar en las paredes un paisaje boscoso con dos enormes leones que con las zarpas levantadas rugían sacudiendo sus melenas.

En pocos meses más, con la novedad del hermoso mural, vio al comerciante prosperar su negocio donde se surtían casi todos los vecinos que vivían por el lado norte de la población, y la leyenda de la encrucijada empezó a darle nombre al caserío que hasta nuestros días se conoce todavía como el Barrio de los Leones.

Fue entonces que el comerciante, viéndose rico y solo, decidió casarse pidiendo en matrimonio a una jovencita que vivía con su hermana mayor en el Callejón del Tío Capotito; la muchacha que se llamaba Gertrudis y era muy bonita, aceptó al pretendiente después de haber rechazado a dos o tres anteriores enamorados y de los cuales uno que era muy perverso juró vengarse del desaire.

Cerca del año llevaban los esposos de vivir felices cuando la joven empezó a notar que su marido, ya de suyo muy violento de genio, se volvía grosero y ordinario con ella, hasta el grado de amenazarla con darle de golpes si la volvía a ver salir de madrugada a la calle, pues Gertrudis, como era buena costumbre en aquellos años, iba todos los días muy de mañana a lavar la ropa a unos lavaderos públicos que estaban cerca de su casa y donde se reunían a platicar las muchachas del barrio.

Como la joven, que no obstante ser pobre , era decente y honrada, y tenía la conciencia tranquila, no conseguía que el esposo le explicara la razón de su enojo; después{es de haber  hecho méritos sin obtener respuesta alguna y viendo que su situación empeoraba más cada día, se fue al Callejón del Tío Capotito, a visitar a su hermano para pedirle  que le diera un buen consejo, sin imaginar que aquel antiguo pretendiente la había calumniado, mandándole decir al intransigente marido, que Gertrudis se citaba precisamente en aquellos lavaderos a deshoras de la noche con un novio que de soltera había tenido.

La hermana ignorante también del falso testimonio, después de haber oído la quejas de la joven y encontrándola completamente ajena de culpa, se acordó de la leyenda del caserón de los leones, sacando en conclusión que lo que lo que sucedía era, que estando hechizado el lugar, nadie que viviera en él llegaría a ser feliz, no pudiendo recomendarle otra cosa a Gertrudis, sino mucha paciencia y rezar devotamente a las Ánimas Benditas del Purgatorio para que la acompañaran y protegieran del mal genio del celoso marido, pues las dos hermanas eran desde pequeñas muy devotas de aquellas creencias practicadas en su familia de generación en generación a través de más de doscientos años, desde aquellas remotas fechas del año de 1643 en que el Ilustrísimo Señor Don Juan de Palafox  y Mendoza visitó la Parroquia de Córdoba, dejando para memoria perdurable de su santo arriba a la villa, instituido el culto de las Benditas Almas.

Desconsolada regresó la joven a su casa donde ignorante de las intrigas de que era víctima, se encontró con la novedad de que a la mañana siguiente tendría que ir a los lavaderos acompañada de su furioso marido.

Toda la noche lloró la inocente muchacha rezando devotamente y tratando de aclarar aquel enigma; cuando cerca de las tres  de la mañana en que al fin se había quedado dormida la despertó el hombre gritándole que era el momento de ir a lavar la ropa.

Como por la hora, comprendió Gertrudis que su esposo la llevaba  a aquel lugar antes de que llegara gente tal vez para maltratarla y ofenderla, pues sólo hasta después de las cinco de la mañana empezaban a venir las lavanderas; corrió a su oratorio donde tenía una imagen de las Benditas Ánimas, y encendiendo una lámpara de aceite se encomendó a su protección.

Temblando  de miedo salió de la casa con su canasto de ropa seguida del hombre que la miraba con odio, pensando  que las calles estarían desiertas, pero para su tranquilidad se encontraron con una procesión de mujeres que subía del río San Antonio con sus bultos de ropa en la cabeza y al llegar a los lavaderos, aunque desconocidas todas, eran tantas las personas que había lavando que no quedó lugar para ella.

Pasados algunos días en que observó que su marido había estado bastante sereno, volvió a ser despierta en mitad de la noche y como la primera vez, corrió el oratorio a encender una lámpara antes de abandonar la casa, volviendo a encontrarse por el mismo rumbo muchas mujeres que regresaban del río.

En dos ocasiones más tuvo que acompañar a su marido que siempre la levantaba de la cama entre gritos y blasfemias, dándose cuenta que el hombre la despertaba en distintas horas de la noche, tal vea con la esperanza de no hallar a nadie en el camino, pero no  obstante ser la una o las cuatro de la mañana, el barrio que siempre había sido solo y tranquilo estaba muy animado y en los lavaderos no quedaba ningún lugar desocupado.

Cuando dos o tres meses después en que tuvo que seguir sufriendo aquellas extrañas ofensas, la hermana mayo, enterada de la infame calumnia de que Gertrudis era víctima por parte del despreciado pretendiente, le explicó al desconfiado marido que todos aquellos enredos no eran más que una vil venganza, la hermosa joven supo por boca del mismo arrepentido esposo, toda la verdad de su odio y la razón de las famosas idas a los lavaderos.

Llena de horror se enteró que su marido, cegado por los celos, la conducía a aquel sitio, donde le habían asegurado que se citaba con su amante, para matarla con su filoso cuchillo que siempre llevaba consigo, no cometiendo el crimen en la casa para no aparecer culpable y tener así margen a señalar como asesino a su odiado y supuesto rival, vengándose en esta forma de sus dos enemigos, a la vez, y que la razón de sacarla a la calle en mitad de la noche, era porque sabía perfectamente que el barrio estaba solitario a esas horas, ya que él mismo había ido en varias ocasiones a aquel lugar donde nunca llegaron las lavanderas antes de clarear la mañana, extrañándose mucho de haber encontrado, cuando llevaba a Gertrudis para matarla, tanta gente a la que además caía ahora en la cuenta que no conocía.

Dicen los relatos que la joven esposa, después de dar gracias a las Benditas Ánimas a las que se consideró sus salvadoras, rogó al arrepentido Señor que la acompañara nuevamente hasta los lavaderos. En varias  ocasiones y a distintas horas de la noche, tomados de la mano recorrieron el mismo camino, avergonzado el hombre y pidiendo perdón de su pasada conducta, encontrándose que las calles estaban siempre oscuras y desiertas.

Con el correr de los días la historia aquella se volvió leyenda. Muchos años después que Gertrudis y su esposo murieron luego de haber vivido felices y tranquilos, las mujeres que iban de madrugada a los lavaderos, hablaban de una hermosa joven que con su canasto de ropa y acompañada de un caballero,  se aparecía en las noches por aquellos solitarios callejones.

El Casino Real y las Calles de Reforma cambiaron de nombre y el caserón donde se escondieron los gatos monteses fue derruido, borrándose  de sus paredes el hermoso mural; los antiguos lavaderos fueron que fueron teatro de aquella romántica historia, desaparecieron con el correr de los años, junto con los viejos tiempos y las viejas costumbres de las que apenas si nos queda memoria, pero la famosa encrucijada que un día dio nombre al caserío, sigue siendo todavía llamada en Córdoba la Esquina el Barrio de los Leones, con aquel título de leyenda con que la bautizaron nuestros abuelos, en otras edades estando nuevamente pintados en sus paredes unos  leones que atestiguan el nombre con el cual se conoce a esa esquina.