Rosa Galán: Leyenda de la Ex Hacienda de Toxpan

Seguimos queridos lectores con las leyendas de la señorita Rosa María Galán Callejas, poetisa, escritora y pianista, en este espacio cultural dedicado a su memoria y trayectoria. Y para entrar en materia transcribiremos la tercera de sus leyendas que lleva por título:

LEYENDA DE LA HACIENDA DE TOXPAN

Después del reinado de Itzcotl en cuya época se consolidó la famosa triple alianza entre los Soberanos de Texcoco, Tenochtitlán y Tlacopan; se reunió el Consejo de los Electores, los Guerreros, los Ancianos de la Tribu y los Señores de la Nobleza, otorgando el cetro a Moctezuma Ilhuicamina (flechador del cielo), quien subió al trono azteca como quinto rey de Tenoch y segundo emperador de México, anexando a sus extensos dominios en los años de 1456 y 1457 el pequeño Reino de Ahuilizapan y los Cacicazgos de Cuatochco y Cuetlaxtlán, vecinos del Lomerío de Huilando, que permanecieron sumisos hasta el año de 1481, en que muertos ya Moctezuma Tlaecale y su sucesor Atxayacatl,  y habiendo asumido el poder Tizoc Chalchihutlatona, juzgaron llegado el día de romper el yugo mexica.

El Soberano de Anáhuac envió a la región sublevada un brillante ejército que reconquistó el lugar extendiendo su poderío después de sangrientas batallas hasta Nauthlán, en las costas del Golfo. Entre los caudillos que vinieron a apaciguar la comarca se hallaba un joven Acolhua, de la familia real de Texcoco llamado Tecpatlcohuatl (culebra de pedernal) que educado durante quince años por su tío abuelo el rey sabio Netzahuacoyotl, aprendió el culto el Dios Único, rechazando la adoración de los falsos ídolos. Guerrero valiente se distinguió en varias campañas alcanzando el favor del monarca azteca, quien una vez sojuzgado el Señorío de Cuatochco, le permitió habitar en él, donde años más tarde se casó con una hermosa joven cuextlaxteca de nombre Xochitlxalla (flor de la arena). Cuando nació la más pequeña de sus hijas, sus cuatro hermanos mayores al ver que la niña tenía los ojos verdes la llamaron Quetzalitzin, que quiere decir esmeralda.

Cargado de años  y gloriosas  heridas se retiró Tecpatlcohuatl a la vida tranquila formando su familia alejada del culto de los ídolos, enseñándoles Astronomía y Bellas Artes, aprendidas en su juventud en los colegios de la floreciente Acolhuacán.

Calzado con el cactli de suela de cuero ajustado a las pantorrillas con correas que sostenían las grebas de oro que le cubrían desde las rodillas a los pies y ceñidas las caderas con el maxtlatl o faja caído en puntas; vistiendo el largo tilmalli que se ataba al hombro, con los cabellos sujetos por las borlas de oro y portando el majestuoso penacho de plumas sobre la espalda como correspondía a su noble condición, instruía a sus hijos sentado en un icpalli forrado de pieles, mientras Xochitlxalla se encargaba de perfumar la estancia con aromas de copalli y de ámbar.

Allí, la pequeña Quetzalitzin oyó hablar a su padre de las familias de la tribu de Nephtuím, hijo de Mesrraín, que en edades remotas entendiendo sólo la lengua Náhuatl, después de abandonar la construcción de la Torre Gigante, en las legendarias llanuras  de Senaar, guiados por Teponahuase cruzaron el Mar de Hielo hasta llegar a Aztlán, en la tierra de las garzas  donde se establecieron por siglos para emprender más tarde nuevamente la peregrinación hasta el Anáhuac y fundar el Imperio Azteca.

También escuchó los relatos que hablaban de Netzahualcoyotl el Rey Poeta que engrandeció Acolhuacán, dictando leyes justas, fundando Academias y levantando un templo suntuoso dedicado al Dios Único y Desconocido, prohibiendo al mismo tiempo los sacrificios humanos; y supo de aquella fantástica leyenda que hablaba de Quetzalcoatl,  el misterioso sacerdote de cara pálida que profetizaba la venida de hombres rubios y barbados que llegarían por el Oriente.

Cuando convertida en una hermosa doncella recorría con sus hermanos que gustaban de la caza del mazatl, las selvas vírgenes que rodeaban el Señorío de Cuatochco, hasta las llanuras de Toxpan, cerca del vasto Lomerío de Huilango, su anciano padre que los veía partir decía de ellos: “Quetzalitzin es como un garza entre cuatro jóvenes halcones”.

Y fue así como empezaron a llamarla también con el nombre de ave secular que les complacía porque evocaba las legendarias comarcas de Aztlán y Teoculhuacán , en la tierra de las garzas y de los hombres que tienen abuelos divinos y de donde narraba la tradición que habían tenido sus antepasados hasta encontrar un islote con un águila posada en un nopal devorando una serpiente.

En las riberas del Jamapa, en las pantanosas lagunas de Tochpan o en el verde Lomerío de Huilango, cuando veía las blancas bandadas de garzas levantar el vuelo hacia el poniente soñaba ir con ellas siguiendo la ruta del Sol, sobre las crestas de los grandes volcanes, rumbo a las remotas regiones de Aztlán.

Por el año de 1518 Moctezuma Xocoyotzin, emperador de México, fue avisado de la llegada de hombres extraños que arribaban a las playas de Chalchihuecan sobre pájaros de grandes alas blancas. La noticia que se esparció rápidamente por todo el Imperio atemorizó a sus habitantes quienes evocaron la leyenda de Quetzalitzin. Cuando al año siguiente el Capitán don Hernando Cortés, desembarcó en aquellas costas internándose después hasta la Gran Tenochtitlán, la profesía quedó totalmente cumplida. Tecpatlcohuatl, anciano ya y que conocía la tradición, llamó a su familia y abandonando Coautochco vino a refugiarse a los llanos de Tochpan en las regiones de Huilango, cerca de las cinco lagunas que allí se formaban en aquellas edades.

Poco tiempo después Gonzalo de Sandoval, al frente de doscientos infantes, conquistó la región que fue repartida en Encomiendas y los nativos quedaron bajo el pesado yugo de la esclavitud.

Dice la historia que la mano de los Adelantados fue de hierro para lo vencidos, que vieron morir  a la flor de la nobleza azteca, quedando desamparadas las esposas y las hijas a quienes los Encomenderos tomaron para su servicio como ha sucedido siempre en la vida de los pueblos sojuzgados. Pero la leyenda de Quetzalitzin cuenta que la hermosa joven protegida por sus hermanos que conocían perfectamente la región de Tochpan, se refugió con ellos cerca de la laguna del Tecomate, donde vivían de la pesca y la caza del mazatl y el tochtli que abundaban en aquellos lugares librándose del vasallaje.

Una mañana en que la doncella buscaba pececillos  entre los juncos, fue sorprendida por un grupo de infantes españoles que excursionaban por esos sitios al frente de un joven llamado Don Guillén, que al verla medio oculta entre los zacatales quedó maravillado de su hermosura.

Apelando al Derecho de Conquista, solicitó permiso para apoderarse de la muchacha a quien empezó a vigilar ocultándose a poca distancia de la laguna.

A la salida del Sol llegó la virgen india a la orilla del Tecomate metiéndose en el agua con su redecilla de pesca como tenía costumbre hacer, segura de que por aquellos agrestes sitios no se atrevería a llegar ningún extranjero y completamente ajena a las intenciones del apasionado Don Guillén, a quien nunca había visto y que esa misma mañana en compañía de tres infantes esperaba apoderarse por la fuerza de la bella Quetzalitzin.

Vestida con el blanco huipilli que le caía en pliegues sobre los brazos, y adornaba con varias plumas que se ataba a los oscuros cabellos recogidos en trenzas sobre la frente, caminaba la muchacha escondiéndose entre los juncos a la suave claridad de la aurora que la envolvía haciéndola aparecer como una visión de ensueño.

Largo rato quedaron los Conquistadores contemplando embelesados aquella hermosa princesa, que ignorante de su presencia jugaba a la orilla de El Tecomate; y cuando por órdenes del impaciente Don Guillén salieron de su escondite para apoderarse de ella, dice la leyenda que cuatro rápidos halcones se abalanzaron sobre el grupo rasguñándoles con las afiladas garras las manos y la cara, arremetiendo después contra el hidalgo, que sorprendido, desenvainó su cuchillo para defenderse de las furiosas aves, tratando de acercarse a la doncella a quien al fin había logrado sujetar de la mano; cuando uno de los halcones le azotó el rostro con el ala haciéndolo perder el equilibrio y caer al agua, donde ofuscado por el golpe, vio asombrado salir de entre la maleza a una hermosa garza blanca, que escoltada por los cuatro aguiluchos remontó el vuelo sobre el pantano, perdiéndose a los lejos envuelta en la luces de la aurora rumbo a las nevadas cumbres del Citlaltepetl.

Sin abandonar su empeño ordenó buscar a la joven de la que no se halló más rastro que la redecilla de pescar flotando sobre el agua y un motón de plumas blancas que maravillado apretaba Don Guillén entre las manos.

Así está escrita la leyenda de Quetzalitzin, la bella princesa india que huyendo del yugo hispano vino a refugiarse a Tochpan, la tierra del agua del conejo, en los verdes collados de Huilango, y que no queriendo rendirse ante Don  Guillén, transformada en garza remontó el vuelo acompañada de sus cuatro hermanos, burlando los deseos del enamorado Capitán, quien la vio perderse blanca y libre sobre las pantanosas riveras de la laguna de El Tecomate.

Tres siglos y medio después, cuando la tierra de las palomas convertida ya en Ciudad de los Treinta Señores, contaba entre sus más hermosas fincas con la Hacienda de Toxpan, que vecina a la de San Francisco, extendía sus ricas siembras de café y caña de azúcar,  hasta el pie mismo  de la sierra vivía en Córdoba una opulenta y distinguida familia emparentada con mis bisabuelos, los Rico de Quirazco, que en aquellos años eran administradores de la plantación.

Todos los años por el mes de octubre cuando la finca celebraba el onomástico de doña Rosario Molina de Nieto, esposa del noble hacendado, organizando comidas y paseos en el campo por el rumbo de Tres Puertas o cerca de las lagunas, las familias cordobesas acompañaban a Mamá Charito que llegaba a la Hacienda en una Calandria tirada por dos caballitos blancos y adornada toda de cascabeles y flor de Mosqueta que crecía a los lados de los cercados perfumando el camino de San Francisco y Toxpan.

Cuando el carrito cruzaba el puente de San Julio, un propio se adelantaba a avisar a la digna señora, haciendo repicar las campanas de la iglesita, donde más tarde se celebraba una misa de acción de gracias. Aquella mañana después de la ceremonia religiosa salió una larga comitiva rumbo a las cinco lagunas donde se iba  servir la comida campestre.

Vestidas de amazonas, luciendo su belleza iban las jóvenes doncellas de la casa de doña Isabel y doña Rosario Nieto y Molina acompañadas del doctor Cutberto Peña. Don Bernardo Miranda y doña María de Jesús Domínguez, don José Mirón y Mosquera y doña Isabel Valdés de Miralpéis, don Félix Nerón y doña Adela Bancel; entre la gente joven Enrique Herrera Moreno y Ramón Rodríguez Rivera, adolescentes aún y que más tarde fueron médicos los dos y distinguidos escritores. María Antonieta y Clotilde Cabañas de quince y dieciséis años, rivalizando en hermosura con Isabel Fitzmaurice y Luz Cabo. Los señores de las haciendas de San Nicolás, San Joaquín y La Concepción; San Isidro y Toluquilla, la Capilla y Monte Blanco, acompañados de sus distinguidas familias.

Cerca de las cinco de la tarde un grupo de señores decidió ir a cazar patos que en esos días del otoño empezaban a llegar a las pantanosas lagunas de Toxpan. Ya habían sido cobradas varias piezas cuando un caballero, que oculto entre los cañaverales esperaba su turno para disparar, vio de pronto una hermosa garza blanca posarse cerca de la orilla de El Tecomate. Echándose la escopeta  al hombro apuntó cuidadosamente y al ir a jalar el gatillo se quedó helado de asombro, allí frente a él a unos veinte metros de distancia, una bellísima joven ataviada con un exótico traje que recordaba el amplio huipilli de una india, lo miraba con sus grandes ojos garzos.

Por un momento creyó el cazador que soñabas, aquella bella aparición envuelta en los últimos reflejos del Sol poniente que doraba la laguna se fue esfumando poco a poco confundiéndose con el blanco plumaje de un ave que abriendo las alas cruzó el pantano. Tras ella, sobre el rojo ocaso se dibujaron las oscuras siluetas de cuatro veloces halcones.

Cuando sin salir de su asombro regresó junto al grupo que ya lo esperaba y explicó la fantástica visión que había tenido, dos criados de la Hacienda de Toxpan contaron a los cazadores la leyenda de Quetzalitzin, la bella princesa que vivía oculta entre los juncos de las lagunas,  que a la hora de los crepúsculos, transformada en garza, emprendía el vuelo rumbo a las seculares regiones de Aztlán y Teoculhuacán en la legendaria tierra de la Mitología Acolhua, donde dicen las leyendas que habitan los caciques de las razas que tienen abuelos divinos.

 

 

 

 

 

 

 

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