Rosa Galán: Leyenda de la Carroza Fúnebre

En los años 20’s, cuando aún se preservaban las viejas tradiciones, las mujeres  en los “Días de Muertos”  se vestían de luto riguroso, con larguísimos velos negros en el que guardaban la compostura respetando la celebración de los “Fieles Difuntos”, pero entremos de lleno en esta lúgubre y fantásticas leyenda recopilada por Rosa María Galán Callejas, poetisa y escritora cordobesa.

 

LEYENDA DE LA CARROZA FÚNEBRE

En aquellos famosos años de la década de los veinte, cuando todavía no se perdían en Córdoba las viejas tradiciones, terminaba el mes de octubre envuelto en el ambiente peculiar de los Días de Difuntos con su olor a pan de muerto y aroma de copale que se escapaba por la entreabiertas vidrieras de las viejas ventanas, respetuosamente entornadas en señal de recogimiento.

Desde el alba del 31 de octubre, el culto popular echaba cohetes para celebrar la venida de los “muertos chiquitos”, que se quedaban hasta media mañana del primero de noviembre, día de Todos Santos, en que llegaban los difuntos grandes quienes permanecían todo el día, mientras se visitaban los panteones y se levantaban las ofrendas.

Vestidas de luto riguroso, asistían las señoras a las misas de ánimas que eran anunciadas cada media hora con Campana Mayor, desde la vieja torre de la iglesia, donde en la nave central sobre el dorado altar, un larguísimo velo negro caía desde lo alto de la cúpula haciendo las veces de sudario; y los velones de cera ardían a los lados del catafalco, mientras tres sacerdotes, con oscuros ropajes, recitaban responsos.

En la calle la gente guardaba compostura respetando la celebración de los Santos Difuntos.

A las ocho de la noche se encendían las lámparas de aceite, que acompañaban a las Ánimas Benditas; las creencias decían que las piadosas almas, después de visitar las ofrendas, regresaban en una larga procesión que se perdía en la noche iluminadas con aquellas veladoras que la devoción encendía. Los muertos cuyas familias no prendían ninguna luz, vagaban en las sombras tropezando al final de la triste comitiva, sin que nadie les ayudara a encontrar su camino.

Tres noches seguidas se rezaba el rosario en familia, muy serios los mayores y los chiquillos apretujados unos contra otros, esperando ver aparecer de buenas a primeras algún ánima del purgatorio que anduviera penando. La tradición flotaba en el ambiente llenando el corazón de fantasías.

En una fría tarde de un dos de noviembre, nos reunimos en el corredor de la vieja casona para hablar de espantos y aparecidos,  y esperar la hora de levantar la ofrenda.

Éramos siete con dos de las niñas Lescale, nuestras vecinas que aquella tarde llegaron a hacernos compañía. Escondidos tras de unas matas de helecho que crecían al final del pasillo, espiábamos en el último cuarto de la casa que había sido elegido para poner la ofrenda y a donde no teníamos permiso de entrar más que acompañados de personas mayores, pues en cada una de nuestras visitas, desaparecía alguna golosina.

Allí en mitad de la pieza cubierta con largos y almidonados manteles que arrastraban sobre los rojos ladrillos del piso sus hermosas puntas de encaje; semejante a un largo y adornado sepulcro, estaba la vieja mesa de cedro.

Cuatro grandes fruteras de porcelana, llenas de naranjas y jícamas habían sido colocadas en hilera mezcladas con los jarrones donde las tradicionales flores de Cempasúchil  se marchitaban. El pan de San Juan perfumaba la pieza con sus aromas de anís y de canela. Las nueces ventureras y los primeros piñones revueltos con la colación, los cacahuates y los tejocotes se desparramaban de las repletas charolas. Los cartoncitos de Todos los Santos, con sus curitas de cabeza de garbanzo, vestidos de negras y lustrosas sotanas sobre las que caían los blancos ropones hechos de papel de china picado, caminaban muy derechos llevando sobre los hombros su caja de muerto, entre tiestos y macetas de dulce de guayaba y membrillo, salpicados de banderitas de colores.

Dentro de los tenates y las canastitas de Amatlán de los Reyes rellenos de  zacate, asomaban las palanquetas y los alfajores, y las gallinitas hechas de pasta de jamoncillo. Mezclado con el olor del copale que ardía en lustrosos braseros de barro vidreado, flotaba en el aire el aroma del ponche que se fermentaba en recipientes de cristal de carretones, junto a los jarros llenos de aguas de limón y de Jamaica.

Muy formales, con sus lazos pintados de anilinas de colores, las calaveritas de azúcar hacían muecas y pelaban los dientes, medio alumbradas por el amarillo parpadeo de las velas, que habían sido puestas en dorados candeleros sobre las cuatro esquinas de la mesa.

Aprovechando un momento en que creíamos que nadie nos veía y dándonos valor unos a los otros, entramos empujándonos en el cuarto de la ofrenda, y ya nos abalanzábamos sobre los dulces, cuando Juan, el muchacho que cuidaba los caballos y que nos había estado vigilando desde el fondo del patio, sacó la mano de entre los manteles, por debajo de la mesa, donde se había escondido, dando un alarido espantoso.

Cogidos de sorpresa, emprendimos la huida todos asustados corriendo en distintas direcciones, creyendo que el muerto nos alcanzaba; cundo yo me di cuenta, estaba encerrada en una de las ventanas que daban a la calle, apretando entre la manos una calaverita de azúcar que me enseñaba los dientes.

Allí, una vez pasado el susto me dediqué tranquilamente a comérmela y cuando ya estaba dando fin de ella, vi que atravesando la calle, desde la otra acera, venía hacia la ventana de mi casa nuestro amigo el teniente, que formaba parte del Regimiento 13, acuartelado en la vieja casona de enfrente donde hacía muchos años, decían había estado la antigua cochera.

Era el teniente un joven muy bien parecido, con el que habíamos hecho buena amistad. Todos los días, cuando regresábamos del colegio, iba a platicar un rato con nosotros, nos regalaba dulces y nos entretenía haciendo suertes con su hermoso caballo alazán al que había enseñado a saludarnos meneando la cabeza.

Aquella tarde el teniente estaba muy serio y cuando le pregunté qué era lo que pasaba, me dijo muy preocupada que la noche anterior le había sucedido algo muy extraño, que no acababa de comprender si había sido realidad o solamente se trataba de una horrible pesadilla.

-“Estaba yo profundamente dormido, me dijo el muchacho cuando recuerdo perfectamente que dando el reloj de palacio las dos de la mañana me desperté sobresaltado al oír un ruido de caballos en el zaguán del cuartel; medio dormido me levanté de la cama y abrí la puerta que da al patio, y cuál sería mi sorpresa cuando vi seis mulas engalanadas que tiraban de una carroza adornada toda de negro, después las puertas del zaguán se abrieron de par en par y los animales caminaron llevándose la carroza fúnebre que se perdió en la niebla de la noche volviendo a cerrarse el portón con mucho ruido de cerrojos. Cuando desperté completamente, estaba yo sentado en la cama temblando de frío y de espanto”.

Sin esperar a que el relato terminara y sin despedirme siquiera de nuestro amigo, abrí la ventana donde me había encerrado y corrí a la cocina a buscar a doña Brígida, la vieja cocinera de la casa, a quien encontré junto al brasero tostando café.

A mi modo y llena de miedo le conté el sueño del teniente, creyendo que se sorprendería, pero la sorprendida fui yo, pues ella conocía la historia de la carroza fúnebre con más detalles.

-“Efectivamente, me dijo, todos los años entre el primero y el cinco de noviembre, alguna persona ve la misma carroza, solamente que ha sido por la calle y no en el cuartel, como la vio el teniente.

Hay quien la ha encontrado, siempre a altas horas de la noche, doblando la esquina de la Casa Posada; otras personas la vieron pasar frente al Mascarón; alguna más la encontró más allá del Molino de la Garza; desde la casa de Querido Moheno, la han visto a galope tendido a lo largo de la Calzada de las Estaciones, correr entre árboles hasta más allá de la casa de los Pallés, y unos indios que venían de Amatlán de los Reyes, la vieron pasar a toda velocidad después de la Estación del Ferrocarril, ya no sobre los rieles del tranvía, pues en ese lugar se termina la vía del Urbano, sino sobre la tierra, o más bien casi en el aire, tirada por las mulas negras. El cuartel de aquí enfrente, me dijo doña Brígida, fue hace algunos años la antigua Cochera, donde se guardaban todos los tranvías y carrozas; tú habrás visto cuando alguna persona muere el coche fúnebre adornado de negro, con seis mulas muy bonitas oscuras y lustrosas; pues bien,  esa misma carroza en los Días de Difuntos, se pasea sola por la ciudad entre las dos y tres de la madrugada. ¿Quién la lleva? ¿A dónde va? ¿Y quién engancha las mulas? Nadie lo sabe.

Sólo don Pantaleón González, administrador de la antigua Cochera, que veía cuando sus mozos cepillaban en la noche a las mulas y les revisaban las herraduras, año con año, quedaba sorprendido cuando en alguna mañana de los Días de Difuntos, amanecían las seis mulas todas cansadas y llenas de verdugones, con las herraduras sucias y gastadas, cuando  la noche anterior sus mismos mozos las habían dejado bonitas y lustrosas.

Lo que el teniente creyó ver en sueños lo habían visto antes muchas personas y es como él cuenta, una carroza adornada con crespones fúnebres que llevan seis mulas empenachada y que en los Días de Difuntos, sale a las dos de la mañana de la antigua Cochera, en medio de la niebla, tuerce por la Tipografía Calatayud, pasa frente al viejo Mesón del Ángel, y los Portales del Casino Cordobés y La Favoritas; baja luego por el Mascarón y el Gallo de Oro, tuerce por el Molino de la Garza hasta el Chalet de las Casas Alemán, sigue frente a la casa de Querido Moheno y el Cementerio de Rejas, luego por la Quintas de los Pallés, y ya sin vía se va por el aire rumbo a Amatlán de los Reyes, tirada por seis mulas negras que nadie sabe quién engancha”.

Cuando doña Brígida terminó su relato, yo estaba ya completamente segura de la historia aquella. Envuelta en el místico ambiente de los Días de Difuntos que nos llenaban de temor y respeto, y amante de las fábulas y los cuentos, mi imaginación se pobló de fantasmas y en medio de mis sueños vi la Carroza Fúnebre llevada por seis lustrosas mulas, recorrer las románticas calles de mi antigua ciudad, apenas alumbrada, como en los lejanos días de la Colonia por amarillas farolas, entre la hermosa niebla de noviembre que la envolvía toda, dándole una maravillosa apariencia de fantasía y leyenda.

 

 

 

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