Rosa Galán: La Leyenda de la Dama de la Emperatriz

Una vez más  estimados lectores, estamos con todos ustedes para llevar  este espacio cultural dedicado a la señorita Rosa María Galán Callejas, poetisa y escritora, cuyo legado es hasta nuestros días de trascendental importancia, como un homenaje póstumo a esta gran artista transcribiremos una leyenda de mediados del año 1864.

 

“LA LEYENDA DE LA DAMA DE LA EMPERATRIZ”

 

En los viejos libros que hablan de la época de los franceses, narra la leyenda que una hermosa mañana de mediados del año de 1864 llegaron a la “Ciudad de los 30 Caballeros” procedentes del puerto de Veracruz después de una larga travesía que se inició en las costas del Adriático, donde el castillo de Miramar, perdido en las azules lejanías de las rocas de Istria, evoca un cuento de hadas; sus altezas reales, los archiduques de Austria, Fernando Maximiliano de Habsburgo y su esposa la princesa María Carlota Amalia, hija del rey Leopoldo I de Bélgica y de la princesa Luisa de Orleans, rumbo a la capital del México donde les sería entregada la corona del segundo imperio.

A su paso por la ciudad de Córdoba que los recibió engalanada y echando a vuelo las campanas, la pareja real fue hospedada en la casa de los señores de Cevallos y Segura, que levantaba sus añosos portales a un costado de la parroquia de la Purísima Concepción, en el caserón llamado de la Favorita, contra esquina de la Plaza de la Constitución.

Entre las jóvenes más bellas de la rancia sociedad cordobesa que fueron designadas para formar un grupo que presentaría sus respetos a la princesa y al que se dio el nombre de Damas de la Emperatriz, había una doncella de singular hermosura llamada doña Elvira, que huérfana de padres vivía desde pequeña con sus parientes los señores Calatayud y de Garay.

Aquella tibia noche de mediados del siglo pasado, la casa de don José Apolinario Nieto, caballero de noble alcurnia y fiel a la causa del Imperio, a quien cuentan que entre otros honores le fueron otorgadas las Palmas Académicas de Francia, por sus estudios botánicos; abrió sus puertas para recibir a los archiduques.

En los amplios salones artesonados de la hermosa mansión, los dorados espejos reflejaban todo el esplendor de la fiesta multiplicando las luces de los candelabros que rivalizaban con el brillo del cristal de Baccarat y de Bohemia, y los jarrones de porcelana de Sévres llenos de rosas.

Por los amplios balcones se escapaban los Valses y las Mazurcas que arrullaron con sus notas cadenciosas las horas románticas de la bella época. Envuelta en rasos y encajes, hermosa como un sueño, sin más adorno que una tiara de brillantes, que como una corona le ceñía la frente, la archiduquesa llegó a la fiesta del brazo de su esposo.

Después de escuchar los saludos de bienvenida y recibir el homenaje de los dueños de la casa, dicen que Maximiliano de Habsburgo se quitó el anillo del águila coronada y lo colocó en la mano de don José Apolinario Nieto, quien se inclinó ante él con una profunda reverencia. Un murmullo de admiración recorrió los salones, la orquesta dejó oír sus alegres compases y cuando la imperial pareja danzaba a los acordes del primer vals, un apuesto caballero, capitán de Suavos de su Majestad, llegó hasta el sitio donde las Damas de la Emperatriz conversaban y con gentil saludo invitó a bailar a una de aquellas hermosas jóvenes, que aceptó sonriendo. La dama que danzaba con el gallardo capitán se llamaba doña Elvira de Garay y Fernández del Soto.

Allí, entre las dulces sonrisas de una princesa de la casa de Austria y el perfume de aristocracia de las opulentas señoras cordobesas, se inició el idilio de la hermosa Elvira. Toda la noche danzaron los dos enamorados embriagados con el aroma de las rosas deseando que aquellas horas no terminaran nunca.

En los regios salones de la espléndida mansión, que recordaron a los soberanos el esplendor de la Corte Vienesa, oyeron celebrar su hermosura las jóvenes doncellas de la casa Doña Maclovia y Doña Trinidad Nieto y  Molina, allí lucieron su belleza y su juventud las que luego fueron mis abuelas: Doña Soledad Rico de Quirazco y doña Isabel Calatayud del Real. Allí fueron admiradas doña Leonor Escandón Campos y doña Carolina Carrillo y Bedolla, en aquellas salas mis apuestos tíos bisabuelos, don Joaquín y doña María de la Llave y Laurencio que no eran de la causa del emperador, discutieron acalorada pero caballerosamente con los condes de Álamo, mientras en un rincón de la fiesta el joven don Cenobio Paniagua recogía en su corazón toda la poesía de aquellos momentos inolvidables para volcarla después en su música maravillosa. Y en los amplios salones donde todo era felicidad y alegría, la hermosa Dama de la Emperatriz sonreía enamorada al rubio y gallardo capitán que había sabido despertar su joven corazón.

En una soleada mañana del mes de junio la carroza imperial escoltada por una larga comitiva que acompañó a sus altezas reales hasta el puente de San Miguel, abandonó el solar cordobés rumbo a Orizaba. En el hermoso panorama donde el río parece que suspira, se despidieron los dos enamorados. Cuando la diligencia en que Elvira regresaba se perdió en las vueltas del camino, el capitán se llevó a los labios un hermoso pañuelo bordado que la joven le había regalado.

Así, envuelto en la exquisita fragancia de un perfume de aristocracia que a su paso por la “Ciudad de los 30 Caballeros”, entre abanicos de encaje y brillantes uniformes de gala, dejara la Corte de los Habsburgo, que desde la secular casa de Austria trató de imponer inútilmente en México el segundo Imperio, transcurrió el año de 1864.

Elvira, que contaba sólo con diecisiete años, obtuvo de sus padres adoptivos autorización para contestar las cartas que le escribía su rubio capitán, quien visitó la casa de la joven durante las fiestas de diciembre celebradas en aquellas navidades con cenas y pastorelas. Juntos asistieron a la Misa de Gallo y al pie del altar, donde la virgen les sonreía, se juraron amor eterno con las manos enlazadas.

A fines de 1865, fue Elvira a la capital del Imperio y a su regreso a casa de los señores Calatayud y de Garay, abrió sus salones para celebrar con una hermosa fiesta el compromiso oficial de los dos enamorados.

Por aquella época vivía en la ciudad de Córdoba, una señora de origen francés, muy estimada de la sociedad llamada la señora de Bancel, quien además de dar clases de idiomas, enseñaba a las jóvenes costura y bordado.

Con ella pasaba Elvira las tardes preparando su ajuar de desposada, fue ella quien le ayudó a traducir las primeras cartas que la jovencita recibió de su enamorado, y en las largas horas de espera cuando el correo por algún incidente retrasaba la correspondencia, la señora de  Bancel, con los relatos de sus viajes, distraía a su joven amiga que suspiraba llena de inquietud.

Por fin la fecha del matrimonio fue fijada para octubre de aquel año de 1866. En la casa de los señores Calatayud, donde todo era energía y fiesta, la feliz pareja vivió los días más dichosos de su noviazgo. Desde México, el capitán envió a Elvira un hermoso anillo de compromiso que la joven lucía llena de orgullo.

Corría por entonces el mes de julio con sus aguaceros torrenciales que desbordaban los ríos y anegaban los caminos haciéndolos intransitables. En la vecina ciudad de Orizaba había fallecido una parienta cercana de la familia Calatayud y Garay. Elvira acompañada de la señora Bancel de quien también había sido amiga la honorable dama orizabeña, fue con sus padres a dar los pésames. En dos literas que era el medio más de transporte para los viajes cortos en aquellos días lluviosos, pues las carrozas con sus pesadas ruedas se quedaban frecuentemente atascadas en mitad del camino, salieron los viajeros rumbo a Orizaba. Cerca de Fortín de Villegas en el paso conocido entonces todavía con el nombre de la Barranca del Despeñadero, una de las mulas que llevaba la litera donde viajaba Elvira, resbaló y la joven que en esos momentos dormitaba cayó violentamente al suelo de donde fue recogida inconsciente. Llenos de angustia regresaron los señores de Calatayud a Córdoba llamando inmediatamente al médico de la casa, quien con mucha pena les comunicó que Elvira tenía rotas las dos piernas  a la altura de las rodillas.

Tres largas semanas  transcurrieron hasta que la joven ligeramente restablecida se dio perfectamente cuenta de su desgracia. Allí a su lado aquella amiga querida volvió a consolarla, las cartas del capitán, sencillas al principio se volvieron apremiantes al no recibir contestación. En la casa de los señores Calatayud, nadie se atrevía a escribir diciendo que aquella hermosa joven, llena de vida y de ilusiones, quedaría inválida para siempre.

Fue entonces cuando la señora de Bancel, viendo la desesperación de Elvira y el dolor de la familia a quien tanto apreciaba y haciéndose cargo de la angustiosa situación, escribió al capitán diciéndole que Elvira muy delicada de salud por haber contraído las fiebres malignas no había podido contestarle, y que por el momento, aunque fuera de peligro, el médico sólo la autorizaba para agregar unos renglones a la carta que en nombre de los padres de su novia y como confidente y amiga de la joven, le dirigía a ella.

Lleno de angustia y con sólo una breve licencia pues la delicada situación por la que el Imperio de Maximiliano atravesaba en aquellos aciagos días de mediados del 1866 no le permitía otra cosa, abandonó el capitán la Ciudad de México llegando a Córdoba dos días después del anochecer, y cuando recibido por la señora de Bancel, que ya lo esperaba solicitó ver a su novia, fue conducido a un saloncito donde recostada entre cojines y cubierta por un pesado paño de Arrás que le envolvía las piernas, Elvira, pálida y angustiada, pero más hermosa que nunca, lo recibió sollozando.

Por un momento la señora de Bancel, a quien la joven había prometido tener valor, creyó que ésta se traicionaría, pero la presencia del apuesto y apasionado joven a quien tanto amaba, llenó a Elvira de fuerza y esperanzas ya que esa misma mañana el médico que la visitaba había hablado de una posible operación que podría devolverle la salud.

Sólo unas horas pasaron juntos los dos jóvenes, la licencia del capitán no le permitía permanecer más tiempo al lado de su amada. Esa misma noche más enamorado que nunca se despidió de Elvira jurando amarla por siempre.

Años después corría la leyenda de que la señora de Bancel que acompañó al capitán hasta la puerta de la calle para despedirlo, se quedó consternada cuando el joven, que era un hombre audaz y lleno de valor, retrocedió palideciendo. Allí en la enrejada ventana, donde tantas veces en la noches de Luna de la pasada primera había estrechado sobre su corazón la mano de su amada, una horrible mujer pálida y enlutada le llamaba sonriendo, perdiéndose después misteriosamente en las sombras de la noche.

Los últimos meses de aquel año pasaron rápidos, el segundo Imperio se iba desvaneciendo como un sueño imposible, en vano el capitán solicitó licencia para venir a Córdoba, Maximiliano de Habsburgo lo necesitaba a su lado. Sólo en una ocasión logró llegar hasta la ciudad de Orizaba, de donde se vio precisado a regresar inmediatamente a México. Sin embargo, cada día más enamorado escribía a Elvira, lleno de fe en la vida, ignorante  de la desgracia de la joven, quien operada había logrado mejorar un poco caminando al principio ayudada por una sirvienta y después dando sola algunos pasos, pero eso era todo. Elvira había perdido la esperanza de ser como antes y sólo aquellas cartas apasionadas que sollozando comentaba con su amiga, le daban alientos para soportar su desgracia.

Los señores Calatayud, moralmente destrozados pero juzgando que aquellas relaciones o podrían continuar, escribieron al capitán rogando que la fecha del proyectado matrimonio se aplazara hasta que Elvira, delicada aún de salud a consecuencia de las fiebres perniciosas se restableciera completamente, dando al mismo tiempo oportunidad para que la enredada situación política que afectaba al joven se definiera; engañándose ellos mismos con la esperanza de que Elvira se había de restablecer muy pronto y cuando menos, conservándole a su amada hija, aunque fuera por algunos meses más aquella dulce ilusión que era la única razón de su vida, hasta que el cielo decidiera el final inevitable de todo.

A mediados del año de 1867, perdida ya la causa del Imperio, el soberano se refugió en Querétaro.

En una tarde lluviosa en medio de ese ambiente de tristeza que a todas las guerras arrastran tras de sí envolviendo a los hombres y a los pueblos las campanas de la “Ciudad de los 30 Caballeros”, que una hermosa mañana repicaron con júbilo anunciando la llegada de sus altezas reales, el archiduque Fernando Maximiliano José y su esposa la princesa María Carlota Amalia, doblaron tristemente a muerto. El día 19 de junio a las siete y cuarto de la mañana de 1867 había sido fusilado en el cerro de Las Campanas el último emperador de México, que pagaba con su vida el precio de la ambición y el engaño, el pueblo mexicano ensangrentado pero libre de extranjeras tiranías, acababa de escribir una de las más gloriosas páginas de su historia, enseñando al mundo civilizado que en el concierto de las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz.

A la mañana siguiente la señora de Bancel entrega a Elvira una carta urgente del capitán, en ella decía que esa misma tarde, desafiando todos los peligros que pudiera correr, llegaría sin falta a verla.

Pasaron lentas las horas del día, en la mansión de los señores de Calatayud que dos noches antes habían salido para el puerto de Veracruz donde pasarían unos días hospedados con la familia Gutiérrez Zamora, dejando a Elvira en compañía de su fiel amiga, no se oía más que el triste gotear de la lluvia que caía monótona. En vano esperaron las dos señoras la llegada del capitán. Afuera en las sombras del atardecer los faroles parpadeaban entristeciendo más la calle. Se oyeron varios disparos en la distancia y después el galope de unos caballos que pasaron a toda carrera perdiéndose en las sombras. El enorme portón de la vieja casona fue cerrado con doble ruido de cerrojos, Elvira y su amiga cenaron en silencio, después se recogieron en sus habitaciones a rezar.

De pronto, en mitad de la noche se oyó un grito de alerta, luego el ruido de unas espuelas y el viejo aldabón de la puerta resonó lúgubremente varias veces, pero los criados tenían órdenes terminantes de sus amos de abrir absolutamente a nadie después del toque de queda, y además en aquella hora todos dormían ya en la vieja mansión.

Momentos después las dos damas despertaban sobresaltadas, alguien con insistencia golpeaba la ventana de la calle. Elvira, llena de presentimiento rogó a su amiga que fuera a ver quién llamaba. La señora de Bancel se acercó a la ventana que entreabrió apenas, allí de pie, frente a ella, con el rubio cabello húmedo y revuelto, y sosteniendo en las manos las bridas de un caballo, el apuesto capitán pedía con urgencia ver a su amada.

Envuelta en un salto de cama, la joven que oyó pronunciar su nombre llegó lo más aprisa que le fue posible hasta la entreabierta ventana, donde tendiendo los brazos se aferró con todas sus fuerzas a aquella mano vigorosa que la esperaba.

La señora Bancel respetuosamente se retiró al fondo de la alcoba, silbó al capitán en las sombras y un mozo de espuelas vino y se llevó al inquieto caballo. Por un momento los dos enamorados llenos de felicidad se olvidaron de todo.

Después el capitán le pidió a Elvira que viniera con él, allí a una legua escasa de Córdoba, cerca de San Lorenzo de Cerralvo los esperaban cabalgaduras de repuesto. Toda la noche viajarían a caballo y al otro día al atardecer estarían cerca de Veracruz, por la boca del río, donde una lancha los llevaría hasta la Fragata que esa noche zarparía rumbo al Viejo Continente.

Elvira no respondió, un dolor sordo como la fría hoja de un puñal se le hundió en el corazón; el capitán asombrado por su silencio y viendo el dolor reflejado en aquel rostro adorado, le explicó lleno de ternura que era la única forma de proceder, un pelotón de soldados venía casi pisándole los talones, su cabeza estaba puesta a precio y si ella lo amaba como momentos antes lo demostrara, la solución que él ofrecía era la más decorosa. La joven envolvió por un momento en la mirada de sus bellos ojos oscuros aquel gallardo semblante que lleno de varonil hermosura le ofrecía en vano el amor y la felicidad, y cerrando poco a poco la ventana respondió solamente –no puedo ir contigo-. Después se desplomó sollozando junto a su amiga que corrió a sostenerla entre sus brazos.

No habían pasado dos minutos cuando sonó afuera un disparo, la señora de Bancel, angustiada, abrió de nuevo la ventana, allí en la frías losas de la calle yacía el apuesto capitán con la frente destrozada de un balazo, sobre el corazón apretaba fuertemente un blanco pañuelo.

Este fue el trágico epílogo de aquellos románticos amores que hace más de cien años, allá por la década de los sesenta, narraban las abuelas.

Con el correr del tiempo la realidad se mezcló con la fantasía y contaban las leyendas que todos los años, por aquellas fechas, en una noche oscura y lluviosa del mes de junio, una hermosa joven encendía una lámpara de aceite que ardía en las sombras al pie de la ventana, mientras el viento que parecía suspirar se llevaba el eco de un disparo confundido con una voz apasionada y varonil que repetía sollozando el dulce nombre de una mujer.

 

 

 

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